Chimbaronguíada I: La gloria de Marul
Junio 16, 2006
Todos tenemos nuestro Macondo.
Hernán Loyola
Mi tío Marul es una especie de niño gordo, envejecido y quejumbroso. Antes fue un niño consentido, un joven de pies cortos y sueños largos, y luego un adulto irresponsable pero amigo-de-sus-amigos. Ha tenido problemas con la ley y el alcohol, y en mi familia se dice que desperdició cuanta oportunidad le dio la vida, normalmente en el rubro del comercio detallista y con la ayuda de su hermano mayor. Trató de hacerse hombre a los veintitantos y emprendió un viaje que dijo sin retorno a bordo de un buque mercante. Los pocos datos que manejo indican que se bajó en algún puerto de Brasil, conoció a unas mulatas que te las encargo, tuvo con ellas el mejor sexo del mundo y luego se volvió a su pueblo, a su cantora, a la casa de sus papás. Solterón empedernido, es padre biológico de unas hijas secretas y tristes que ahora lo importunan pidiéndole lo que nunca quiso ni para sí mismo: ayuda, dinero, seguridad. A mi papá y a mi hermano mayor les tiemblan las muelas cuando se habla del tío Marul, quizá porque temen el abismo que su historia sin moraleja abre a los pies del que la escucha. Yo me sé un cuento que ellos no conocen, que no han querido oír o no recuerdan, una historia que me devuelve al niño envejecido en el momento de su apogeo, en su empresa definitiva, en el feliz despegue que lo redime de todo juicio amargo.
Así me imagino el episodio: el tío Marul mata como siempre sus numerosos ocios donde Zamora, dueño de la gallera clandestina. Apuesta unos pesitos, pierde casi siempre y cuando le apunta termina gastando las ganancias en un asado con los amigos, en unas chuicas para tomar con los amigos, o en unas putas para disfrutar con los amigos. Una tarde cualquiera –la semana entera es un largo domingo para él– apuesta, digamos, por Titán. Es un gallo vigoroso, espolonudo, aguerrido. Pone poca plata para los cánones metropolitanos, pero en su presupuesto se trata de un mes entero de tallarines: todo lo que tiene en los bolsillos, es decir, todo lo que tiene en la vida. Titán resulta ser un ave lánguida y pacífica, poco dada a las violencias deportivas, pese a las apariencias, un pájaro resignado a su destino de perdedor. Mientras el tío Marul mira con nostalgia los pesos que Zamora –en mi cabeza un hombre bigotudo y con dientes de oro– reparte entre los ganadores, alcanza a parar la oreja cuando el dueño de Titán echa su terrible maldición: este gallo es una estafa, sirve para puro cazuelearlo, renuncio, que se muera, lo regalo. Esta es la mía, se dice mi tío Marul, y recoge sin vergüenza el cuerpo agonizante de Titán.
En el segundo que dura el tránsito de la desazón al entusiasmo ha decidido hacer la décimo primera gran-apuesta-de-su-vida, el octavo torcimiento-de-su-destino, el quinto negocio-del-siglo: se convertirá en un gran empresario del deporte gallináceo, en el hábil manejador de un equipo invencible cuyo primer miembro y capitán será, en cuanto pueda arrancarlo de las garras de la muerte, el malherido Titán, rebautizado eso sí con un nombre menos soberbio. Lo llamará simplemente Cazuela porque, como Moisés, ha sido salvado de las aguas (en su caso, de las aguas de la olla).
Nunca el tío Marul ha encontrado un ser vivo que se le parezca tanto. Gordo como él, Cazuela tiene pinta de esperanzas largas pero desilusiona a medio mundo; sosegado como él, parece rumiar grandes proyectos en sus momentos de reposo; soltero como él, se vuelve loco cuando divisa alguna gallina cocoroca, pero las pisa y escapa antes de reconocer algún pollito incómodo. Uña y mugre.
Sin decir para qué, consigue con algunos familiares benevolentes el décimo último préstamo de su vida y lo invierte completo en recuperar y entrenar a su Cazuela. Desde los tiempos del viaje a Brasil no se lo ve tan entregado a una causa, y abandona por ella todos los vicios por los cuales se lo conoce y estima: no bebe, no se junta con los amigos, no visita a las putas. Se levanta todos los días al alba y, al revés de los cristianos, es él quien despierta al animal para unas extenuantes jornadas de entrenamiento. Trotan, se guapean, le agita las alas para que saque pechuga y se vuelva agresivo. El gallo come carne y crece, mi tío Marul come sueños y adelgaza.
Por fin llega el día del debut. La sonrisa de Zamora refulge cuando ve llegar al parcito, se relame cuando los saluda y calcula unas ganancias inminentes al golpear el hombro del gordo. Hay risas y bromas pesadas, pero mi tío Marul no se inmuta y no deja que la presión alcance al deportista. Espera una media hora y entonces decide quemar la pólvora que se trae entre manos. Cazuela contra Prometeo es la pelea, Cazuela contra el hijo de Poseidón y el nieto de O’Higgins. Qué le importan las genealogías a mi tío, hijo de su pura madre y de su puro padre, qué le importan si ya se siente empresario próspero, suertudo inminente.
La gloria de Marul no está en su dignidad ante la derrota. No está tampoco en la compasión que le inspira su gemelo emplumado, que prefiere sacrificar para no alargar sin causa el sufrimiento de su muerte definitiva. Ni siquiera está en el buen humor con que recibe las bromas, más pesadas ahora, que los amigos le dejan caer como piedrazos. Lo que admiro de su breve fulgor es que mi tío no saca ninguna enseñanza, no se entristece, no se lamenta. Simplemente llega a su casa, calienta el agua y se zampa al mejor amigo de su vida sin culpas ni remordimientos. Cazuela de ave. Medio dura, pero sabrosa.
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