Leer

Noviembre 1, 2008

Efectos adversos de la lectura

Efectos adversos de la lectura

1. Cinco días antes de un examen se me ocurre ir a ver a uno de mis profesores. Súbitamente recordó que, además de los treinta libros que habíamos incluido en conjunto, no podían faltar otros diez que eran obvios. La velocidad se convirtió en mi mantra: aunque volaran las páginas de Octavio Paz, Sarmiento, Benjamín Subercaseaux, Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, Roberto Fernández Retamar o Rodó yo sentía placer.

2. Un verano reptante en que Rayuela, Sobre héroes y tumbas, los Cuentos completos de Cortázar, Martín Romaña y algún otro más que no recuerdo casi se cobraron mi espalda. Me levantaba, me duchaba, salía a andar un rato en bicicleta y luego, a las diez o a las once de la mañana, derechito a la cama. Combatí tenazmente el calor con la inacción, con la suspensión de todo metabolismo, y si afuera llegaban a hacer treinta y cinco grados, encima de ese colchón fabuloso yo tenía frío.

3. Noche de primavera, estudiando para una prueba sobre el Zaratustra de Nietzsche. Después de leer y releer las fotocopias, de resumir y parafrasear las clases, después incluso de escuchar los pajaritos de la mañana, no podía quedarme dormido. Creí, iluso, comprender.

4. Un viaje de veintiocho horas desde Santiago a Tocopilla, en un bus sin la más mínima comodidad. Veintiocho horas, me repetí varias veces mientras íbamos saliendo del terminal, pero la verdad es que no tenía idea de lo que pueden llegar a ser catorce veces dos horas. El libro era En las montañas de la locura. Mientras el desierto se estiraba a medianoche en su oscuridad más oscura, a veces, mirando el vidrio negro de mi ventana, yo tenía miedo.

5. Preparo, apurado una clase sobre poesía en el casino de una universidad santiaguina. Lihn y panqueques de acelga. No soy ni siquiera un lector pasable de poesía, y he puesto en el programa esos versos como los saltadores de garrocha suben la vara sabiendo que no alcanzarán ni siquiera a rasparla. Leo y releo, avergonzado porque es una irresponsabilidad meterse en berenjenales que a uno no le corresponden y ya de plano una estafa preparar a última hora un ejemplo que, se supone, debe dejar todo claro. Y entonces, como si hubiera estado todo el tiempo allí, surge de pronto el sentido.

Hace unos días Ignacio Valente publicó en El Mercurio una reseña a propósito de la reedición de La oscura vida radiante (1971), el último volumen de la tetralogía de Aniceto Hevia que Manuel Rojas comenzara en 1951 con Hijo de ladrón. Aunque discrepo de él en varios aspectos, no me interesa tanto la polémica como exponer, con toda brevedad, dos claves de lectura que a mi juicio explican la relevancia de este volumen en la tradición novelística del siglo XX chileno.

En primerísimo lugar está la cuestión del vínculo social. Si hay algo que Manuel Rojas pone al centro de su proyecto narrativo no es, como suele afirmarse, el aislamiento del individuo en la sociedad, sino el estudio detallado y emotivo de las relaciones entre los seres humanos. La aparente soledad de Aniceto en la novela, es decir, la ausencia de su familia y su falta de lo que hoy llamaríamos “redes sociales” no es una opción que deba leerse en términos filosóficos o existenciales. Es más bien una suerte de tabula rasa que barre con las determinaciones decimonónicas que, en Chile, enseñaban que las comunidades debían formarse sobre la base de la sangre. Hablo de la oligarquía, una tupida red de relaciones familiares, y también de la nación, supuestamente cohesionada por la raza. Sobre esa sábana blanca, el vínculo entre los amigos e incluso entre perfectos desconocidos se construye fundamentalmente a partir de una suerte de solidaridad cuyo origen es cultural, deliberado, nacido de la experiencia compartida en el presente y no del parentesco o el nacionalismo obtuso que tuvo algún brío a fines de la primera década del siglo. Al despedirse de Valparaíso, por ejemplo, Aniceto evalúa la maldad de sus vecinos,
“pero también conoció ahí el otro extremo, no hacia abajo, sino hacia arriba, mujeres y hombres, ahí están, bondadosos, hablando o en silencio, y tú recibes lo que irradian, esa bondad o aquella dulzura; a veces no sólo es eso: sin conocerte, sin saber nada más que tú estás ahí, al amanecer, y que quizá no has tomado ni tomarás desayuno, te dicen: ¿Ya se va, vecino? ¿No quiere tomarse una tacita de café? Tú sabes o debes saber que no sólo es café lo que se te ofrece, aunque tú, que no quieres perder tu dignidad, esa dignidad miserable que mucha gente te niega, le quieres pagar; no puedes pagar, ya te dije que no sólo es café lo que te ofrece, es amor, es bondad, y eso no se paga con nada que no sea también amor y bondad”

En La oscura vida radiante, en segundo término, la “cuestión social” no se presenta como una maniquea polaridad entre ricos y pobres. El sorprendente número de marginados que cruzan sus páginas, la rica heterogeneidad que ilustran, sus diferentes actitudes morales –pienso en el timador Chambeco y en Aniceto, ejemplo de rectitud moral– justamente indican todo lo contrario: que los desplazados de principios de siglo, ese multiforme sector de la sociedad más tarde identificado monótonamente con el proletariado, el rotaje o los upelientos, es un caldero humeante de diferencias imposible de domesticar. La propuesta fundamental de Rojas, entonces, es todo menos homogeneizadora: nunca podremos hablar simplemente de rotos o proletarios, dice, sino de individuos que, a partir de sus particularidades, pueden construir una comunidad solidaria aquí y ahora. Esta es una sabiduría difícil de hallar en otros novelistas del siglo, cuya miopía aplana las diferencias o cuyos objetivos políticos las evitan.

¿No son la solidaridad y el reconocimiento plural de los marginados, al menos en su formulación utópica, las bases del proyecto nacional del siglo XX? ¿No constituyen la esperanza, tantas veces traicionada, de todos los gobiernos chilenos del siglo, desde Pedro Aguirre Cerda a Salvador Allende? Por supuesto, y es aquí donde debe leerse el valor de la novela: en la formulación literaria de una experiencia social imaginada o soñada, y no solamente como la versión imperfecta de una técnica artística.

Termino con un mínimo reconocimiento. Los temas y problemas de La oscura vida radiante coinciden exactamente con los temas y problemas que remecen más profundamente a la sociedad chilena desde 1920 hasta 1973, la convivencia de las clases y el modo en que, de una forma dialogada o negociada, debe producirse un nuevo acuerdo. Si Alberto Blest Gana es el gran el gran mediador del siglo XIX y de alguna manera sintetiza su imaginario nacional, le cabe a Manuel Rojas el mismo sitial y la misma preponderancia para el XX. Allí está, nuevamente editado; solo falta que los lectores vayan a su encuentro.

¿Permitirá el dios oculto de las artes que un mortal abrigue sentimientos anormalmente intensos por libros anormalmente malos? Lo dudo: es un dios celoso, puntudo y clasista. Como buen agnóstico, sin embargo, disfruto confesando mis herejías. Aquí están las mínimas historias que acompañan a mi incurable mal gusto literario.

Durante los años de azul y gris las mejores novelas que leí son dos bodrios inapelables: Las llaves del reino de Archibald J. Cronin y ¿Dónde estás, Constanza? de José Luis Rosasco. Supongo que los quería porque hablaban hasta por los codos de las dos piedras con que tropieza toda adolescencia chilena vivida en un colegio de curas: el heroísmo célibe de un misionero católico en una muy imaginaria China y la marisma agradablemente cálida del erotismo puberal. El sufrido profesor de Castellano que tenía entonces toleraba sin chistar mi gusto por la moralina de Cronin, pero odiaba singularmente el romanticismo menopáusico de Rosasco; se deprimía todos los años de octubre en adelante (creo que por eso adoraba a Dostoievsky), y en ese estado semivalente me retaba por estar leyendo huevadas. Ahora que yo mismo me he convertido en una especie de profesor entiendo su furia, y entiendo también que frente a eso no hay nada que hacer.

Durante unos años usé el recorrido completo de una micro que en ese entonces se llamaba Bilbao Lo Franco 6 (solo): desde el Terminal de Isabel la Católica hasta el de Quinta Normal en la mañana, y de Quinta Normal a Las Condes todas las noches. En total me pasaba unas cuatro horas diarias arriba de la máquina, y aprovechaba de leer lo que encontrara en los estantes de mi casa. En esas circunstancias clasifiqué a todos los escritores posibles del mundo en dos categorías absolutas: los buenos-pero-esforzados y los que tienen el don (aún creo que cualquier novela es admirable en algún sentido). Tener el don significa ser capaz de engatusar a un lector de micro con casi cualquier pretexto, poder armar una novela que camine, cojee o al menos se arrastre sola con dos o tres ingredientes clásicos. La campeona en esa categoría, lo digo sin ninguna duda, es Isabel Allende, y de hecho no conozco a nadie en quien el don sea tan visible. Digan lo que quieran los sacerdotes del dios malo: que le copia a García Márquez, que escribe folletines seudo políticos, seudo intelectuales o seudo feministas, me importa un rábano. He conocido pocas mujeres tan atractivas como la heroína de De amor y de sombra, y nunca la historia de Chile me pareció más interesante que en La casa de los espíritus. Y aunque la he negado más de tres veces, aunque en ambientes poco comprensivos cierro mi boca, la verdad es que si tuviera que guardar cama para siempre lo primero que haría es leer su opera omnia. Una buena novela de micro, lo aprendí en esa época triste, no es la que te implanta el chip melancólico para el resto del día: es la que te inmuniza a los dolores propios para vivir alegremente las desdichas ajenas.

Cuando comencé a tomar contacto con las instituciones académicas de la literatura aprendí lo suficiente como para saber por qué Madame Bovary y Crimen y castigo son novelas importantes, renegué definitivamente de Rosasco (no así de Cronin) y entendí por qué me gustaba tanto García Márquez. Me volví un fanático de las novelas de caballerías, el Infierno de Dante y Macbeth, pero escondí un gusto que en esos ámbitos era peligroso: mi afición por lo que se llamábamos la Nueva Narrativa Chilena. Falsa moda marketera, falsos escritores que publicaban falsas novelas en falsos sellos editoriales por el lado literario; cobardes vendidos que le tenían miedo a la historia por el lado político: eso se decía de ellos en los noventa, y hoy (desde que Bolaño nos dio permiso) se escuchan cosas peores. Y sin embargo, nadie me hablaba de forma tan contundente sobre lo que pasaba aquí, a la vuelta de la esquina, en mi barrio, en mi ciudad, en mi país. Yo quería desesperadamente convertirme en adulto, y gracias a esos libros malos al menos logré saber cómo vivían sus vidas muchos adultos que podía reconocer: la movediza inmadurez de Tito Triviño en La secreta guerra santa de Santiago de Chile, la impostada cultura universal, tan chilena por lo demás, de los cuentos de Jaime Collyer, el tradicionalismo algo pánfilo que leía en El viaducto de Darío Oses. Fue una pésima educación sentimental, por supuesto: aprendí que crecer consistía en cultivar una neurosis respetable e infantil, pero qué tanto. Nadie escoge a sus profesores, y los míos no son peores que los de otros.

Hay un dios de las artes puntudo, clasista, celoso y serio. Por suerte hay también un dios picante y simpático, el dios de las novelas malas. A ese yo le prendo velitas.

Una reseña

Mayo 13, 2006


Escribí esta reseña furiosa pero educada hace unos tres años y medio, para un proyecto de página web que finalmente no prosperó. Lo que quise decir en ese entonces (y que mantengo hasta ahora) es que la lectura católica de
El señor de los Anillos es mañosa, interesada y está un poco veladamente sostenida por la derecha conservadora. Tal vez no vale la pena darle tantas vueltas a un autor “mediano”, pero en ese entonces Tolkien estaba en todos los medios y me parecía escandalosa la forma en que ciertos intelectuales se sumaban a la ola marquetera metiendo de contrabando sus ganas apenas disimuladas de que los jóvenes dejaran por fin de blasfemar, fumar marihuana y acostarse prematuramente gracias a las enseñanzas de Frodo y Gandalf. Como a mí me gustaba Tolkien y no era católico, alguna vez me había fumado un porro y había mantenido -horror- relaciones prematrimoniales, pensé que era interesante buscarle una vuelta más laica y librepensadora a la marea rígida que igualaba El señor de los Anillos con el catecismo. Ahora reciclo la reseña por inédita, y porque hace poco me volví a encontrar con la misma soberbia atrabiliaria y la misma convicción estúpida de que los libros se leen de una vez y para siempre. En el fondo, y como suele ocurrime, de puro picado.
Fernández Biggs, Braulio
Tolkien y el reencantamiento del mundo
Santiago: Ediciones Universidad Católica de Chile, 2002. 128 pp.

Durante la década de los ochenta era casi imposible encontrar en las librerías chilenas alguna de las obras de J. R. R. Tolkien, el escritor inglés que había revolucionado la industria editorial del hemisferio norte con El señor de los anillos. Misterios gozosos de la globalización, en los noventa esa dificultad desapareció: sus libros estaban en los programas escolares y era posible conseguirlos hasta en los supermercados. Apenas comenzado el siglo XXI la difusión de su obra parece ser un fenómeno planetario, sobre todo tras el estreno de las películas de Peter Jackson inspiradas en El señor de los anillos. Qué mejor momento para la aparición de un libro como el de Braulio Fernández Biggs, que constituye su tesina de una Licenciatura en Humanidades cursada en la Universidad Adolfo Ibáñez.
El libro se divide en tres secciones, “Europa entre guerras”, “Tolkien” y “El reencantamiento del mundo”. Como se ve, el autor intenta un acercamiento contextualista, en donde la situación política y social de Europa e Inglaterra (las guerras mundiales, la crisis económica de los años veinte, el surgimiento de los estados totalitarios) determina el tono de la vida de los europeos(desesperanza, pérdida de sentido trascendente, fragmentación de la experiencia), lo que a su vez da pie para la emergencia de ciertos productos culturales. La tesis central del libro, entonces, es que la obra de Tolkien se erige como una respuesta afirmativa, creadora y renovadora en medio de la crisis. Y por eso mismo, como una obra superior a la de quienes se limitan a reflejar el estado de las cosas (como Joyce o Eliot), sin agregar una realidad cualitativamente superior a la experiencia de la crisis.
Para apoyar sus afirmaciones el autor se basa preferentemente en un artículo que el propio Tolkien escribió, en 1939, para ser leído como conferencia Andrew Lang en la Universidad de Saint Andrew. Se llama “Sobre los cuentos de hadas”, y es en realidad el único acercamiento teórico que Tolkien propuso para el género maravilloso. Se trata de un texto riquísimo pero algo inorgánico, y Fernández rescata de él solo el concepto de subcreación, esto es, el grado máximo que puede alcanzar una obra narrativa entendiendo que toda obra humana es un reflejo de la única creación absoluta de la historia, la creación de Dios.
Puestas así las cosas, el libro que comentamos resulta problemático en varios sentidos. En primer lugar, su perspectiva contextualista arriesga mezclar términos que son incomparables y por ende nos lleva a unos juicios bastante controvertibles. Las obras de Joyce y Eliot pertenecen a universos muy distantes del intento de Tolkien, por de pronto. Los irlandeses se internan en un terreno próximo a las vanguardias, es decir, el territorio de la representación expresionista de la realidad; Tolkien, por el contrario, transita por una vía que lo lleva a los orígenes mismos de la narración en prosa, la novela de aventuras o romance, como se denomina en la tradición anglosajona. Se trata de versiones antinómicas de la literatura, y solo teniendo en cuenta esta distinción, me parece, es que podemos justipreciar las obras maravillosas del mundo de la Tierra Media. El romance, nacido en el siglo II a.C. en la Grecia helenística y desarrollado en los siglos XII a XIV sobre el tema artúrico, alcanza en Tolkien una de sus cumbres más sofisticadas y al mismo tiempo prototípicas: la maduración del héroe, la búsqueda del objeto sagrado, la salvación del mundo. Por cierto, que la sociedad completa se encuentre en crisis ha sido siempre el caldo de cultivo que genera este tipo de relatos, y no ha sido siempre con el fin de entregar una versión de la historia de la salvación, sino que a menudo se trata del refugio que encuentra el individuo para sortear la disolución de los sistemas sociales que lo amparaban. Desde este punto de vista, las obras de Joyce y Eliot parecen mucho más arriesgadas porque padecen la crisis con crudeza, y no la evitan a través de la regresión que significa este retorno a la novela prototípica. Como se ve, no existe una sola versión para este problema.
En segundo lugar, la lectura que Fernández Biggs hace de la conferencia “Sobre los cuentos de hadas” es algo sesgada. Asumiendo que se trata de un texto poco estructurado, el autor escoge las ideas que más le sirven a su propósito, y desconoce otros conceptos de igual importancia. Por ejemplo, la brillante noción con que Tolkien explica el origen de la fantasía a partir del desarrollo del lenguaje. Solo cuando es posible separar el nombre de su atributo, explica, es posible asignar características impropias, no realistas, que dan pie a la fantasía. Acude aquí a su experiencia de filólogo, y no solo a la manera del “humus” que proporciona materiales para la ficción, sino como material estructurante de la teoría de la literatura. Al hacer esta selección Fernández se desnuda inconscientemente en cuanto a la ideología que sostiene su discurso, católica y conservadora, una opción respetable que sin embargo debe hacerse explícita si se quiere actuar con total transparencia en el análisis.
Esto explica, a su vez, un tercer problema del texto que comentamos. El hecho de que el propio Tolkien haya sido católico y conservador no autoriza a canonizar una lectura católica y conservadora. La opción de Fernández no hace más que explicar a Tolkien en palabras de Tolkien, ejercicio hasta cierto punto interesante pero a fin de cuentas inane. La crítica literaria ofrece otros recursos de interés, como el análisis ideológico o la exploración del deseo, que rinden frutos incluso a contrapelo de los planteamientos del autor del Señor de los Anillos y dialogan de modo inquisitivo con él. Y es que, en el fondo, lo que aparece como deseo en el texto de Fernández Biggs es apropiarse de una obra tremendamente atractiva y atraerla como paradigma de su propia ideología. La evidencia, en todo caso, lo contradice. De los millones de fascinados lectores de Tolkien que hay en el mundo, solo una fracción comparte sus principios.
En suma, Tolkien y el reencantamiento del mundo es un libro que, a partir de sus propias limitaciones, denuncia el vacío crítico que existe en relación con una de las obras más populares del siglo, una obra que exige lecturas atentas y dialogantes.

Ignacio Álvarez