Intercomunal

Noviembre 13, 2008

El Papá, que es de Concepción, vivió en Pudahuel cuando era niño. La Mamá venía de Linares, pero su internado quedaba en Recoleta. Solían gastar el dinero de la micro en helados, y caminaban. Él nació en una clínica de Vitacura. Los caminantes ya eran profesionales y podían permitirse una casa en Las Condes. En una pieza de Quinta Normal, hasta donde llegaron a parar él y su orgullo, era el hombre más feliz. Su Papá ofreció pagarle un departamento en Ñuñoa: él le dijo que bien podía llevarle su dinero al primer imbécil que encontrara. El Papá, que lo llama plata simplemente, le hizo caso: tomó su mano y puso en ella unos billetes.

Sorpresa

Septiembre 21, 2008

Cómo hacerlo mierda, cómo hacerlo mierda, se decía desesperada. Hablar con su mujer, incendiar su casa, secuestrar a sus hijos, no sé, publicar a los cuatro vientos el romance que sostuvieron durante dos meses y que ella creyó el cielo pero que en verdad –ahora lo descubría– fue apenas un estado temporal de estupidez. El maldito conductor de metro, su maldito bigote, su convoy, como le gustaba decir.

Entonces la idea le cayó como un piedrazo en la cabeza.

Medio agazapada en la estación Los Leones, esperó la llegada el tren. Ocho treinta seis de la mañana. Lo vio venir, saludando al público y sonriendo a la galería como siempre. Se arrojó a la línea para regalarle al maldito una pesadilla de la que no pudiera desprenderse por el resto de sus días.

Tres maquinales IV

Diciembre 19, 2006

El Niño es hijo de un profesor de Castellano y de una profesora de Castellano. Lo criaron sin inhibiciones estúpidas, con las reglas claras, con toda la libertad que quisiera tomarse. Resultó una persona íntegra y confiable y, tal vez por lo mismo, inevitablemente anónima. En todas partes era bien recibido, aunque al cabo de unos instantes era también completamente olvidado. Terminó acostumbrándose al mimetismo y consiguió sacarle provecho sin enredarse en los laberintos tortuosos que cualquiera de nosotros hubiera seguido de estar en sus zapatos. Se sacaba la rabia dando unos gritos atroces por la calle, seguro de que nadie lo recordaría, se acostaba con mujeres casadas, porque al día siguiente no sabían si el amante era verdadero o inventado, almorzaba gratis porque a nadie se le ocurría detenerlo cuando ejecutaba con el mayor descaro un perro muerto tras otro.
Nos hicimos amigos de la forma más estúpida y más vergonzosa. Preparábamos las Afinidades electivas, y era evidente que ambos arrastrábamos los pies por la belleza y el carácter difícil de Herminia. Trabajamos durante un mes en jornadas de ocho horas, de seis de la tarde a dos de la mañana, ellos la parte dramática que quisieran y yo soldando al arco las partes del cubo que nos haría volar hacia la boca de nuestra amada. Pese al cansancio, Herminia tomaba una bicicleta y pedaleaba a perderse por la avenida de las Palmeras. Nosotros tomábamos nuestra mochila, cruzábamos la calle y esperábamos una micro. Un día antes del estreno, o dos o siete, se me ocurrió atravesar la avenida sin mirar a ambos lados de la calle. Un bocinazo, un susto, y una sombra desconocida que me botó a centímetros del automóvil cuyo destino era masacrarme en el pavimento. Ni tiempo tuve de asustarme. El Niño tomó mi morral, le sacudió el polvo y luego me ofreció la mano para ponerme de pie. Ningún aspaviento, ninguna referencia al profesor de Historia que uno, dos o siete días atrás había muerto en esas mismas circunstancias.

Tres maquinales III

Septiembre 30, 2006

Por ejemplo
El monstruo 3

Sobra decir que Herminia me gustaba, y sobra decir que el Niño también estaba enamorado de ella. La mía en todo caso era una pasión que venía rota de fábrica y que por razones morales (hace poco las consideraba estúpidas, pero hoy las respeto) me prohibí estrictamente. No la merezco, me dije entonces, no tuve ojos para ella sino solo cuando estuvo arriba del escenario; cuántas veces nos habremos topado en el pasillo, en los patios, en el comedor de la universidad, y nunca supe que me gustaba. El verdadero amor, pensaba entonces, se regía por el modelo llave-cerradura con que Hermann Emil Fischer describió la acción enzimática. Uno tiene una especie de pituto o toluco mágico que encaja perfecto con la concavidad pertinente de la dama, y eso ocurre al principio o no habrá de ocurrir nunca jamás (todo esto, por supuesto, lo pensaba yo en términos espirituales, aunque hay que reconocer que Fischer –el bestia descubrió también el veronal, ni más ni menos– es un genio de las relaciones humanas).
El ejemplo de las enzimas lo he robado en realidad del primer montaje que hicimos los tres juntos: “Las afinidades electivas, versión libre del clásico de Lupercio Goethe explicada por medio de una versión libre del modelo llave-cerradura del químico alemán Hernán Emilio Fischer”. Su argumento es el siguiente: dos parejas se reúnen para pasar un agradable fin de semana en el campo, provistos los cuatro de sus respectivos apéndices amorosos. Los tolucos de los caballeros (el Niño y yo) son idénticos y encajan perfectamente en las concavidades de las damas (Herminia con y sin peluca); eso desencadena un drama terrible porque los caballeros y las damas, que espiritualmente ajustan del modo más perfecto, no se ponen nunca de acuerdo en deshacer o rehacer sus matrimonios. Del final no me acuerdo mucho, y tampoco tiene mucha importancia, aunque supongo que de alguna manera era terrible.
El Niño quería una versión, digamos, de carne y hueso: sufrimiento en vivo y en directo, Herminia arrastrándose por el escenario, discusiones apasionadas y en lo posible a gritos, un par de espadas, sangre por todas partes. A ella, como es lógico, no le interesaba demasiado el detalle sentimental. Lo que de verdad la desvelaba, en orden de importancia, era la teoría de Fischer y la novela de Lupercio. Se sumergió durante semanas enteras en un océano de libros para dar finalmente con un texto irrepresentable en donde las declaraciones de amor y de odio, sin importar el grado de pasión con que se hicieran, debían comunicarse por medio de ecuaciones químicas.
Todos nos enteramos de los altos y bajos de su conflicto –de los excesos emocionales que el Niño consideraba imprescindibles, de la indiferencia y el ensimismamiento de Herminia– porque los discutieron casi en nuestras narices, a todas horas, interrumpiendo sin misericordia nuestros propios y no menos feroces procesos creativos (que consistían por cierto en el primer oscuro resentimiento que pasara por nuestras cabezas). Un buen día, cuando todos ya estaban hartos del drama, me ofrecí para mediar entre los dos. Por el bien de todos, dije, tenían que zanjar de una vez sus diferencias. Por nuestro bien, insistí, podríamos probar usando máquinas. No habría sangre, pero al menos el escenario terminaría chorreando aceite hasta las primeras filas de espectadores; podrían gritar todo lo que quisieran, pero esos gritos seguirían siendo una adaptación, la adaptación que Herminia quisiera. Se miraron entre ellos. Me miraron a mí. Y dijeron bueno, estás adentro.
“Las afinidades electivas, versión libre del clásico de Lupercio Goethe explicada por medio de una versión libre del modelo llave-cerradura del químico alemán Hernán Emilio Fischer” fue el primer montaje en que hicimos un uso abusivo de las máquinas. En el escenario había solo un cubo de fierros estructurales y una red de cuerdas entre las cuales, suspendidos por arneses y movidos por poleas, flotábamos el Niño, Herminia y yo. Nuestros tolucos y la concavidad de Herminia eran imanes artificiales, y según los vaivenes del argumento cambiábamos su polaridad para que se atrajeran o se repelieran. Por cierto no había música, solo el sonido perturbador de los generadores eléctricos y el choque de los fierros irremediablemente atraídos entre sí. Me encargué de todo: del cubo, de las cuerdas, de las poleas, de los imanes. Era una hermosa obra-juego-de-parque-de-diversiones, una espeluznante moledora de carne, un perfecto mecano: cuando el argumento lo requería lograba acercarme a Herminia con tanta fuerza que el encuentro, originalmente un abrazo o un secreto al oído, se convertía gracias a la máquina en un azote, o sea, en un placer completo. El Niño logró chorrear delicadas gotas de aceite en los momentos de máxima tensión, Herminia pudo declamar sus ecuaciones con entera libertad, yo tartamudeé mis parlamentos lo mejor que pude. Todos quedamos lesionados después del estreno.
Nuestros compañeros dijeron de todo: que era horrible, que no se entendía, que era inhumano. El profesor nos puso una nota mediocre, porque no se qué cosa pasaba o dejaba de pasar en el final. A mí me maravilló, entre otras cosas, porque nunca pude recordar cómo terminaba.

Tres maquinales II

Septiembre 23, 2006


Dispositivo per facilitare il parto


El monstruo 2

Herminia es la hija de un hombre eternamente enamorado, del novio incansable de una serie infinita de hermosas jóvenes ingenuas. Además de ser el padre de Herminia es padre de un hermano de ella y de siete medio hermanos o hermanas cuyas madres (a diferencia de la madre de Herminia) lo importunan a cada rato pidiéndole lo que no quiere ni para sí mismo: dinero, seguridad. El padre de Herminia es un artista en ciernes eternas. Escribió una canción que ganó el segundo lugar del festival de Viña del Mal, pero después debió hacerse cargo de Herminia y de su hermano y se empleó como profesor de música en un colegio inglés de señoritas. Allí conoció a su primera novia, por amor a la cual se divorció de la madre de Herminia y por culpa de quien debió trabajar durante las noches en la orquesta bailable del maestro Juan Parrilla. En los pocos meses que duró ese trabajo el padre de Herminia tuvo un tercer hijo con la señorita, pero debió abandonarla por amor a una joven pintora que se ganaba la vida como bailarina en la orquesta Juan Parrilla. Con tres hijos a su cargo buscó un tercer empleo, y comenzó a trabajar como modelo en una academia de pintura. Allí, mientras un cuarto heredero crecía en el vientre de la joven pintora, el padre de Herminia se enamoró locamente de una doctora que asistía a las clases de pintura para librarse de una depresión mayor. A los pocos meses, obviamente, quedó embarazada, y obviamente también el padre de Herminia la abandonó. Muchas veces le ha ocurrido lo mismo: por eso su familia, que a veces también es la familia de Herminia, crece de modo absurdo y desordenado.
La madre de Herminia es rubia y aún debe ser bonita. Fue profesora de teoría de la música en la misma facultad que el padre de Herminia debió abandonar, primero por su fama incipiente, luego por la orquesta de Juan Parrilla y después por la familia. Cuando la conocí me pareció una mujer bella y vanidosa, excesivamente consciente de su belleza y de su inteligencia. Era, a su juicio, un milagro en el que se reunían el talento y la hermosura, un milagro hecho para deleite y fruición del resto de la humanidad. En términos generales, hay que reconocerlo, tenía razón. Lo malo era que la madre de Herminia era una mujer mala. En términos generales. Su primera desilusión ocurrió cuando Herminia era apenas una mata de pelos morenos y gruesos recién salida de un pubis rubio y perfecto. En la sala de partos, sin poder creer lo que había ocurrido, la mujer-milagro trepó barriga abajo tomada del cordón umbilical de su hija y solo concedió que le pertenecía cuando estuvo segura de que la cuerda había salido de su propio sexo. Hecho esto, por supuesto, se largó a llorar.

Tres maquinales I

Septiembre 18, 2006

El monstruo 1

Los vi por primera vez y fue como si nunca me los hubiera topado en los pasillos, en el comedor, en el patio de la universidad. Fue como si hubieran aparecido delante de mis ojos, el Niño y Herminia brotados del escenario para hacer una adaptación libre del teorema de Pitágoras en el examen final de una asignatura de actuación de cuyo nombre no quiero acordarme (tal vez un taller sobre el realismo, pero no creo). La idea era exquisitamente desquiciada y completamente envidiable: mientras todos nosotros adaptábamos libremente el primer oscuro resentimiento que pasara por nuestra cabeza (éramos casi niños y nuestros temas cabían en una mano: pena y autoindulgencia, ajuste de cuentas con el último amor o con nuestros padres), ellos dibujaban limpiamente en el escenario un triángulo rectángulo, hacían brotar tres cuadrados perfectos y demostraban ante el público equivocado la ecuación más hermosa de la historia de la humanidad.

El profesor, que había quedado sorprendido y perplejo como todos nosotros, se rascó la cabeza y los llamó aparte para pedir algunas explicaciones. Herminia dijo que el montaje, como todo el mundo sabía, estaba hecho sobre la demostración geométrica de Pappus. En realidad habían ensayado largamente la demostración pitagórica, pero el estúpido del Niño no logró dar el tono necesario para representar una proporción, dijo. El Niño trató de disculparse: lo que le gustaba era la poesía, y debió aceptar la idea loca de la Herminia porque se había quedado sin pareja para el trabajo. El profesor pidió que Herminia le mostrara el texto sobre el que habían trabajado, y Herminia explicó que no había texto –de hecho no hablaron ni una palabra durante los treinta minutos que tomó su acto– pero que podía demostrar el teorema en la pizarra. Supongo que al profesor también le gustaba la poesía, porque escuchó hablar de los paralelogramos con la misma devoción emocionada con que nos recitó alguna vez la golonviola y la golontrina. Se rascó la cabeza, hizo una o dos preguntas (muy básicas y muy tontas) y decidió calificarlos con una nota mediocre: no mucho, para que no pensaran que desconocía a Pitágoras, no demasiado poco para que no lo acusaran de intolerante.

Yo, que había descuerado a mi familia en el escenario sin mayor éxito, me quedé pensando largamente en todo lo que había visto. Era obvio que Herminia mandaba sobre el Niño, y era obvio también que el Niño era el único actor verdadero en esa compañía enana. Ella era una buena directora, claro, una estratega, pero arriba del escenario se volvía tiesa y mecánica. Si el triángulo rectángulo se convertía en un objeto vivo, y eso había ocurrido realmente, era solo gracias a ese muchacho común, corriente y anónimo cuya versatilidad espantosa podía llegar al límite de representar lo irrepresentable: los tres puntos geométricos que, dicen los postulados fundamentales, no ocupan espacio porque son pura coordenada. Sé que es un poco idiota lo que trato de decir, pero casi tuve la certeza de que el violento talento del Niño era un talento mudo: aunque supiera exactamente qué es lo que piensa un triángulo jamás sería capaz de explicarlo con palabras. Herminia en cambio, que solo trataba de actuar y todo le resultaba como hecho con un manual de instrucciones, era capaz de explicarlo todo. La desigual pareja ofrecía sobre el escenario un espectáculo fantástico y terrible, como el de un engendro cojo, o tuerto, o manco.

Un monstruo con una cabeza brillante, la de Herminia, colocada sobre un cuerpo espantosamente maleable, el cuerpo del Niño. Una criatura sin manos, me dije. Y yo quise ser esas manos.