1. La perfección de un argumento clásico. Primer acto: los fotógrafos como superhéroes en el Santiago pinochetista, que ahora, a varios años de distancia, parece Ciudad Gótica. Segundo acto: los fotógrafos como villanos seducidos por la violencia que, se supone, combaten con su trabajo (el episodio más ambiguo es el del joven que pierde su ojo y la división de aguas que eso produce: unos terminan encharcados en la sangre, otros advierten que allí está su límite). Tercer acto: la apoteosis del héroe, Rodrigo Rojas Denegri, ofrenda ritual de un gremio que lo erige como su santo y que en ese mismo momento comienza a desgranarse. Por cierto, importa poco que las cosas hayan ocurrido en ese orden, más que nada es admirable la labor de los guionistas.
2. La misma ciudad de los fotógrafos, que se parece poco a la resguardada infancia santiaguina que recuerdo en mis años ochenta. Quiero decir: el documental logra dejar en claro que la ciudad fotografiada por esos hombres y mujeres no era todo Santiago, tal vez ni siquiera el Santiago de la mayor parte de los chilenos. Es, claro, el Santiago más importante de todos, el lugar en donde ocurrían las cosas. Pero también es su ciudad, la de los fotógrafos –notable título–, el combustible con que se levantaron cada mañana, la ciudad que ahora atesoran en sus álbumes y que pocos queremos volver a mirar. Hay que mirarla, claro, pero sabiendo también que se trata de la ciudad de los fotógrafos.
3. Como en Actores secundarios, el destino de esos hombres y mujeres es conmovedor y despiadado al mismo tiempo. Hay hagiografía pero también tragedia griega: de algún modo los fotógrafos se convierten en Edipo, cegado por el conocimiento y por la culpa. Edipos con fecha de caducidad: tal vez ya ni siquiera sea posible ser un fotógrafo hoy en día: de todos los cuellos cuelga una cámara digital que nos convierte de la noche a la mañana en amateurs.
4. Pero no, no todos somos esos fotógrafos. No todos tenemos un lente en lugar de ojos. No todos podemos (y hay que decir que ellos se expusieron al riesgo de perder la propia humanidad en el intento) distanciarnos de una experiencia que nos traspasa –un padre destrozado por la tortura que ha sufrido su hijo, el funeral de un amigo querido– y optar por la imagen.
5. No sé nada de cine. Qué gran película.

Y ahora bien por Salazar

Agosto 28, 2006

El festejado, de pelo blanco y barba ídem
Como iluminado por el rayo de la justicia, el heteróclito jurado del Premio Nacional de Historia ha decidido premiar a Gabriel Salazar. Nueva a alegría para este humilde servidor, aunque por razones diferentes a las que invoqué en el pasado post.

No soy, por supuesto, un gran lector su obra. De todas formas lo poco que conozco de ella (algunas partes de su Historia contemporánea de Chile, el memorable artículo “Ser niño huacho en la historia de Chile” y un vistazo rápido a Labradores, peones y proletarios) es sorprendentemente diáfana en cuanto a su objeto y sus convicciones. Historia desde abajo, no de las elites; historia hecha a partir de las interpretaciones de disenso, sin transar en acuerdos historiográficos sospechosos. Historia material y situada. Qué más se puede pedir.

Albricias, alegría.

Un héroe equivocado

Mayo 5, 2006

Para nadie, supongo, es una revelación escuchar que los países se inventan de la nada y que de la nada misma urden una historia, unos símbolos, unas tradiciones y hasta unos héroes que en dos segundos tienen cara de antiguos y hasta de eternos. Como cualquier país, Chile está plagado de esas ficciones que parecen creadas a propósito para torturar la vida de los escolares, y como en cualquier país, los adultos gozamos del infinito placer de recordarlas con el estúpido detalle que tiene cualquier erudición inútil. No hablo solo del primer premio para nuestra bandera, o del segundo (después de la Marsellesa) para nuestro himno, sino de tonteras como el apodo infame de O’Higgins –huacho Riquelme le decían–, la muerte horrorosa de Valdivia –decapitado, devorado o torturado por los araucanos, según se quiera– o los frondosos bigotes de Balmaceda.

Inventarse mitos es una necesidad universal, cómo no, y de eso no se salva ni el Papa (pensándolo bien, el Vaticano menos que nadie). Lo que puede ser sorprendente no es la existencia de los héroes, entonces, sino la ingenuidad y hasta la franca tontera con que dejamos que algunos personajes más que dudosos se trepen inadvertidamente a los pedestales de la patria. Lo de Portales vaya y pase, después de todo su última resurrección ocurrió en dictadura; lo de Arturo Prat y el culto cuasi religioso que se le brinda es tan enredado y complejo que hasta se le ha dedicado un libro. Pero la curiosa relación entre el pueblo de Santa Cruz y Nicolás Palacios, médico eminente de opiniones por lo menos discutibles, amerita al menos una pequeña observación. Para allá voy, subido a los lomos de dos perlitas de su sabiduría.

La obra más incendiaria del doctor Palacios es Raza chilena. Allí hace gala un excelente darwinismo a la copa mezclado con curiosas apreciaciones culturales que harían sonrojarse a Torquemada. Los chilenos, en su opinión, hemos nacido de la cruza afortunada entre dos linajes excepcionales:

Los Godos y los Araucanos, tan diferentes en su aspecto físico, poseían ambos, con la misma nitidez y fijeza, todos los rasgos característicos de lo que los entendidos llaman psicología varonil o patriarcal, en la que el criterio del hombre prima en absoluto sobre el de la mujer en todas las esferas de la actividad mental.

Por supuesto, una casualidad tan grande solo se da unas pocas veces en la historia, y en consecuencia hay que cuidarla cuidando a su vez el patrimonio genético de la nación. Parece que el resto de la humanidad es asquerosa y puede perjudicarnos si se nos ocurre mezclarnos con ellos. Españoles del sur de la península, árabes, judíos e italianos (hoy en día se podría agregar a los peruanos) podrían producir una verdadera debacle:

Las cruzas de dos razas de psicologías diversas, no hablo de distintos grados de cultura, traen asimismo el desequilibrio de las relaciones nerviosas periféricas con los centros receptores y moderadores cerebrales. Los reflejos se hacen de preferencia espinales, sin que la corriente nerviosa centrípeta alcance a los órganos encefálicos que las convierten en ideas, permitiendo sólo la reflexión que el entendimiento juzga necesaria. Carecen esos mestizos de lo que se llama control cerebral, y constituyen la carga social de los apasionados, de los impulsivos, de los atávicos, de los instintos pervertidos, de los degenerados morales de toda especie, con los que no es dable formar sociedad alguna, y a los que el lenguaje corriente llama con razón «desequilibrados».

Flor de razonamiento: varios prejuicios por segundo escondidos en una maraña pseudofisiológica e indefendible desde cualquier punto de vista. Es duro muchacho este don Nicolás, y yo no lo quisiera de pariente.

En fin. Las opiniones de Palacios, sacadas de contexto, suenan extravagantes y fascistoides a la oreja de hoy en día. Para comprenderlas hay que estar en sus zapatos y en el contexto de esos principios del siglo XX en Chile, con su crisis salitrera, su vagancia y su mendicidad alarmante. Todo eso es cierto, y hasta necesario para comprenderlas. Para compartirlas hay que estar algo tocado del mate o vivir en una cápsula fuera del tiempo.

La ciudad de Santa Cruz, si me permiten la pregunta, ¿las comprende o las comparte?

Un paso fugaz por la actual capital del vino puede ser sorprendente para alguien mínimamente informado sobre las gracias de don Nicolás. En la plaza de armas hay una estatua de bronce y una placa en donde se puede leer un homenaje de sus coterráneos que exalta sus virtudes patrióticas (más bien paranoicas a mi juicio), subraya su origen santacruzano (¿se dice así?) y menciona Raza Chilena. Incluso hay un preuniversitario (el testimonio gráfico se puede ver después de este párrafo) que, buscando arraigo entre los notables de la zona, supongo, se bautiza voluntariamente con su nombre. Guau: alguien anda muy perdido por aquí.

No quiero pensar que los habitantes de Santa Cruz adoran a Palacios como a su padre. Tal vez nadie se ha tomado la molestia de revisar las obras del ilustre ciudadano, tal vez las autoridades consideran escaso el número de próceres y decidieron quedarse con lo poco y nada que hay. O quizá, aprovechándose de la inocencia de sus paisanos, el flamígero doctor se subió al pedestal por sus propios medios y sin que nadie se diera cuenta. Quién puede saberlo. El caso es que Santa Cruz tiene un héroe equivocado, y alguien debiera hacer algo para remediarlo.

Turismo salvaje

Abril 21, 2006



A diferencia de Paul Bowles y las hordas de jóvenes y lolosaurios que se derriten con El cielo protector, las contadas veces en que puedo viajar me comporto como un perfecto turista y jamás, pero jamás, como un viajero. Asumo hidalgamente que no sé nada del lugar en donde estoy y admito que, con la poca plata y el poco tiempo que uno tiene para pasear, si me las quiero dar de aventurero lo más probable es que termine perdiendo miserablemente mi tiempo y mi plata sin haber visto lo que íntimamente vine a ver (que es lo que todo el mundo quiere ver, por lo general). En resumen, me confieso: tomo tours, visitas guiadas, recorridos por la ciudad, etcétera. No es que me pase viajando –todo lo contrario, mi pasaporte está vencido y tiene un timbre y medio–, pero necesito ese engañoso preludio para explicar la epifanía que me cayó en la cabeza durante la última visita guiada que se nos ocurrió tomar con Guarifaifa y su familia durante la semana santa.

La internáchonal atrákchon que visitamos tiene un nombre casi tan enredado como el camino que hay que tomar para llegar a verla. Se llama “Casa patronal Hacienda de San José del Carmen El Huique” (en adelante CPHSJCH), y consiste básicamente en una gigantesca casa de estilo chileno que perteneció en un su tiempo a Gertrudis Echenique y a su marido Federico Errázuriz, antiguo presidente de Chile (si miramos hacia arriba, veremos en la foto que adorna este post el reloj que “la familia” usaba para ver la hora). Aunque la casa en cuestión es verdaderamente gigantesca e incómoda para vivir, uno puede leer el paso de los años en las sucesivas tecnologías que los dueños le fueron agregando: carniceras de rejilla, letrinas sobre acequias, citófonos a cuerda, baños con wáter, piscina reciente, cableado eléctrico a la vista, fotografías en los muros. Instructivo. No demasiado, pero instructivo.

Lo verdaderamente llamativo de la CPHSJCH no está sin embargo en la casa misma; lo realmente curioso está en los guías turísticos, o al menos en el guía que nos tocó en suerte. Era un flaco aparentemente joven y entusiasta, que conocía al dedillo el origen, procedencia y valor de cada pelusa del caserón. Se manejaba con cristales de Murano, con balaustros de no sé qué madera fina, con una cosa que se llama opalina y con varios otros términos decorativos que ya no recuerdo. Sobre todo insistía –y con delectación- en dos temas principales: en una minuciosa genealogía de los antiguos patrones de la hacienda, y en la austeridad con que habían vivido esos señores que tanto dinero tenían.

Por supuesto, eso es el lado instructivo del asunto. El curioso afloró cuando el muchacho dijo, como al pasar, que sus abuelos habían sido inquilinos de la hacienda. Y ahí me cayó una teja medio ideológica pero terrible: en ese hombre se mezclaban en partes iguales el funcionario responsable y disciplinado con el arrobado admirador de la riqueza ajena, el emprendedor que recicla un edificio viejo y lo convierte museo con el antiguo trabajador que se identifica imaginariamente con los hacendados. El endeudado de Falabella y el endeudado de pulpería, por decirlo de algún modo. Dos tiempos, casi dos personas, pero en verdad un solo tiempo y una sola persona que, por lo demás, sobrevivía de lo más bien. Años atrás sus compañeros le habrían hecho la cruz por desclasado, alienado o simplemente chupamedias. Ahora en cambio era el mejor de los guías turísticos que uno pudiera desear. El más erudito, el más confiable, el menos chamullento de todos.

A mí todo el asunto me dio una pena enorme. No por él, porque supongo que es feliz con lo que hace y si sufre no será necesariamente por el trabajo que tiene sino por las miserias que toda vida acarrea. Me apenó advertir que setenta años de la Historia de Chile se habían ido por el caño, que cierto orgullo y cierta dignidad construida durante mucho tiempo y con mucha dificultad por los mismos trabajadores e inquilinos de esa y otras haciendas había sido barrido de un plumazo (o de un golpe). Lo que ese hijo de lecheros nos mostraba no era la lechería ni las casas de sus abuelos, era el austero lujo de los Errázuriz-Echenique, la humilde imponencia de su mansión, la opalina, el balaustro, las ramas mochas o floridas del árbol genealógico de los patrones. Quién sabe qué habría respondido si le hubiéramos preguntado por su familia. Yo, al menos, no me atreví.

Por eso es que no me gusta Paul Bowles. Un viajero jamás iría a la CPHSJCH y nunca habría conocido a ese guía. El viajero habría pasado de largo, pensando profundamente sus propios pensamientos.