Dos notas sobre La oscura vida radiante
Junio 8, 2008

Hace unos días Ignacio Valente publicó en El Mercurio una reseña a propósito de la reedición de La oscura vida radiante (1971), el último volumen de la tetralogía de Aniceto Hevia que Manuel Rojas comenzara en 1951 con Hijo de ladrón. Aunque discrepo de él en varios aspectos, no me interesa tanto la polémica como exponer, con toda brevedad, dos claves de lectura que a mi juicio explican la relevancia de este volumen en la tradición novelística del siglo XX chileno.
En primerísimo lugar está la cuestión del vínculo social. Si hay algo que Manuel Rojas pone al centro de su proyecto narrativo no es, como suele afirmarse, el aislamiento del individuo en la sociedad, sino el estudio detallado y emotivo de las relaciones entre los seres humanos. La aparente soledad de Aniceto en la novela, es decir, la ausencia de su familia y su falta de lo que hoy llamaríamos “redes sociales” no es una opción que deba leerse en términos filosóficos o existenciales. Es más bien una suerte de tabula rasa que barre con las determinaciones decimonónicas que, en Chile, enseñaban que las comunidades debían formarse sobre la base de la sangre. Hablo de la oligarquía, una tupida red de relaciones familiares, y también de la nación, supuestamente cohesionada por la raza. Sobre esa sábana blanca, el vínculo entre los amigos e incluso entre perfectos desconocidos se construye fundamentalmente a partir de una suerte de solidaridad cuyo origen es cultural, deliberado, nacido de la experiencia compartida en el presente y no del parentesco o el nacionalismo obtuso que tuvo algún brío a fines de la primera década del siglo. Al despedirse de Valparaíso, por ejemplo, Aniceto evalúa la maldad de sus vecinos,
“pero también conoció ahí el otro extremo, no hacia abajo, sino hacia arriba, mujeres y hombres, ahí están, bondadosos, hablando o en silencio, y tú recibes lo que irradian, esa bondad o aquella dulzura; a veces no sólo es eso: sin conocerte, sin saber nada más que tú estás ahí, al amanecer, y que quizá no has tomado ni tomarás desayuno, te dicen: ¿Ya se va, vecino? ¿No quiere tomarse una tacita de café? Tú sabes o debes saber que no sólo es café lo que se te ofrece, aunque tú, que no quieres perder tu dignidad, esa dignidad miserable que mucha gente te niega, le quieres pagar; no puedes pagar, ya te dije que no sólo es café lo que te ofrece, es amor, es bondad, y eso no se paga con nada que no sea también amor y bondad”
En La oscura vida radiante, en segundo término, la “cuestión social” no se presenta como una maniquea polaridad entre ricos y pobres. El sorprendente número de marginados que cruzan sus páginas, la rica heterogeneidad que ilustran, sus diferentes actitudes morales –pienso en el timador Chambeco y en Aniceto, ejemplo de rectitud moral– justamente indican todo lo contrario: que los desplazados de principios de siglo, ese multiforme sector de la sociedad más tarde identificado monótonamente con el proletariado, el rotaje o los upelientos, es un caldero humeante de diferencias imposible de domesticar. La propuesta fundamental de Rojas, entonces, es todo menos homogeneizadora: nunca podremos hablar simplemente de rotos o proletarios, dice, sino de individuos que, a partir de sus particularidades, pueden construir una comunidad solidaria aquí y ahora. Esta es una sabiduría difícil de hallar en otros novelistas del siglo, cuya miopía aplana las diferencias o cuyos objetivos políticos las evitan.
¿No son la solidaridad y el reconocimiento plural de los marginados, al menos en su formulación utópica, las bases del proyecto nacional del siglo XX? ¿No constituyen la esperanza, tantas veces traicionada, de todos los gobiernos chilenos del siglo, desde Pedro Aguirre Cerda a Salvador Allende? Por supuesto, y es aquí donde debe leerse el valor de la novela: en la formulación literaria de una experiencia social imaginada o soñada, y no solamente como la versión imperfecta de una técnica artística.
Termino con un mínimo reconocimiento. Los temas y problemas de La oscura vida radiante coinciden exactamente con los temas y problemas que remecen más profundamente a la sociedad chilena desde 1920 hasta 1973, la convivencia de las clases y el modo en que, de una forma dialogada o negociada, debe producirse un nuevo acuerdo. Si Alberto Blest Gana es el gran el gran mediador del siglo XIX y de alguna manera sintetiza su imaginario nacional, le cabe a Manuel Rojas el mismo sitial y la misma preponderancia para el XX. Allí está, nuevamente editado; solo falta que los lectores vayan a su encuentro.