(Anteojudo eminente)

Hace una semana Guarifaifa se compró anteojos nuevos. Los de antes eran metálicos, medio tierrosos y estaban chuecos a la altura de la nariz. Los de ahora son de un plástico rojo bastante furioso y los cristales están hechos de un material muy transparente y muy delgado que se llama policarbonato y que –dijo la vendedora– es muchísimo mejor que la porquería de vidrio que andaba trayendo.

Siete noches atrás Guarifaifa ni se acordaba de su miopía, pero cuando tuvo en la mano sus anteojos nuevos pasó dos días usándolos con toda conciencia y con algo de vergüenza. Es que al verlos en la tienda le parecieron alegres y bonitos, pero cuando los empezó a usar encontró que estaban demasiado a la moda y eran demasiado llamativos para una muchacha discreta como ella. No mucho, claro, pero esos primeros días Guarifaifa sufrió. Nos contamos historias de anteojos, cuentos para gente de lentes, pequeños recuerdos que abortaron el nacimiento de su breve tragedia. Historias de oftalmólogos, por ejemplo.

Mi primera oculista era una diosa: la joven, bella, fragante y sexy doctora –digamos– Pizzi. Con su delicada caligrafía escribió la receta de mis primeros anteojos, con su largo delantal siempre-abierto-nunca-abrochado acarició mis piernas, con su aliento perturbador entibió mis mejillas. Aunque su puro nombre me estupidizaba por completo, la diosa se daba maña para examinar atentamente mis porfiados globos oculares, pese a que, por no mirar los suyos, nunca atinaba a seguir las instrucciones. Ir a su consulta, en resumen, era una delicia terrible que me alteraba toda la semana y que terminó juntando en mi cabeza los anteojos y la ansiedad sexual. Mi padre descubrió pronto los malos pensamientos y durante décadas me subió al columpio cuando llegábamos a hablar de ella. Resultado: dejé a la doctora Pizzi, empecé a salir con niñas de mi edad y comencé a visitar a una desabrida y cincuentona doctora Lúes.

Estrenaba mis anteojos cuando conocí a Sebastián Hernández, un tipazo que usaba los cristales más gruesos que hubiera visto en la vida. Yo tenía casi nada, tres dioptrías en cada ojo, y me sorprendió la soltura y hasta el orgullo con que Sebastián anunciaba a los cuatro vientos su mal. La miopía le aumentaba año tras año, día tras día, y el proceso no se iba a detener hasta dejarlo invidente completo. ¿No le molestaba, no le daba miedo? Nada: en su calidad de cieguito de alcurnia nunca iba a tener que trabajar como el resto de nosotros, sus padres lo iban a mantener de por vida. Ya sabía yo que mi familia, de alcurnia, nada, y su historia convirtió mi discreto defecto en pesadilla. Cuando cambié los anteojos ese año –ya iba en cuatro dioptrías y contando– me desesperé hasta las lágrimas sin que mi mamá pudiera consolar al redomado idiota que no quería quedarse cieguito.

Por convicción y doctrina no uso ni usaré jamás lentes de contacto: hay demasiada leyenda alrededor y casi siempre es leyenda negra. Gente que se rompe la córnea tratando de aprender a usarlos, gente que los pierde y se gasta una millonada reponiéndolos, gente vanidosa que no puede vivir sin ellos. Mi amigo Pedro Graham, por ejemplo, que sin ser excesivamente pretencioso malgastaba cinco días de su vida, cada año del señor, encerrado en su pieza mientras hacían sus nuevos lentes de contacto. Nadie nunca supo qué tan gruesos eran esos impresentables anteojos ópticos. Deben haber sido muy pero muy gruesos, porque ni siquiera los amigos más amigos podíamos verlo cuando los llevaba puestos.

Guarifaifa contó sus propias historias, algunas realmente entretenidas, pero quién soy yo para andar difamando a su familia, a sus amigos y al doctor Jáideguer. Es mejor preguntarle a ella directamente. Ahora que se acostumbró a sus anteojos nuevos –nadie, absolutamente nadie notó el cambio– seguro se anima a hablar.

Cabros de porquería

Abril 6, 2006

Como buena santiaguina, apenas conozco a mis vecinos. Y la verdad, no me quejo. Sin embargo, el destino a uno siempre le depara un encuentro inesperado. Ayer, los niños de al lado me tocaron el timbre, pidiendo la pelota que se les había caido al patio de nuestro edificio. Ni siquiera piden por favor. Un clásico. Y tan estereotipado que uno solo tiene dos opciones de responder al requerimiento: Uno, siendo la vecina buena onda que les devuelve la pelota y poco menos que termina felicitandolos; dos, la vecina chuchezuma, que los saca cascando con un par de garabatos. Tenía ganas de ser mala, aunque sea por esta vez. Y es que reconozco mi poca simpatía y hasta rencor por los cuatro angelitos de mi respingada vecina. La razón: tienen piscina. Es malo, es envidioso, pero está ahí: los escucho cada verano tirarse al agua entre risas, mientras rei aurelio me recomienda darme una ducha fría, que es de lo mejor para el frescor.
Tenía motivos suficientes para ser una chuchezuma, pero claro, los niños no tienen la culpa y todo eso: no tuve corazón para mandarlos a la cresta, aunque se lo tenían muy merecido. Así que fui con mi mejor sonrisa a abrirles el portón: la nana y los tres cabros chicos que -sin siquiera decir agua va- se metieron en mi jardín exigiendo su pelota. Para desgracia de ellos -y mía- la pelota estaba en el jardín de otro vecino y decidí -despreciando de manera incomprensible mis cada vez más apremiantes sentimientos de rencor y algo así como de odio- ayudarlos a recuperarla. Acompañé al mayor de ellos donde el vecino, para explicar el entuerto. El vecino no estaba. El cabro tiene la tupé de ordenarme que cuando llegue el vecino fuera a pedirle yo la pelota. El cabro tiene unos siete años, me llega como a la cintura, es definitivamente desvergonzado, tiene piscina. Ahora sí que lo mando a la cresta. Pienso que cuando tenía su edad me daba miedo la gente grande solo por ser grande, que no me habría atrevido a dirigirme a alguien que me doblara en tamaño más que con una mirada lastimera y un hilito de voz, si es que salía.
“Bueno”, le dije, ya al borde de todo. Y el cabro se va sin despedirse, sin decir nada.