El dios de los libros malos
Junio 14, 2006
Durante los años de azul y gris las mejores novelas que leí son dos bodrios inapelables: Las llaves del reino de Archibald J. Cronin y ¿Dónde estás, Constanza? de José Luis Rosasco. Supongo que los quería porque hablaban hasta por los codos de las dos piedras con que tropieza toda adolescencia chilena vivida en un colegio de curas: el heroísmo célibe de un misionero católico en una muy imaginaria China y la marisma agradablemente cálida del erotismo puberal. El sufrido profesor de Castellano que tenía entonces toleraba sin chistar mi gusto por la moralina de Cronin, pero odiaba singularmente el romanticismo menopáusico de Rosasco; se deprimía todos los años de octubre en adelante (creo que por eso adoraba a Dostoievsky), y en ese estado semivalente me retaba por estar leyendo huevadas. Ahora que yo mismo me he convertido en una especie de profesor entiendo su furia, y entiendo también que frente a eso no hay nada que hacer.
Durante unos años usé el recorrido completo de una micro que en ese entonces se llamaba Bilbao Lo Franco 6 (solo): desde el Terminal de Isabel la Católica hasta el de Quinta Normal en la mañana, y de Quinta Normal a Las Condes todas las noches. En total me pasaba unas cuatro horas diarias arriba de la máquina, y aprovechaba de leer lo que encontrara en los estantes de mi casa. En esas circunstancias clasifiqué a todos los escritores posibles del mundo en dos categorías absolutas: los buenos-pero-esforzados y los que tienen el don (aún creo que cualquier novela es admirable en algún sentido). Tener el don significa ser capaz de engatusar a un lector de micro con casi cualquier pretexto, poder armar una novela que camine, cojee o al menos se arrastre sola con dos o tres ingredientes clásicos. La campeona en esa categoría, lo digo sin ninguna duda, es Isabel Allende, y de hecho no conozco a nadie en quien el don sea tan visible. Digan lo que quieran los sacerdotes del dios malo: que le copia a García Márquez, que escribe folletines seudo políticos, seudo intelectuales o seudo feministas, me importa un rábano. He conocido pocas mujeres tan atractivas como la heroína de De amor y de sombra, y nunca la historia de Chile me pareció más interesante que en La casa de los espíritus. Y aunque la he negado más de tres veces, aunque en ambientes poco comprensivos cierro mi boca, la verdad es que si tuviera que guardar cama para siempre lo primero que haría es leer su opera omnia. Una buena novela de micro, lo aprendí en esa época triste, no es la que te implanta el chip melancólico para el resto del día: es la que te inmuniza a los dolores propios para vivir alegremente las desdichas ajenas.
Cuando comencé a tomar contacto con las instituciones académicas de la literatura aprendí lo suficiente como para saber por qué Madame Bovary y Crimen y castigo son novelas importantes, renegué definitivamente de Rosasco (no así de Cronin) y entendí por qué me gustaba tanto García Márquez. Me volví un fanático de las novelas de caballerías, el Infierno de Dante y Macbeth, pero escondí un gusto que en esos ámbitos era peligroso: mi afición por lo que se llamábamos la Nueva Narrativa Chilena. Falsa moda marketera, falsos escritores que publicaban falsas novelas en falsos sellos editoriales por el lado literario; cobardes vendidos que le tenían miedo a la historia por el lado político: eso se decía de ellos en los noventa, y hoy (desde que Bolaño nos dio permiso) se escuchan cosas peores. Y sin embargo, nadie me hablaba de forma tan contundente sobre lo que pasaba aquí, a la vuelta de la esquina, en mi barrio, en mi ciudad, en mi país. Yo quería desesperadamente convertirme en adulto, y gracias a esos libros malos al menos logré saber cómo vivían sus vidas muchos adultos que podía reconocer: la movediza inmadurez de Tito Triviño en La secreta guerra santa de Santiago de Chile, la impostada cultura universal, tan chilena por lo demás, de los cuentos de Jaime Collyer, el tradicionalismo algo pánfilo que leía en El viaducto de Darío Oses. Fue una pésima educación sentimental, por supuesto: aprendí que crecer consistía en cultivar una neurosis respetable e infantil, pero qué tanto. Nadie escoge a sus profesores, y los míos no son peores que los de otros.
Hay un dios de las artes puntudo, clasista, celoso y serio. Por suerte hay también un dios picante y simpático, el dios de las novelas malas. A ese yo le prendo velitas.
Cuestiones relativas a la mala educación
Junio 11, 2006
1. No hay crisis de la educación, no sólo afirmo esto por el desgaste de la palabra crisis, por el conjunto de vaguedades en el que se entra al incluir esta palabra como parte central del diagnóstico que requiere este momento sin duda importante, sino porque en Chile lo que se ha manifestado con más énfasis es el rebalse de las malas condiciones en que se encuentra la educación, a pesar de los empeños en superar ese estado de cosas, para lo cual el documento del MOC entrega y contiene los datos estocásticos y numéricos del caso, pero sólo eso y no la comprensión real del problema, menos aún las vías de solución.
2. Sin embargo, es necesario afirmar y dejar en claro que educación pública no significa ni calidad ni igualdad de oportunidades, a pesar de lo que algunos insisten en creer y en hacer creer. Aunque eso es así en sistemas como el cubano, o como los excelentes sistemas educativos de los países de la órbita soviética (cuestión que como vemos no les dio garantías de estabilidad alguna en momentos de “crisis” terminales —una vez que cae el muro se produce un efecto dominó que afectó a países con sistemas educativos ejemplares— y que curiosamente nadie hoy recuerda) también, si es por cuestión de ejemplos, hay sistemas educacionales públicos en países perfectamente capitalistas, en los que la prioridad en educación es fundamental (Suecia, Finlandia, Nueva Zelanda), sólo que la inversión estatal es extraordinariamente más alta que la que Chile ha alcanzado con esfuerzo, quizás, pero con muy poca claridad respecto de cuáles son los costos reales de una buena educación (siempre y cuando la sociedad chilena defina qué es “buena educación”). La educación privada, manejada por manos privadas, puede dar ejemplos de calidad, en Chile tenemos varios a la mano: la Pontificia Universidad Católica de Chile ha hecho un giro respecto de la administración de los recursos y de las mayas curriculares y sus resultados son evidenciables desde varias “unidades de medida”, entre ellas la calidad de la enseñanza. Aunque no hay que dejar de decir que por el procesos de selección, siempre en concomitancia con el sistema de reproducción, a esta universidad llegan los mejores alumnos del sistema.
3. Lo que había hecho la Reforma hasta ahora es impedir el aumento de la brecha que separa a ricos y pobres en materias de educación, quizás no había contribuido a aumentarla, como quieren algunos. Pero el punto es que la educación en una sociedad burguesa siempre lo que hace es mantener esas relaciones que no son de ricos y pobres, para ser precisos, sino de explotados y explotadores, que me parece a mí que es con más justeza lo que realmente sucede. La condición de pobreza es relativa y hasta superable, es cuestión de ver a los explotados de los países ricos para darse cuenta de que lo que el sistema educacional reproduce es la correlación que existe entre las clases sociales y su respectiva propiedad de los medios de producción, y no necesariamente mejoras salariales asociadas de manera automática a una buena educación. Las diferencias de clases subsisten, lo que persiste en la sociedad es, por lo tanto, más que una cuestión de meros desequilibrios indeseables, la proyección de cómo es que el sistema en su conjunto ordena y reparte el poder en relación con el manejo, uso y “empoderamiento” —para usar una expresión que usara en una entrevista reciente la presidenta Bachelet—, del conocimiento.
Efectivamente, como dijera la presidenta de la República, estas protestas estudiantiles resultan interesantes no sólo porque provienen de quienes se han educado en un sistema educacional que crece en democracia, como los educandos mismos, alimentados bajo un régimen de libertades, más o menos ciertas, siempre en pugnas (recordemos el infausto final de las Jornadas de Educación Sexual), sino que además surge como expresión de una necesidad de la sociedad de apoderarse no sólo de la posibilidad de elegir autoridades mediante el voto cada cierto tiempo, sino de apoderarse de sus propios destinos y de la posibilidad de democratizar la sociedad en total, junto con la educación, con la participación de cada uno de los “interesados”.
Sin embargo, eso no explica, obligatoriamente, que quienes protestan reconozcan en qué consiste la mala calidad de la educación que reciben y menos aún que sepan cómo es que esto se soluciona, si es que es cuestión de soluciones. Respecto de esto creo que el gobierno ha sido poco consistente, principalmente porque creo que no lo sabe tampoco.
4. La expresión “libertad de enseñanza” así como lo hemos heredado de la dictadura, y como ha permanecido hasta ahora, casi intocado, ha significado en realidad libertad de empresa, como lo afirma la declaración del MOC, pero también esto es intocado porque muchos miembros de la Concertación de partidos por la Democracia participan de los negocios (universidades privadas y colegios privados) que el sistema económico promueve desde unos de sus fundamentos legales, la libertad de todos para emprender el negocio que se le de la gana dentro de un marco jurídico de manga ancha. La respuesta en este aspecto pareciera ser “más regulación”, porque no es momento de pensar en la propiedad inmaculada de esos bienes que reditúan ricamente.
5. Creo que el documento del MOC si bien detalla las relaciones entre ingresos económicos y su correlación con los índices de calidad, muy cuestionables varios de ellos, no explica por qué es que menos ingresos de las familias sobredeterminan mala calidad de la enseñanza. Insisto, esa relación es verdadera y real, pero no explica, como en un modelo positivista, los malos resultados, entre otras razones porque está plenamente demostrado que esa relación no es determinante, es un factor innegable de acción, pero no se explicaría cómo es que anteriormente la educación partiendo de pésimas condiciones sociales, en distintos momentos de la historia, llegó a ser en algunos plazos bastante prudentes, un factor de transformación notable, además de mostrar índices de calidad después no repetidos. Es en el ámbito de los sectores sociales más apremiados por las necesidades donde la Jornada Escolar Completa se hace no sólo necesaria, sino rigurosamente implementada y revisada hasta el detalle, lo que no ocurre en la estratificación social de manera ascendente. Muestra de ello es que en los colegios particulares no abundan los computadores, en los hogares de todos los alumnos los hay y sus usuarios están totalmente “alfabetizados”. Incluso antes de que los alumnos tengan que cursar “computación” en sus respectivos colegios.
Respecto de esto, no es mala la idea de proponer el desarrollo de una industria tecnológica nacional, ligada a los institutos académicos de punta de las universidades chilenas, que provean a muy bajos costos y de manera masiva, aparatos como ordenadores y sistemas de información electrónica que permitan diversificar la educación y hacerla llegar antes que a personas en particular a familias enteras.
6. Para efectos de la calidad de la enseñanza pareciera ser mucho más importante, vg., atendiendo a la realidad cubana —con resultados ejemplares—, que la formación docente sea centralizada en términos curriculares y de calidad de la enseñanza, así como de la temprana formación de los profesores en el aula, como de la participación de los profesores de aula más capacitados en la formación de los futuros docentes. Este es el ejemplo de que la cuestión financiera no es prioritaria si lo que se tiene como norte es la alta exigencia de los estándares de calidad a las escuelas y los institutos superiores así como una estricta y severa legislación respecto de aquellos establecimientos, públicos o privados que no cumplen con requerimientos básicos en la entrega de formación.
7. El incremento en las remuneraciones de los profesores, en las raciones alimenticias, en materiales didácticos y pedagógicos, en insumos en general, realizado por los gobiernos democráticos está en la vía correcta, pero también pueden llegar a ser un saco sin fondo si entre medio no abundan controles de calidad (en todos los rubros implicados) y si no se definen centralmente cuáles son los estándares de educación a los que se aspira y, de manera fundamentada, se debe explicitar por qué se aspira a ellos.
El alza en los estándares que ha alcanzado el sistema educativo en estos momentos, que más que nada ha sido frenar la caída en picada a la que estaba sometida la educación chilena, como lo está en otros países, está relacionada con las exigencias mínimas que una educación orientada a la inclusión dentro del sistema globalizado de la Economía exige, recordemos que los préstamos que han facilitado el despliegue educacional está avalado por el Banco Mundial, que no trabaja para el bienestar de los bolsillos más humildes precisamente, y en donde a los países productores de materias primas, como Chile, no les resultan estándares altamente exigentes.
8. En atención a los logros que la derecha y la ultraizquierda quieren negarle a los gobiernos democráticos es que es necesario afirmar que no estamos frente a ninguna crisis, menos aún terminal, estamos frente a un momento de cuestionamiento de la calidad de la educación que sólo puede surgir como producto de la inteligencia media lograda en un sistema que no está produciendo meramente carne de cañón y menos aún aprendices de lacayos. Una muestra de ello es que a pesar de que al gobierno de la presidenta Bachelet lo sorprende desprevenido un proceso de negociación entre alumnos y Ministerio de Educación, del que nos hemos informado con la contingencia diaria, que estaba encaminado hace tiempo, sí existía la conciencia de que es necesario, y forma parte del programa de gobierno, mejorar la cobertura de la enseñanza preescolar, fundamental para construir un sistema integrado de educación y focalizado a la mejora de sus productos.
Construir inteligencia sobre la nada es muy distinto a construirla sobre un campo meridianamente trabajado que propicia el pensamiento y los aprendizajes significativos, como se dice en la jerga ministerial.
9. Enfocar los problemas acuciantes de la educación desde conclusiones apresuradas y/o afiebrada es una muy mala forma de mejorarla. Aunque, por otra parte, pretender realmente democratizarla implicaría revolucionar algo más que el sistema educativo. Esa es la verdadera crisis a la que nos someten los momentos como estos, es de saber si lo que queremos es cambiar las cosas de manera profunda y seria o si lo que queremos es meramente mantener el mismo orden de cosas, decorosamente, claro. Por ello, menos aún creo que estemos frente a una crisis.
10. Con todo, el momento es propicio para presentarle al país un esquema claro y general de la situación: mejorar la calidad de la educación significa tener una posición hoy desacreditada, la de todo o nada, invertir en educación de calidad, cualquiera sea la forma de su “gestión”, implica que como en cualquier casa, si queremos gastar más en libros y en cultura, en educación en general, hay que prescindir de otros gastos, superfluos, que distraen los recursos escasos de una país que no está en una situación de abundancia sencillamente porque como otros países, no se ha hecho rico a costa de la miseria y las desgracias de millones de personas sometidas a diversas formas de explotación.
De paso, es necesario afirmar que mejorar la calidad de la enseñanza no implica mejorar el acceso de todos a la universidad, una deformación de la que los estudiantes (que piden PSU gratis para todos) no se han hecho cargo, sino de mejorar las condiciones laborales de la población independientemente de los títulos obtenidos, en dónde la mejoría de las competencias están en función de un sistema más articulado de la mano de obra con el sistema productivo. En cambio asegurar formación permanente parece ser una cuestión fundamental a la hora de enfrentar la revolución tecnológica y “la mala educación” que nos ha rebalsado.
Disciplinante
Mayo 28, 2006
Hace unas semanas la señora Tina, que trabaja en nuestra casa los viernes y nos ayuda con los menesteres del departamento, tuvo una idea tan buena como la rueda y tan vieja como el hilo negro: poner a secar nuestra ropa al aire libre, entendiendo sagazmente que el viento se llevaría el agua con mayor velocidad que el comúnmente enrarecido ambiente interior. Y ya que lo pensó, no dudó un minuto y se puso manos a la obra: abrió la puerta del balcón, armó el tendedero plegable y primorosamente (es decir, con todo el primor del que la Tina es capaz) expuso nuestras sábanas, mis calzoncillos y los sostenes de Guarifaifa a las caricias de la brisa santiaguina.
Estaba yo luchando con uno de los ensayos del espléndido libro Manuel Rojas: estudios críticos, tal vez con la enésima mención a la vocación libertaria del autor de Hijo de ladrón, cuando escuché sonar nuestro citófono y cobardemente me dediqué a espiar el siguiente diálogo:
-Álo –dijo la Tina.
-Óigame, señora –dijo a su vez una voz aguda y mandona-. Resulta que vengo pasando por la calle y me di cuenta que ustedes tienen ropa tendida en el balcón. Eso está prohibido. Providencia es una comuna residencial y no se puede colgar la ropa en los balcones. Sáquela inmediatamente, porque en estos mismos momentos estoy llamando a Seguridad Ciudadana.
Mientras la Tina –que para esas cosas no se hace problema- recogía la ropa, desarmaba el tendedero y cerraba la puerta del balcón, yo tiritaba por la rabia y por un cierto temor reverencial que esa voluntaria inspectora del aseo y el ornato comunal había logrado inspirarme. ¿Por qué esas dos frases –“Providencia es una comuna residencial” y “no se puede tender la ropa en el balcón”– cabían en la misma oración? Sencillo (y la rabia): lo de mostrar las intimidades textiles en público es cosa poblacional y le baja el pelo al barrio. ¿Qué le importaba a esa señora el argumento sencillo que la Tina seguramente se decía a sí misma, la media horita de tiempo que ganaba si la ropa se secaba antes? Nada (el miedo): Providencia es una comuna residencial y aquí no aceptamos roterías.
Pudo ser una estúpida querella entre vecinos –una querella poblacional para más remate, a juzgar por el tono y el timbre de voz de la rigurosa veterana-, pero la señora tenía toda la razón: la Ordenanza de Aseo de la Comuna de Providencia lo prohíbe expresamente.
Segundo y más breve cuento: los colegiales
Anoche mirábamos por la televisión un especial que TVN dedicó a las protestas de los escolares. Quedó claro que algunos de sus requerimientos son imposibles (pasaje gratis), algunos francamente atendibles (PSU gratis) y otros apremiantemente necesarios (revisar la LOCE). Un hecho mínimo, sin embargo, se nos grabó en la retina y dio pasto para una conversación deliciosa e interminable: ¿sabrán esos niños la rima perfecta que armaban al cantar, felices y urgentes por la vida, el que no salta es Bachelet? ¿Sabrán que para mí, para muchos de nosotros, el que no saltaba cuando había que saltar era Pinochet, el dictador, y no la doctora socialista, nuestra primera mandataria con faldas, el orgullo de Sudamérica? Con seguridad no. Felizmente no. Así pues, sin memoria y sin culpa, ejercen la democracia que sus profesores tratan de enseñarles en las clases de educación cívica. Qué orgullo.
Colofón
El siete que me acabo de sacar en disciplina municipal es la peor mejor nota que me han puesto en la vida.
Una reseña
Mayo 13, 2006
Escribí esta reseña furiosa pero educada hace unos tres años y medio, para un proyecto de página web que finalmente no prosperó. Lo que quise decir en ese entonces (y que mantengo hasta ahora) es que la lectura católica de El señor de los Anillos es mañosa, interesada y está un poco veladamente sostenida por la derecha conservadora. Tal vez no vale la pena darle tantas vueltas a un autor “mediano”, pero en ese entonces Tolkien estaba en todos los medios y me parecía escandalosa la forma en que ciertos intelectuales se sumaban a la ola marquetera metiendo de contrabando sus ganas apenas disimuladas de que los jóvenes dejaran por fin de blasfemar, fumar marihuana y acostarse prematuramente gracias a las enseñanzas de Frodo y Gandalf. Como a mí me gustaba Tolkien y no era católico, alguna vez me había fumado un porro y había mantenido -horror- relaciones prematrimoniales, pensé que era interesante buscarle una vuelta más laica y librepensadora a la marea rígida que igualaba El señor de los Anillos con el catecismo. Ahora reciclo la reseña por inédita, y porque hace poco me volví a encontrar con la misma soberbia atrabiliaria y la misma convicción estúpida de que los libros se leen de una vez y para siempre. En el fondo, y como suele ocurrime, de puro picado.
Tolkien y el reencantamiento del mundo
Santiago: Ediciones Universidad Católica de Chile, 2002. 128 pp.
Durante la década de los ochenta era casi imposible encontrar en las librerías chilenas alguna de las obras de J. R. R. Tolkien, el escritor inglés que había revolucionado la industria editorial del hemisferio norte con El señor de los anillos. Misterios gozosos de la globalización, en los noventa esa dificultad desapareció: sus libros estaban en los programas escolares y era posible conseguirlos hasta en los supermercados. Apenas comenzado el siglo XXI la difusión de su obra parece ser un fenómeno planetario, sobre todo tras el estreno de las películas de Peter Jackson inspiradas en El señor de los anillos. Qué mejor momento para la aparición de un libro como el de Braulio Fernández Biggs, que constituye su tesina de una Licenciatura en Humanidades cursada en la Universidad Adolfo Ibáñez.
El libro se divide en tres secciones, “Europa entre guerras”, “Tolkien” y “El reencantamiento del mundo”. Como se ve, el autor intenta un acercamiento contextualista, en donde la situación política y social de Europa e Inglaterra (las guerras mundiales, la crisis económica de los años veinte, el surgimiento de los estados totalitarios) determina el tono de la vida de los europeos(desesperanza, pérdida de sentido trascendente, fragmentación de la experiencia), lo que a su vez da pie para la emergencia de ciertos productos culturales. La tesis central del libro, entonces, es que la obra de Tolkien se erige como una respuesta afirmativa, creadora y renovadora en medio de la crisis. Y por eso mismo, como una obra superior a la de quienes se limitan a reflejar el estado de las cosas (como Joyce o Eliot), sin agregar una realidad cualitativamente superior a la experiencia de la crisis.
Para apoyar sus afirmaciones el autor se basa preferentemente en un artículo que el propio Tolkien escribió, en 1939, para ser leído como conferencia Andrew Lang en la Universidad de Saint Andrew. Se llama “Sobre los cuentos de hadas”, y es en realidad el único acercamiento teórico que Tolkien propuso para el género maravilloso. Se trata de un texto riquísimo pero algo inorgánico, y Fernández rescata de él solo el concepto de subcreación, esto es, el grado máximo que puede alcanzar una obra narrativa entendiendo que toda obra humana es un reflejo de la única creación absoluta de la historia, la creación de Dios.
Puestas así las cosas, el libro que comentamos resulta problemático en varios sentidos. En primer lugar, su perspectiva contextualista arriesga mezclar términos que son incomparables y por ende nos lleva a unos juicios bastante controvertibles. Las obras de Joyce y Eliot pertenecen a universos muy distantes del intento de Tolkien, por de pronto. Los irlandeses se internan en un terreno próximo a las vanguardias, es decir, el territorio de la representación expresionista de la realidad; Tolkien, por el contrario, transita por una vía que lo lleva a los orígenes mismos de la narración en prosa, la novela de aventuras o romance, como se denomina en la tradición anglosajona. Se trata de versiones antinómicas de la literatura, y solo teniendo en cuenta esta distinción, me parece, es que podemos justipreciar las obras maravillosas del mundo de la Tierra Media. El romance, nacido en el siglo II a.C. en la Grecia helenística y desarrollado en los siglos XII a XIV sobre el tema artúrico, alcanza en Tolkien una de sus cumbres más sofisticadas y al mismo tiempo prototípicas: la maduración del héroe, la búsqueda del objeto sagrado, la salvación del mundo. Por cierto, que la sociedad completa se encuentre en crisis ha sido siempre el caldo de cultivo que genera este tipo de relatos, y no ha sido siempre con el fin de entregar una versión de la historia de la salvación, sino que a menudo se trata del refugio que encuentra el individuo para sortear la disolución de los sistemas sociales que lo amparaban. Desde este punto de vista, las obras de Joyce y Eliot parecen mucho más arriesgadas porque padecen la crisis con crudeza, y no la evitan a través de la regresión que significa este retorno a la novela prototípica. Como se ve, no existe una sola versión para este problema.
En segundo lugar, la lectura que Fernández Biggs hace de la conferencia “Sobre los cuentos de hadas” es algo sesgada. Asumiendo que se trata de un texto poco estructurado, el autor escoge las ideas que más le sirven a su propósito, y desconoce otros conceptos de igual importancia. Por ejemplo, la brillante noción con que Tolkien explica el origen de la fantasía a partir del desarrollo del lenguaje. Solo cuando es posible separar el nombre de su atributo, explica, es posible asignar características impropias, no realistas, que dan pie a la fantasía. Acude aquí a su experiencia de filólogo, y no solo a la manera del “humus” que proporciona materiales para la ficción, sino como material estructurante de la teoría de la literatura. Al hacer esta selección Fernández se desnuda inconscientemente en cuanto a la ideología que sostiene su discurso, católica y conservadora, una opción respetable que sin embargo debe hacerse explícita si se quiere actuar con total transparencia en el análisis.
Esto explica, a su vez, un tercer problema del texto que comentamos. El hecho de que el propio Tolkien haya sido católico y conservador no autoriza a canonizar una lectura católica y conservadora. La opción de Fernández no hace más que explicar a Tolkien en palabras de Tolkien, ejercicio hasta cierto punto interesante pero a fin de cuentas inane. La crítica literaria ofrece otros recursos de interés, como el análisis ideológico o la exploración del deseo, que rinden frutos incluso a contrapelo de los planteamientos del autor del Señor de los Anillos y dialogan de modo inquisitivo con él. Y es que, en el fondo, lo que aparece como deseo en el texto de Fernández Biggs es apropiarse de una obra tremendamente atractiva y atraerla como paradigma de su propia ideología. La evidencia, en todo caso, lo contradice. De los millones de fascinados lectores de Tolkien que hay en el mundo, solo una fracción comparte sus principios.
En suma, Tolkien y el reencantamiento del mundo es un libro que, a partir de sus propias limitaciones, denuncia el vacío crítico que existe en relación con una de las obras más populares del siglo, una obra que exige lecturas atentas y dialogantes.
Ignacio Álvarez
Mis condolencias para Juan Pablo
Mayo 10, 2006
Un héroe equivocado
Mayo 5, 2006
Para nadie, supongo, es una revelación escuchar que los países se inventan de la nada y que de la nada misma urden una historia, unos símbolos, unas tradiciones y hasta unos héroes que en dos segundos tienen cara de antiguos y hasta de eternos. Como cualquier país, Chile está plagado de esas ficciones que parecen creadas a propósito para torturar la vida de los escolares, y como en cualquier país, los adultos gozamos del infinito placer de recordarlas con el estúpido detalle que tiene cualquier erudición inútil. No hablo solo del primer premio para nuestra bandera, o del segundo (después de la Marsellesa) para nuestro himno, sino de tonteras como el apodo infame de O’Higgins –huacho Riquelme le decían–, la muerte horrorosa de Valdivia –decapitado, devorado o torturado por los araucanos, según se quiera– o los frondosos bigotes de Balmaceda.Inventarse mitos es una necesidad universal, cómo no, y de eso no se salva ni el Papa (pensándolo bien, el Vaticano menos que nadie). Lo que puede ser sorprendente no es la existencia de los héroes, entonces, sino la ingenuidad y hasta la franca tontera con que dejamos que algunos personajes más que dudosos se trepen inadvertidamente a los pedestales de la patria. Lo de Portales vaya y pase, después de todo su última resurrección ocurrió en dictadura; lo de Arturo Prat y el culto cuasi religioso que se le brinda es tan enredado y complejo que hasta se le ha dedicado un libro. Pero la curiosa relación entre el pueblo de Santa Cruz y Nicolás Palacios, médico eminente de opiniones por lo menos discutibles, amerita al menos una pequeña observación. Para allá voy, subido a los lomos de dos perlitas de su sabiduría.
La obra más incendiaria del doctor Palacios es Raza chilena. Allí hace gala un excelente darwinismo a la copa mezclado con curiosas apreciaciones culturales que harían sonrojarse a Torquemada. Los chilenos, en su opinión, hemos nacido de la cruza afortunada entre dos linajes excepcionales:
Los Godos y los Araucanos, tan diferentes en su aspecto físico, poseían ambos, con la misma nitidez y fijeza, todos los rasgos característicos de lo que los entendidos llaman psicología varonil o patriarcal, en la que el criterio del hombre prima en absoluto sobre el de la mujer en todas las esferas de la actividad mental.
Por supuesto, una casualidad tan grande solo se da unas pocas veces en la historia, y en consecuencia hay que cuidarla cuidando a su vez el patrimonio genético de la nación. Parece que el resto de la humanidad es asquerosa y puede perjudicarnos si se nos ocurre mezclarnos con ellos. Españoles del sur de la península, árabes, judíos e italianos (hoy en día se podría agregar a los peruanos) podrían producir una verdadera debacle:
Las cruzas de dos razas de psicologías diversas, no hablo de distintos grados de cultura, traen asimismo el desequilibrio de las relaciones nerviosas periféricas con los centros receptores y moderadores cerebrales. Los reflejos se hacen de preferencia espinales, sin que la corriente nerviosa centrípeta alcance a los órganos encefálicos que las convierten en ideas, permitiendo sólo la reflexión que el entendimiento juzga necesaria. Carecen esos mestizos de lo que se llama control cerebral, y constituyen la carga social de los apasionados, de los impulsivos, de los atávicos, de los instintos pervertidos, de los degenerados morales de toda especie, con los que no es dable formar sociedad alguna, y a los que el lenguaje corriente llama con razón «desequilibrados».
Flor de razonamiento: varios prejuicios por segundo escondidos en una maraña pseudofisiológica e indefendible desde cualquier punto de vista. Es duro muchacho este don Nicolás, y yo no lo quisiera de pariente.
En fin. Las opiniones de Palacios, sacadas de contexto, suenan extravagantes y fascistoides a la oreja de hoy en día. Para comprenderlas hay que estar en sus zapatos y en el contexto de esos principios del siglo XX en Chile, con su crisis salitrera, su vagancia y su mendicidad alarmante. Todo eso es cierto, y hasta necesario para comprenderlas. Para compartirlas hay que estar algo tocado del mate o vivir en una cápsula fuera del tiempo.
La ciudad de Santa Cruz, si me permiten la pregunta, ¿las comprende o las comparte?
Un paso fugaz por la actual capital del vino puede ser sorprendente para alguien mínimamente informado sobre las gracias de don Nicolás. En la plaza de armas hay una estatua de bronce y una placa en donde se puede leer un homenaje de sus coterráneos que exalta sus virtudes patrióticas (más bien paranoicas a mi juicio), subraya su origen santacruzano (¿se dice así?) y menciona Raza Chilena. Incluso hay un preuniversitario (el testimonio gráfico se puede ver después de este párrafo) que, buscando arraigo entre los notables de la zona, supongo, se bautiza voluntariamente con su nombre. Guau: alguien anda muy perdido por aquí.
No quiero pensar que los habitantes de Santa Cruz adoran a Palacios como a su padre. Tal vez nadie se ha tomado la molestia de revisar las obras del ilustre ciudadano, tal vez las autoridades consideran escaso el número de próceres y decidieron quedarse con lo poco y nada que hay. O quizá, aprovechándose de la inocencia de sus paisanos, el flamígero doctor se subió al pedestal por sus propios medios y sin que nadie se diera cuenta. Quién puede saberlo. El caso es que Santa Cruz tiene un héroe equivocado, y alguien debiera hacer algo para remediarlo.
Turismo salvaje
Abril 21, 2006
La internáchonal atrákchon que visitamos tiene un nombre casi tan enredado como el camino que hay que tomar para llegar a verla. Se llama “Casa patronal Hacienda de San José del Carmen El Huique” (en adelante CPHSJCH), y consiste básicamente en una gigantesca casa de estilo chileno que perteneció en un su tiempo a Gertrudis Echenique y a su marido Federico Errázuriz, antiguo presidente de Chile (si miramos hacia arriba, veremos en la foto que adorna este post el reloj que “la familia” usaba para ver la hora). Aunque la casa en cuestión es verdaderamente gigantesca e incómoda para vivir, uno puede leer el paso de los años en las sucesivas tecnologías que los dueños le fueron agregando: carniceras de rejilla, letrinas sobre acequias, citófonos a cuerda, baños con wáter, piscina reciente, cableado eléctrico a la vista, fotografías en los muros. Instructivo. No demasiado, pero instructivo.
Lo verdaderamente llamativo de la CPHSJCH no está sin embargo en la casa misma; lo realmente curioso está en los guías turísticos, o al menos en el guía que nos tocó en suerte. Era un flaco aparentemente joven y entusiasta, que conocía al dedillo el origen, procedencia y valor de cada pelusa del caserón. Se manejaba con cristales de Murano, con balaustros de no sé qué madera fina, con una cosa que se llama opalina y con varios otros términos decorativos que ya no recuerdo. Sobre todo insistía –y con delectación- en dos temas principales: en una minuciosa genealogía de los antiguos patrones de la hacienda, y en la austeridad con que habían vivido esos señores que tanto dinero tenían.
Por supuesto, eso es el lado instructivo del asunto. El curioso afloró cuando el muchacho dijo, como al pasar, que sus abuelos habían sido inquilinos de la hacienda. Y ahí me cayó una teja medio ideológica pero terrible: en ese hombre se mezclaban en partes iguales el funcionario responsable y disciplinado con el arrobado admirador de la riqueza ajena, el emprendedor que recicla un edificio viejo y lo convierte museo con el antiguo trabajador que se identifica imaginariamente con los hacendados. El endeudado de Falabella y el endeudado de pulpería, por decirlo de algún modo. Dos tiempos, casi dos personas, pero en verdad un solo tiempo y una sola persona que, por lo demás, sobrevivía de lo más bien. Años atrás sus compañeros le habrían hecho la cruz por desclasado, alienado o simplemente chupamedias. Ahora en cambio era el mejor de los guías turísticos que uno pudiera desear. El más erudito, el más confiable, el menos chamullento de todos.
A mí todo el asunto me dio una pena enorme. No por él, porque supongo que es feliz con lo que hace y si sufre no será necesariamente por el trabajo que tiene sino por las miserias que toda vida acarrea. Me apenó advertir que setenta años de la Historia de Chile se habían ido por el caño, que cierto orgullo y cierta dignidad construida durante mucho tiempo y con mucha dificultad por los mismos trabajadores e inquilinos de esa y otras haciendas había sido barrido de un plumazo (o de un golpe). Lo que ese hijo de lecheros nos mostraba no era la lechería ni las casas de sus abuelos, era el austero lujo de los Errázuriz-Echenique, la humilde imponencia de su mansión, la opalina, el balaustro, las ramas mochas o floridas del árbol genealógico de los patrones. Quién sabe qué habría respondido si le hubiéramos preguntado por su familia. Yo, al menos, no me atreví.
Por eso es que no me gusta Paul Bowles. Un viajero jamás iría a la CPHSJCH y nunca habría conocido a ese guía. El viajero habría pasado de largo, pensando profundamente sus propios pensamientos.
Cabros de porquería
Abril 6, 2006
“Bueno”, le dije, ya al borde de todo. Y el cabro se va sin despedirse, sin decir nada.
La Belleza de Pensar y el profesor Salómón
Abril 2, 2006
Vuelvo sobre el tema de la cultura y los medios, esta vez acicateado por una luminosa carta sobre “La belleza de pensar” que Eliana Rozas, Directora Ejecutiva de Canal 13, envía al Mercurio en la edición de hoy. Es una carta luminosa, claro, entre las oscuridades que la buena educación y el tino obligan, pero así y todo útil. Ya que este espacio casi no registra visitas, a diferencia de ella yo me puedo permitir la peor educación del mundo, y todo el desatino que quiera; ofrezco entonces mi personal traducción del segundo párrafo. (En los siguientes se habla de la sabrosa pelea por la marca, una mirada bajo las enaguas del negocio que por hoy no me interesa tanto).
“Esta estación de televisión valora enormemente el aporte de este espacio a la cultura”, comienza diciendo (y a mi alma de profesor le da un patatús por las reiteraciones -ción/sión, esta/este), “por lo cual lo mantuvo y proyecta mantenerlo en el aire, aun cuando no se financie”. ¿Qué quiere decir ese dato –menor entre los que apreciamos la cultura, claro- que permite desenredar la madeja de sentimientos heridos en que se ha convertido esta pelea?
Significa que nadie ve el programejo y que nadie, ni siquiera los eminentes empresarios que representa el vociferante decano, quiere auspiciarlo. En otras palabras, que la campaña de buenas intenciones a favor de “La belleza de pensar” trata de obligar moralmente a una empresa privada en particular (no la mía, por dios) para que compre a otra empresa privada (la productora de Warnken, ni más ni menos) un producto que a fin de mes le genera pérdidas.
Seré ingenuo, pero no me parece un buen negocio.
Si nosotros dos amamos la cultura, parece decirle la Sra. Rozas a Warnken, ¿por qué tengo que ser yo la que se trague en solitario los números rojos? ¿Por qué oscura razón usted, que es el intelectual y el desinteresado, tiene que llevarse los pesos que cuesta su programa (incluidos sus honorarios) y yo, que soy el cuco, tengo que pagarlos a cambio de nada? ¿Por qué, Sr. Warnken, por qué quiere usted que yo lo subsidie?
Las veladas lamentaciones de Canal 13 dan en el blanco y yo les encuentro toda la razón. Para subsidios a la cultura existe el estado, y el estado no es otra cosa que todos nosotros. Pese a las reticencias que puse en otro post, yo estaría dispuesto a pagar -indirectamente, vía mi impusteo al consumo- porque se siga dando “La Belleza de Pensar”. Pero al parecer Warnken no es pez que nade en las asquerosas aguas fiscales; como todo buen emprendedor, prefiere pelearse por sutilezas de la propiedad privada antes que someterse a los designios del contrato social (que, entre otras desventajas, genera menos ganancias).
Propongo entonces una solución digna de Salomón: que las almas blancas de Warnken y Rozas se repartan las pérdidas generadas por el apostolado en que se ha convertido “La belleza de pensar”. El que quiera seguir en esas condiciones (y supongo que ambos, dadas sus buenas intenciones, estarían dispuestos) es el verdadero padre de la criatura.
Una criatura tan fea que, les recuerdo, nadie ve en absoluto.







