Cabros de porquería

Abril 6, 2006

Como buena santiaguina, apenas conozco a mis vecinos. Y la verdad, no me quejo. Sin embargo, el destino a uno siempre le depara un encuentro inesperado. Ayer, los niños de al lado me tocaron el timbre, pidiendo la pelota que se les había caido al patio de nuestro edificio. Ni siquiera piden por favor. Un clásico. Y tan estereotipado que uno solo tiene dos opciones de responder al requerimiento: Uno, siendo la vecina buena onda que les devuelve la pelota y poco menos que termina felicitandolos; dos, la vecina chuchezuma, que los saca cascando con un par de garabatos. Tenía ganas de ser mala, aunque sea por esta vez. Y es que reconozco mi poca simpatía y hasta rencor por los cuatro angelitos de mi respingada vecina. La razón: tienen piscina. Es malo, es envidioso, pero está ahí: los escucho cada verano tirarse al agua entre risas, mientras rei aurelio me recomienda darme una ducha fría, que es de lo mejor para el frescor.
Tenía motivos suficientes para ser una chuchezuma, pero claro, los niños no tienen la culpa y todo eso: no tuve corazón para mandarlos a la cresta, aunque se lo tenían muy merecido. Así que fui con mi mejor sonrisa a abrirles el portón: la nana y los tres cabros chicos que -sin siquiera decir agua va- se metieron en mi jardín exigiendo su pelota. Para desgracia de ellos -y mía- la pelota estaba en el jardín de otro vecino y decidí -despreciando de manera incomprensible mis cada vez más apremiantes sentimientos de rencor y algo así como de odio- ayudarlos a recuperarla. Acompañé al mayor de ellos donde el vecino, para explicar el entuerto. El vecino no estaba. El cabro tiene la tupé de ordenarme que cuando llegue el vecino fuera a pedirle yo la pelota. El cabro tiene unos siete años, me llega como a la cintura, es definitivamente desvergonzado, tiene piscina. Ahora sí que lo mando a la cresta. Pienso que cuando tenía su edad me daba miedo la gente grande solo por ser grande, que no me habría atrevido a dirigirme a alguien que me doblara en tamaño más que con una mirada lastimera y un hilito de voz, si es que salía.
“Bueno”, le dije, ya al borde de todo. Y el cabro se va sin despedirse, sin decir nada.