Tunekawa

Julio 10, 2006

Todavía me preguntó por qué, a medida que íbamos haciendo nuestra primera comunión, mi papá quiso que cada uno de sus hijos fuera inmortalizado en una foto de estudio invariablemente posada con el señor Tunekawa. Que quede claro: no es nada en contra del propio Tunekawa, un nikkei ejemplar que instaló hace ya muchos años su negocio en la calle Merced, casi frente al teatro La Comedia, nada contra su tenebroso local ni menos contra las señas incomprensibles que hacía a sus modelos. Ellos (nosotros) a veces las interpretábamos como brusquedades, pero en el fondo sabíamos que lo suyo era trabajo y nada más.

Al que no puedo entender es a mi padre. Mandaba a hacer esas fotos a mediados de los ochenta, una época en que ya existía la cámara de instantánea, ya había pasado la revolución de las flores, ya habíamos escuchado a los Beatles: en suma, ya existía para todos –incluso para los niños– la necesidad imperiosa de ser auténticos contra viento y marea. ¿Cuál era entonces el placer que obtenía de una situación tan evidentemente falsa?

Mentira uno: donde Tunekawa había que ir un día sábado aunque vestido de uniforme escolar. Mentira dos: había que peinarse a la gomina (o al limón) y uno siempre andaba chascón. Mentira tres: había que salir arrodillado en un reclinatorio y en la misa uno siempre comulgaba parado. Mentira cuatro: había que sostener entre las manos un libro de oraciones y un rosario, y uno nunca había visto un libro de misas y nunca se habría atrevido a tocar el rosario de la abuela.

Tengo que reconocer que el paseo tenía sus atractivos. Nuestra “foto de primera comunión” nunca fue esa clase de ritual privado y confesional que algunos padres aman y que todos los hijos detestan. De hecho, cuando íbamos con mis hermanos –la cosa era un acontecimiento familiar– teníamos la posibilidad de explorar por nuestros propios medios la calle Merced, ese zoco misterioso en donde aún existe una tienda de dulces árabes y donde podíamos ver a veces el rostro maquillado de los actores del ICTUS, dos fragmentos cosmopolitas que a los diez años son más impresionantes que una calle de París a los treinta. (Ahora que lo recuerdo, es curioso que mi mamá no nos acompañara: nunca ha estado disponible para esa clase de posteridades).

A veces voy a la casa de mis padres y miro los retratos enmarcados que nos tomamos con Tunekawa. Es verdad, todos los niños pueden ser simpáticos, y más todavía los niños disfrazados de algo. Sin embargo, cuando me veo disfrazado de viejo en esos retratos hechos en sepia en una época en que la foto a color era el último grito de la moda, cuando me veo peinado al limón y vestido de uniforme en día sábado, cuando pienso en los gestos del fotógrafo y en el miedo que me inspiraba, no puedo dejar de sentir que toda la escena escondía una falsedad todavía más falsa.

Había que hacerse el bueno, y en el afán de parecerlo frente a la cámara solo lograba sentirme malo, más malo -espero- de lo que realmente fui.

PD. Aún no logro conseguir las fotos de las que hablo. La ilustración de más arriba es solo un ejemplo, por supuesto, que no pertenece al maestro Tunekawa.