Sé que los amables y escasos lectores de este blog sabrán disculpar la momentánea erupción de posts que lo aqueja, pero el texto que pongo a continuación me parece importante y por eso lo copio íntegro. Lo escribió mi buen amigo H.B.M. (no sé si él querría ver su nombre publicado, por eso pongo las puras iniciales), y puede servir de espuela para un debate que parece cerrado pero que, si miramos bien las cosas, no ha hecho más que comenzar.

1. No hay crisis de la educación, no sólo afirmo esto por el desgaste de la palabra crisis, por el conjunto de vaguedades en el que se entra al incluir esta palabra como parte central del diagnóstico que requiere este momento sin duda importante, sino porque en Chile lo que se ha manifestado con más énfasis es el rebalse de las malas condiciones en que se encuentra la educación, a pesar de los empeños en superar ese estado de cosas, para lo cual el documento del MOC entrega y contiene los datos estocásticos y numéricos del caso, pero sólo eso y no la comprensión real del problema, menos aún las vías de solución.

2. Sin embargo, es necesario afirmar y dejar en claro que educación pública no significa ni calidad ni igualdad de oportunidades, a pesar de lo que algunos insisten en creer y en hacer creer. Aunque eso es así en sistemas como el cubano, o como los excelentes sistemas educativos de los países de la órbita soviética (cuestión que como vemos no les dio garantías de estabilidad alguna en momentos de “crisis” terminales —una vez que cae el muro se produce un efecto dominó que afectó a países con sistemas educativos ejemplares— y que curiosamente nadie hoy recuerda) también, si es por cuestión de ejemplos, hay sistemas educacionales públicos en países perfectamente capitalistas, en los que la prioridad en educación es fundamental (Suecia, Finlandia, Nueva Zelanda), sólo que la inversión estatal es extraordinariamente más alta que la que Chile ha alcanzado con esfuerzo, quizás, pero con muy poca claridad respecto de cuáles son los costos reales de una buena educación (siempre y cuando la sociedad chilena defina qué es “buena educación”). La educación privada, manejada por manos privadas, puede dar ejemplos de calidad, en Chile tenemos varios a la mano: la Pontificia Universidad Católica de Chile ha hecho un giro respecto de la administración de los recursos y de las mayas curriculares y sus resultados son evidenciables desde varias “unidades de medida”, entre ellas la calidad de la enseñanza. Aunque no hay que dejar de decir que por el procesos de selección, siempre en concomitancia con el sistema de reproducción, a esta universidad llegan los mejores alumnos del sistema.

3. Lo que había hecho la Reforma hasta ahora es impedir el aumento de la brecha que separa a ricos y pobres en materias de educación, quizás no había contribuido a aumentarla, como quieren algunos. Pero el punto es que la educación en una sociedad burguesa siempre lo que hace es mantener esas relaciones que no son de ricos y pobres, para ser precisos, sino de explotados y explotadores, que me parece a mí que es con más justeza lo que realmente sucede. La condición de pobreza es relativa y hasta superable, es cuestión de ver a los explotados de los países ricos para darse cuenta de que lo que el sistema educacional reproduce es la correlación que existe entre las clases sociales y su respectiva propiedad de los medios de producción, y no necesariamente mejoras salariales asociadas de manera automática a una buena educación. Las diferencias de clases subsisten, lo que persiste en la sociedad es, por lo tanto, más que una cuestión de meros desequilibrios indeseables, la proyección de cómo es que el sistema en su conjunto ordena y reparte el poder en relación con el manejo, uso y “empoderamiento” —para usar una expresión que usara en una entrevista reciente la presidenta Bachelet—, del conocimiento.

Efectivamente, como dijera la presidenta de la República, estas protestas estudiantiles resultan interesantes no sólo porque provienen de quienes se han educado en un sistema educacional que crece en democracia, como los educandos mismos, alimentados bajo un régimen de libertades, más o menos ciertas, siempre en pugnas (recordemos el infausto final de las Jornadas de Educación Sexual), sino que además surge como expresión de una necesidad de la sociedad de apoderarse no sólo de la posibilidad de elegir autoridades mediante el voto cada cierto tiempo, sino de apoderarse de sus propios destinos y de la posibilidad de democratizar la sociedad en total, junto con la educación, con la participación de cada uno de los “interesados”.

Sin embargo, eso no explica, obligatoriamente, que quienes protestan reconozcan en qué consiste la mala calidad de la educación que reciben y menos aún que sepan cómo es que esto se soluciona, si es que es cuestión de soluciones. Respecto de esto creo que el gobierno ha sido poco consistente, principalmente porque creo que no lo sabe tampoco.

4. La expresión “libertad de enseñanza” así como lo hemos heredado de la dictadura, y como ha permanecido hasta ahora, casi intocado, ha significado en realidad libertad de empresa, como lo afirma la declaración del MOC, pero también esto es intocado porque muchos miembros de la Concertación de partidos por la Democracia participan de los negocios (universidades privadas y colegios privados) que el sistema económico promueve desde unos de sus fundamentos legales, la libertad de todos para emprender el negocio que se le de la gana dentro de un marco jurídico de manga ancha. La respuesta en este aspecto pareciera ser “más regulación”, porque no es momento de pensar en la propiedad inmaculada de esos bienes que reditúan ricamente.

5. Creo que el documento del MOC si bien detalla las relaciones entre ingresos económicos y su correlación con los índices de calidad, muy cuestionables varios de ellos, no explica por qué es que menos ingresos de las familias sobredeterminan mala calidad de la enseñanza. Insisto, esa relación es verdadera y real, pero no explica, como en un modelo positivista, los malos resultados, entre otras razones porque está plenamente demostrado que esa relación no es determinante, es un factor innegable de acción, pero no se explicaría cómo es que anteriormente la educación partiendo de pésimas condiciones sociales, en distintos momentos de la historia, llegó a ser en algunos plazos bastante prudentes, un factor de transformación notable, además de mostrar índices de calidad después no repetidos. Es en el ámbito de los sectores sociales más apremiados por las necesidades donde la Jornada Escolar Completa se hace no sólo necesaria, sino rigurosamente implementada y revisada hasta el detalle, lo que no ocurre en la estratificación social de manera ascendente. Muestra de ello es que en los colegios particulares no abundan los computadores, en los hogares de todos los alumnos los hay y sus usuarios están totalmente “alfabetizados”. Incluso antes de que los alumnos tengan que cursar “computación” en sus respectivos colegios.

Respecto de esto, no es mala la idea de proponer el desarrollo de una industria tecnológica nacional, ligada a los institutos académicos de punta de las universidades chilenas, que provean a muy bajos costos y de manera masiva, aparatos como ordenadores y sistemas de información electrónica que permitan diversificar la educación y hacerla llegar antes que a personas en particular a familias enteras.

6. Para efectos de la calidad de la enseñanza pareciera ser mucho más importante, vg., atendiendo a la realidad cubana —con resultados ejemplares—, que la formación docente sea centralizada en términos curriculares y de calidad de la enseñanza, así como de la temprana formación de los profesores en el aula, como de la participación de los profesores de aula más capacitados en la formación de los futuros docentes. Este es el ejemplo de que la cuestión financiera no es prioritaria si lo que se tiene como norte es la alta exigencia de los estándares de calidad a las escuelas y los institutos superiores así como una estricta y severa legislación respecto de aquellos establecimientos, públicos o privados que no cumplen con requerimientos básicos en la entrega de formación.

7. El incremento en las remuneraciones de los profesores, en las raciones alimenticias, en materiales didácticos y pedagógicos, en insumos en general, realizado por los gobiernos democráticos está en la vía correcta, pero también pueden llegar a ser un saco sin fondo si entre medio no abundan controles de calidad (en todos los rubros implicados) y si no se definen centralmente cuáles son los estándares de educación a los que se aspira y, de manera fundamentada, se debe explicitar por qué se aspira a ellos.

El alza en los estándares que ha alcanzado el sistema educativo en estos momentos, que más que nada ha sido frenar la caída en picada a la que estaba sometida la educación chilena, como lo está en otros países, está relacionada con las exigencias mínimas que una educación orientada a la inclusión dentro del sistema globalizado de la Economía exige, recordemos que los préstamos que han facilitado el despliegue educacional está avalado por el Banco Mundial, que no trabaja para el bienestar de los bolsillos más humildes precisamente, y en donde a los países productores de materias primas, como Chile, no les resultan estándares altamente exigentes.

8. En atención a los logros que la derecha y la ultraizquierda quieren negarle a los gobiernos democráticos es que es necesario afirmar que no estamos frente a ninguna crisis, menos aún terminal, estamos frente a un momento de cuestionamiento de la calidad de la educación que sólo puede surgir como producto de la inteligencia media lograda en un sistema que no está produciendo meramente carne de cañón y menos aún aprendices de lacayos. Una muestra de ello es que a pesar de que al gobierno de la presidenta Bachelet lo sorprende desprevenido un proceso de negociación entre alumnos y Ministerio de Educación, del que nos hemos informado con la contingencia diaria, que estaba encaminado hace tiempo, sí existía la conciencia de que es necesario, y forma parte del programa de gobierno, mejorar la cobertura de la enseñanza preescolar, fundamental para construir un sistema integrado de educación y focalizado a la mejora de sus productos.

Construir inteligencia sobre la nada es muy distinto a construirla sobre un campo meridianamente trabajado que propicia el pensamiento y los aprendizajes significativos, como se dice en la jerga ministerial.

9. Enfocar los problemas acuciantes de la educación desde conclusiones apresuradas y/o afiebrada es una muy mala forma de mejorarla. Aunque, por otra parte, pretender realmente democratizarla implicaría revolucionar algo más que el sistema educativo. Esa es la verdadera crisis a la que nos someten los momentos como estos, es de saber si lo que queremos es cambiar las cosas de manera profunda y seria o si lo que queremos es meramente mantener el mismo orden de cosas, decorosamente, claro. Por ello, menos aún creo que estemos frente a una crisis.

10. Con todo, el momento es propicio para presentarle al país un esquema claro y general de la situación: mejorar la calidad de la educación significa tener una posición hoy desacreditada, la de todo o nada, invertir en educación de calidad, cualquiera sea la forma de su “gestión”, implica que como en cualquier casa, si queremos gastar más en libros y en cultura, en educación en general, hay que prescindir de otros gastos, superfluos, que distraen los recursos escasos de una país que no está en una situación de abundancia sencillamente porque como otros países, no se ha hecho rico a costa de la miseria y las desgracias de millones de personas sometidas a diversas formas de explotación.

De paso, es necesario afirmar que mejorar la calidad de la enseñanza no implica mejorar el acceso de todos a la universidad, una deformación de la que los estudiantes (que piden PSU gratis para todos) no se han hecho cargo, sino de mejorar las condiciones laborales de la población independientemente de los títulos obtenidos, en dónde la mejoría de las competencias están en función de un sistema más articulado de la mano de obra con el sistema productivo. En cambio asegurar formación permanente parece ser una cuestión fundamental a la hora de enfrentar la revolución tecnológica y “la mala educación” que nos ha rebalsado.