Hace unos días Ignacio Valente publicó en El Mercurio una reseña a propósito de la reedición de La oscura vida radiante (1971), el último volumen de la tetralogía de Aniceto Hevia que Manuel Rojas comenzara en 1951 con Hijo de ladrón. Aunque discrepo de él en varios aspectos, no me interesa tanto la polémica como exponer, con toda brevedad, dos claves de lectura que a mi juicio explican la relevancia de este volumen en la tradición novelística del siglo XX chileno.

En primerísimo lugar está la cuestión del vínculo social. Si hay algo que Manuel Rojas pone al centro de su proyecto narrativo no es, como suele afirmarse, el aislamiento del individuo en la sociedad, sino el estudio detallado y emotivo de las relaciones entre los seres humanos. La aparente soledad de Aniceto en la novela, es decir, la ausencia de su familia y su falta de lo que hoy llamaríamos “redes sociales” no es una opción que deba leerse en términos filosóficos o existenciales. Es más bien una suerte de tabula rasa que barre con las determinaciones decimonónicas que, en Chile, enseñaban que las comunidades debían formarse sobre la base de la sangre. Hablo de la oligarquía, una tupida red de relaciones familiares, y también de la nación, supuestamente cohesionada por la raza. Sobre esa sábana blanca, el vínculo entre los amigos e incluso entre perfectos desconocidos se construye fundamentalmente a partir de una suerte de solidaridad cuyo origen es cultural, deliberado, nacido de la experiencia compartida en el presente y no del parentesco o el nacionalismo obtuso que tuvo algún brío a fines de la primera década del siglo. Al despedirse de Valparaíso, por ejemplo, Aniceto evalúa la maldad de sus vecinos,
“pero también conoció ahí el otro extremo, no hacia abajo, sino hacia arriba, mujeres y hombres, ahí están, bondadosos, hablando o en silencio, y tú recibes lo que irradian, esa bondad o aquella dulzura; a veces no sólo es eso: sin conocerte, sin saber nada más que tú estás ahí, al amanecer, y que quizá no has tomado ni tomarás desayuno, te dicen: ¿Ya se va, vecino? ¿No quiere tomarse una tacita de café? Tú sabes o debes saber que no sólo es café lo que se te ofrece, aunque tú, que no quieres perder tu dignidad, esa dignidad miserable que mucha gente te niega, le quieres pagar; no puedes pagar, ya te dije que no sólo es café lo que te ofrece, es amor, es bondad, y eso no se paga con nada que no sea también amor y bondad”

En La oscura vida radiante, en segundo término, la “cuestión social” no se presenta como una maniquea polaridad entre ricos y pobres. El sorprendente número de marginados que cruzan sus páginas, la rica heterogeneidad que ilustran, sus diferentes actitudes morales –pienso en el timador Chambeco y en Aniceto, ejemplo de rectitud moral– justamente indican todo lo contrario: que los desplazados de principios de siglo, ese multiforme sector de la sociedad más tarde identificado monótonamente con el proletariado, el rotaje o los upelientos, es un caldero humeante de diferencias imposible de domesticar. La propuesta fundamental de Rojas, entonces, es todo menos homogeneizadora: nunca podremos hablar simplemente de rotos o proletarios, dice, sino de individuos que, a partir de sus particularidades, pueden construir una comunidad solidaria aquí y ahora. Esta es una sabiduría difícil de hallar en otros novelistas del siglo, cuya miopía aplana las diferencias o cuyos objetivos políticos las evitan.

¿No son la solidaridad y el reconocimiento plural de los marginados, al menos en su formulación utópica, las bases del proyecto nacional del siglo XX? ¿No constituyen la esperanza, tantas veces traicionada, de todos los gobiernos chilenos del siglo, desde Pedro Aguirre Cerda a Salvador Allende? Por supuesto, y es aquí donde debe leerse el valor de la novela: en la formulación literaria de una experiencia social imaginada o soñada, y no solamente como la versión imperfecta de una técnica artística.

Termino con un mínimo reconocimiento. Los temas y problemas de La oscura vida radiante coinciden exactamente con los temas y problemas que remecen más profundamente a la sociedad chilena desde 1920 hasta 1973, la convivencia de las clases y el modo en que, de una forma dialogada o negociada, debe producirse un nuevo acuerdo. Si Alberto Blest Gana es el gran el gran mediador del siglo XIX y de alguna manera sintetiza su imaginario nacional, le cabe a Manuel Rojas el mismo sitial y la misma preponderancia para el XX. Allí está, nuevamente editado; solo falta que los lectores vayan a su encuentro.

Y ahora bien por Salazar

Agosto 28, 2006

El festejado, de pelo blanco y barba ídem
Como iluminado por el rayo de la justicia, el heteróclito jurado del Premio Nacional de Historia ha decidido premiar a Gabriel Salazar. Nueva a alegría para este humilde servidor, aunque por razones diferentes a las que invoqué en el pasado post.

No soy, por supuesto, un gran lector su obra. De todas formas lo poco que conozco de ella (algunas partes de su Historia contemporánea de Chile, el memorable artículo “Ser niño huacho en la historia de Chile” y un vistazo rápido a Labradores, peones y proletarios) es sorprendentemente diáfana en cuanto a su objeto y sus convicciones. Historia desde abajo, no de las elites; historia hecha a partir de las interpretaciones de disenso, sin transar en acuerdos historiográficos sospechosos. Historia material y situada. Qué más se puede pedir.

Albricias, alegría.

Bien por Varas

Agosto 21, 2006

Noticia de último minuto, acabo de saber que José Miguel Varas recibió el Premio Nacional de Literatura dosmilséis. Sé que no tengo ni media vela en este entierro, pero de todas formas el asunto me pone feliz. Con Varas no solo se premia a un novelista de fuste y de talento (es cosa de darle una vuelta a El correo de Bagdad, curiosa novela chileno-eslavo-iraquí y que tal vez es uno de los mejores libros del siglo veinte chileno); también se reconoce a una generación entera de hombres y mujeres que dejó los pulmones –y a veces uno que otro miembro más– en el pedregoso camino de la utopía.

No estoy pensando solo en los que fueron asesinados, torturados o exiliados por la dictadura. Hablo también de todos los que celebraron el triunfo de Pedro Aguirre Cerda, los que huyeron de González Videla y en cambio esperaron el cielo de Salvador Allende. Hablo de los que creyeron, por primera vez en la historia de Chile, en la igualdad básica de los seres humanos, en el derecho de los pobres para escoger su propio destino y el destino de todos si eran mayoría. Hablo de los que imaginaron que otro mundo era posible, los que metieron las patas hasta el fondo, es cierto, los que quisieron traer la redención total y absoluta, los que odiaron enconadamente al burgués pequeño, mediano y grande, pero que son los mismos que conocieron y reconocieron la dignidad del mundo popular.

Con Varas se premia por primera vez, creo, el ímpetu, los aciertos y las inmensas culpas de una generación que construyó y disfrutó de un Chile gris pero entrañable. Más justo que el de hoy, por cierto, y también más pobre; un país fiscal como dice De la Parra, país de sindicatos y de obreros, de terratenientes e inquilinos, país de Manuel Rojas y de Recabarren y de Fernando Alegría y de Nicomedes Guzmán y de Carlos Droguett y de tantos otros nombres que estamos comenzando a olvidar.

Es como si el nieto cosmopolita y globalizado se hubiera dado un tiempo para dejar una pequeña flor en la tumba de su abuelo ferroviario. Qué cosa. Bien por Varas.