La Navidad de Navidades
Julio 15, 2006

A medida que pasan los años uno no va perdiendo la memoria sino que la va encontrando. O al menos eso es lo que a mi me pasa.
Ya que este es un lugar que llama a escribir lo que a un se le venga en gana he decidido partir con mi colaboración ( y ojo que no soy Rei Aurelio ni Guarifaifa) con uno de los recuerdos de mi infanca que creo compartir con mis hermanos y que recuperé hace poco tiempo.
Según mis hermanos yo poseo una condición llamada AMNESIA SELECTIVA y que que a mi modo de ver me ha ahorrado una buena cantidad de plata en análisis psiquiátricos. Pero bien dice el dicho, “pan para hoy, hambre para mañana” así que parece que en algún momento tendré que pagar. El recuerdo que recuperé hace poco tiempo está ambientado en una navidad de fines de los setenta o inicios de los ochenta. Nuestra familia, bién constituída por cierto (aunque no sé claramente lo que eso implica), estaba celebrando la natividad del Señor como tradicionalmente se hacía. Con mis hermanos pasábamos todo el día literalmente echados en la cama de los papás, arrúgandola, viendo toda la programación de navidad que daban los canales abiertos de la época . A los más jóvenes debo recordárles que antes no existía la televisión por cable. No abran tanto los ojos, era así. Bueno, siguiendo con la historia, sucedió que ese día ya eran como las tres de la tarde y mi cabeza estaba a punto de estallar. La navidad de Yogui la había visto 2 veces en dos canales distintos, las historias de muñecos de Rankin-Bass (o algo así) me tenían abúlico y los Picapiedras no me motivaban. Me levanté de la cama y fui a la cocina en la que estaba mi madre tomándose un café. Acababa de llegar de alguna parte (probablemente de la empresa en que trabajaba) y estaba pensando en qué iba a ocupar su tarde. Creo necesario aclarar que a pesar de ser una familia bién constituída mi madre se tomaba su alprazolam todos los días como Dios manda a las 8 y a las 16 horas para poder contener los torrenes de actividad que la aquejaban. Después de saludarla y darle un abrazo, salí a la calle a buscar a algún amigo del barrio. Mi hermana y mi hermano estaban en la casa. La idea era llamarlos si algo aparecía.
No quero parecer racista, pero en ese tempo en el barrio existían grupos por sector de la calle y uno de esos era el de “Los Judíos”. No tenía carácter peyorativo. De hecho nunca me pareció despectivo sino solamente descriptivo. Ellos eran 2 hermanos y un primo. Dos rubios y uno moreno que tenían sobrenombres un poco delicados pero que a nosotros no nos parecían así. Eran simpáticos pero cerrados. Las pichangas de calle más aguerridas de las que tengo memoria fueron contra ellos, “Los Judíos”. Al salir ese 24 de diciembre a la calle los fui a buscar pero no pudieron salir. Volví a la casa y parecía que el tiempo se estaba elongando y derritiendo con el sol del verano (Cuando ví el cuadro de Dalí con esos relojes laxos me sentí tan comprendido, tan en sintonía con el surrealismo y con mis días de infancia que me gustó ese Dalí). Bueno, el punto es que de aburrido que estaba me fui a sentar al lado del arbolito de pascua. Siempre pensé que nuestro arbolito de pascua era el mejor. Me encantaba que fuera plástico y que tuviésemos que armarlo, me encantaba el olor del plástico y el ambiente que se generaba alrrededor de esta ceremonia. Así que el sentarme al lado de este árbol, el más cool de los que conocía, me daba ánimo. Además era sinónimo de regalos nuevos, con olor a papel de regalo y plástico nuevo. Al repasar con la mirada los adornos, cada uno de los cuales tenía su propia historia, no sé, me sentía en casa. Mi mirada pasó sobre unos papeles entre las ramas que eran las cartas al viejito, los regalos pedidos y los testimonios de buenas intenciones, (mi hijo se refiere al viejito como “Pascuito de cuero”) y me quedé mirando la estrella de la punta que creo que había sido hecha por uno de nosotros. En eso estaba cuando mi hermana, que en ese tiempo era bastante más frívola, me dice:
- Bovet_concha, el viejito pascuero no existe.
- Si existe- le respondí con una seguridad a toda prueba.
- No, no seas cabro chico- me argumentó con ese dejo de suficiencia de los preadolescentes.
- No soy chico y Sí existe. Yo lo he visto (alguna vez aluciné con una pata del viejito pascuero subiendo por la chimenea del living.
- A ver-me desafió- demuéstrame que existe.
Miré a todas partes. Buscaba la inspiración de algo o alguien que me diera la forma de lograr convencer a mis hermanos (por que creo que los dos me estaban desafiando) de una verdad tan irrefutable. Repentinamente me encontré con lo que buscaba.
- Si existe el viejito-dije con total convencimiento-cambiemos ahora las cartas que le hicimos y veamos que pasa.
Creo recordar que esos tiempos no eran de vacas gordas, por lo que nuestras cartas habían sido mas bién concientes con la realidad nacional y familiar. Pero esto era otra cosa, así que cambiamos todo. Pedimos bicicletas para mi hermano, un atari (que era una consola de juegos de video), y no se cuantas cosas más.
Aquella noche me comencé a poner nervioso como hacía muchas navidades no había estado. Ya no estaba tan seguro de la existencia del viejito. Tenía algo más de 10 años y me empecé a sentir ridículo. Pero ya estaba hecho, debía aperrar con mi apuesta, mis creencias y mi infancia. Que tarde me dormí esperando alguna señal.
Mi papá tuvo turno esa navidad y llegó al otro día…Querido viejito pascuero, fue la mejor navidad de todas las que recuerdo. No solo trajiste lo que te habíamos pedido, sino que regalos para todos y super buenos…Fue el triunfo del bién sobre el mal, de la esperanza sobre la desolación, de la alegría sobre la tristeza, de mí sobre mis hermanos , en fin , uno de mis mejores recuerdos y un gran final para una película de “Tardes de Cine” del canal 13.