Reino de Patagonia a Secas
Junio 11, 2008

Desde este momento y hasta que otra entrada no lo derogue, este espacio pasará a llamarse Reino de Patagonia a Secas. Las razones, como diría Baldomero, incontinenti:
Dos semanas atrás fuimos con Guarifaifa a la ciudad de Chetown, cuna y último reducto de la etnia parinquina. Íbamos a exponer nuestras investigaciones en el congreso bienal de nuestra especialidad, una disciplina en la que resistimos a medio morir saltando, acosados por nuestra propia inutilidad y por los saberes vecinos, siempre dispuestos a tragarnos con zapatos. Viaje, congreso e incluso familia: todo bien.
En el área en la que me desenvuelvo, una de las miles nuevas humanidades, es francamente difícil no rozar a los parinquinos de vez en cuando, difícil al menos si uno pretende hablar de Chile. Los chetownienses, por su parte, me parecieron gente demasiado sensible en cuanto a su etnia originaria, gente dispuesta a poner en su lugar al más pintado y al menos. A cualquiera, en realidad, literalmente a cualquiera que abra la boca y ose decir “parinqui”. El resultado es previsible: si en Chetown usted no dice lo que debe decir sobre los parinquinos, entonces es nuestro enemigo.
No quiero defender a la buena almita de Dios que se atrevió a sugerir en las barbas mismas del patriacado parinquino que sus antepasados poco menos que andaban a los mordiscos, unos contra otros o todos contra el enemigo (es decir, que hubo entre ellos prácticas antropofágicas), un espíritu más estúpido que venenoso. Tampoco me quejo demasiado del desdén que los amigos de Chetown mostraron por mi investigación (la palabra cosmópolis pareció indigestar al maestro de ceremonias), cosa que por supuesto me anduvo picoteando pero que a la larga importa poco.
La estrechez de esa región amiga se mostró en toda su limitación cuando se trató de escuchar conferencistas que sí hablaban en serio de los parinquis. Pocas veces las reacciones de los locales salieron del guión trillado y de la monserga reivindicante para de verdad discutir de lo que se allí se había investigado. Sin ninguna gana de saber lo que decía el prójimo, los habitantes de esa hermosa ciudad dedicaron su tiempo –alegremente– a confirmarse en sus creencias ya creídas, a poner en su lugar a unos moros y cristianos que ni siquiera se había salido de donde les correspondía, en fin, a jugar de locales, dueños de la pelota e hijos del dueño del almacén. Mala cosa.
Me digo que soy un estúpido boy scout, almita de dios que cree que las cosas deben ser de un modo y no que son como son no más. Mala cueva, me respondo. Hasta nuevo aviso, Reino de Patagonia a Secas.