Turismo salvaje

Abril 21, 2006



A diferencia de Paul Bowles y las hordas de jóvenes y lolosaurios que se derriten con El cielo protector, las contadas veces en que puedo viajar me comporto como un perfecto turista y jamás, pero jamás, como un viajero. Asumo hidalgamente que no sé nada del lugar en donde estoy y admito que, con la poca plata y el poco tiempo que uno tiene para pasear, si me las quiero dar de aventurero lo más probable es que termine perdiendo miserablemente mi tiempo y mi plata sin haber visto lo que íntimamente vine a ver (que es lo que todo el mundo quiere ver, por lo general). En resumen, me confieso: tomo tours, visitas guiadas, recorridos por la ciudad, etcétera. No es que me pase viajando –todo lo contrario, mi pasaporte está vencido y tiene un timbre y medio–, pero necesito ese engañoso preludio para explicar la epifanía que me cayó en la cabeza durante la última visita guiada que se nos ocurrió tomar con Guarifaifa y su familia durante la semana santa.

La internáchonal atrákchon que visitamos tiene un nombre casi tan enredado como el camino que hay que tomar para llegar a verla. Se llama “Casa patronal Hacienda de San José del Carmen El Huique” (en adelante CPHSJCH), y consiste básicamente en una gigantesca casa de estilo chileno que perteneció en un su tiempo a Gertrudis Echenique y a su marido Federico Errázuriz, antiguo presidente de Chile (si miramos hacia arriba, veremos en la foto que adorna este post el reloj que “la familia” usaba para ver la hora). Aunque la casa en cuestión es verdaderamente gigantesca e incómoda para vivir, uno puede leer el paso de los años en las sucesivas tecnologías que los dueños le fueron agregando: carniceras de rejilla, letrinas sobre acequias, citófonos a cuerda, baños con wáter, piscina reciente, cableado eléctrico a la vista, fotografías en los muros. Instructivo. No demasiado, pero instructivo.

Lo verdaderamente llamativo de la CPHSJCH no está sin embargo en la casa misma; lo realmente curioso está en los guías turísticos, o al menos en el guía que nos tocó en suerte. Era un flaco aparentemente joven y entusiasta, que conocía al dedillo el origen, procedencia y valor de cada pelusa del caserón. Se manejaba con cristales de Murano, con balaustros de no sé qué madera fina, con una cosa que se llama opalina y con varios otros términos decorativos que ya no recuerdo. Sobre todo insistía –y con delectación- en dos temas principales: en una minuciosa genealogía de los antiguos patrones de la hacienda, y en la austeridad con que habían vivido esos señores que tanto dinero tenían.

Por supuesto, eso es el lado instructivo del asunto. El curioso afloró cuando el muchacho dijo, como al pasar, que sus abuelos habían sido inquilinos de la hacienda. Y ahí me cayó una teja medio ideológica pero terrible: en ese hombre se mezclaban en partes iguales el funcionario responsable y disciplinado con el arrobado admirador de la riqueza ajena, el emprendedor que recicla un edificio viejo y lo convierte museo con el antiguo trabajador que se identifica imaginariamente con los hacendados. El endeudado de Falabella y el endeudado de pulpería, por decirlo de algún modo. Dos tiempos, casi dos personas, pero en verdad un solo tiempo y una sola persona que, por lo demás, sobrevivía de lo más bien. Años atrás sus compañeros le habrían hecho la cruz por desclasado, alienado o simplemente chupamedias. Ahora en cambio era el mejor de los guías turísticos que uno pudiera desear. El más erudito, el más confiable, el menos chamullento de todos.

A mí todo el asunto me dio una pena enorme. No por él, porque supongo que es feliz con lo que hace y si sufre no será necesariamente por el trabajo que tiene sino por las miserias que toda vida acarrea. Me apenó advertir que setenta años de la Historia de Chile se habían ido por el caño, que cierto orgullo y cierta dignidad construida durante mucho tiempo y con mucha dificultad por los mismos trabajadores e inquilinos de esa y otras haciendas había sido barrido de un plumazo (o de un golpe). Lo que ese hijo de lecheros nos mostraba no era la lechería ni las casas de sus abuelos, era el austero lujo de los Errázuriz-Echenique, la humilde imponencia de su mansión, la opalina, el balaustro, las ramas mochas o floridas del árbol genealógico de los patrones. Quién sabe qué habría respondido si le hubiéramos preguntado por su familia. Yo, al menos, no me atreví.

Por eso es que no me gusta Paul Bowles. Un viajero jamás iría a la CPHSJCH y nunca habría conocido a ese guía. El viajero habría pasado de largo, pensando profundamente sus propios pensamientos.