Pensamientos Variopintos entre las ondas alfa
Octubre 3, 2006

Aunque el propósito de este sitio no es ser un lugar en donde se comentan las cosas “fomes”, no puedo dejar la oportunidad de comentar un hecho recientemente acaecido en mi círculo (o en realidad cuadrado) de amistades. Ella, mujer exitosa, segura de si misma, tranquila, muy viajada, pelo al viento y gafas oscuras que le protegen las córneas de las micropartículas del viento que se dan en los ambientes de los países del primer mundo que visitaba. El, hombre enjuto y tranquilo cuyo sitio estaba siempre mas allá de este mundo y detrás de Ella. Mirada transparente, nariz aguileña y dedos alados para tocar las cuerdas de su amiga la guitarra. En resúmen, Ella , la prueba fehaciente de que la meritocracia puede ser un lugar de escalada para las mujeres hoy en día, y El, el looser, el perno, mamón y buen marido. Hacendoso el hombre, si hasta cocinaba rico. Salió al sur un dia y al volver le dijo a elle : ” Ella, me he dado cuenta de que no te quiero”
Ella lo miró un tanto sorprendida y fastidiada por la dirección que estaban tomando las cosas. Acostumbrada a solucionar los problemas mejor que el mas machote de los hombres y diestra en las artes concertacionistas de la negociación respondió :
“El, conversemos, que te pasa?…”
Pero esta vez El no era el, sino ELLO. Todo rastro de bondad había desaparecido. Sus ojos, otrora cálidos, eran oscuros y fríos, y cortaban el ambiente mejor que la mejor de las “Yilets”. No había rabia, no había dolor, ni siquiera remordimientos o un respetable sentimiento de culpa. Ella trató de hablarle pero frente a ella sólo había una muralla de ladrillos, de ladrillos mejores que los “Princesa” ( si es que puede haber algo así). Y ELLO se fué, así nomás, y el éxito se quedó con ella, tratando de consolarla, pero sólo le provocaba espasmos de dolor retroesternal lancirante e invalidante. Y se fue. Sin violencia dijo No aguanto más, aunque desde afuera se veían las cosas bién, como siempre. Y se fué ¿Qué te parece? Perra vida, mejor que la mejor de las telenovelas venezolanas
Tres maquinales III
Septiembre 30, 2006

El monstruo 3
Tres maquinales II
Septiembre 23, 2006
El monstruo 2
Tres maquinales I
Septiembre 18, 2006
El monstruo 1
Los vi por primera vez y fue como si nunca me los hubiera topado en los pasillos, en el comedor, en el patio de la universidad. Fue como si hubieran aparecido delante de mis ojos, el Niño y Herminia brotados del escenario para hacer una adaptación libre del teorema de Pitágoras en el examen final de una asignatura de actuación de cuyo nombre no quiero acordarme (tal vez un taller sobre el realismo, pero no creo). La idea era exquisitamente desquiciada y completamente envidiable: mientras todos nosotros adaptábamos libremente el primer oscuro resentimiento que pasara por nuestra cabeza (éramos casi niños y nuestros temas cabían en una mano: pena y autoindulgencia, ajuste de cuentas con el último amor o con nuestros padres), ellos dibujaban limpiamente en el escenario un triángulo rectángulo, hacían brotar tres cuadrados perfectos y demostraban ante el público equivocado la ecuación más hermosa de la historia de la humanidad.
El profesor, que había quedado sorprendido y perplejo como todos nosotros, se rascó la cabeza y los llamó aparte para pedir algunas explicaciones. Herminia dijo que el montaje, como todo el mundo sabía, estaba hecho sobre la demostración geométrica de Pappus. En realidad habían ensayado largamente la demostración pitagórica, pero el estúpido del Niño no logró dar el tono necesario para representar una proporción, dijo. El Niño trató de disculparse: lo que le gustaba era la poesía, y debió aceptar la idea loca de la Herminia porque se había quedado sin pareja para el trabajo. El profesor pidió que Herminia le mostrara el texto sobre el que habían trabajado, y Herminia explicó que no había texto –de hecho no hablaron ni una palabra durante los treinta minutos que tomó su acto– pero que podía demostrar el teorema en la pizarra. Supongo que al profesor también le gustaba la poesía, porque escuchó hablar de los paralelogramos con la misma devoción emocionada con que nos recitó alguna vez la golonviola y la golontrina. Se rascó la cabeza, hizo una o dos preguntas (muy básicas y muy tontas) y decidió calificarlos con una nota mediocre: no mucho, para que no pensaran que desconocía a Pitágoras, no demasiado poco para que no lo acusaran de intolerante.
Yo, que había descuerado a mi familia en el escenario sin mayor éxito, me quedé pensando largamente en todo lo que había visto. Era obvio que Herminia mandaba sobre el Niño, y era obvio también que el Niño era el único actor verdadero en esa compañía enana. Ella era una buena directora, claro, una estratega, pero arriba del escenario se volvía tiesa y mecánica. Si el triángulo rectángulo se convertía en un objeto vivo, y eso había ocurrido realmente, era solo gracias a ese muchacho común, corriente y anónimo cuya versatilidad espantosa podía llegar al límite de representar lo irrepresentable: los tres puntos geométricos que, dicen los postulados fundamentales, no ocupan espacio porque son pura coordenada. Sé que es un poco idiota lo que trato de decir, pero casi tuve la certeza de que el violento talento del Niño era un talento mudo: aunque supiera exactamente qué es lo que piensa un triángulo jamás sería capaz de explicarlo con palabras. Herminia en cambio, que solo trataba de actuar y todo le resultaba como hecho con un manual de instrucciones, era capaz de explicarlo todo. La desigual pareja ofrecía sobre el escenario un espectáculo fantástico y terrible, como el de un engendro cojo, o tuerto, o manco.
Un monstruo con una cabeza brillante, la de Herminia, colocada sobre un cuerpo espantosamente maleable, el cuerpo del Niño. Una criatura sin manos, me dije. Y yo quise ser esas manos.
Y ahora bien por Salazar
Agosto 28, 2006
No soy, por supuesto, un gran lector su obra. De todas formas lo poco que conozco de ella (algunas partes de su Historia contemporánea de Chile, el memorable artículo “Ser niño huacho en la historia de Chile” y un vistazo rápido a Labradores, peones y proletarios) es sorprendentemente diáfana en cuanto a su objeto y sus convicciones. Historia desde abajo, no de las elites; historia hecha a partir de las interpretaciones de disenso, sin transar en acuerdos historiográficos sospechosos. Historia material y situada. Qué más se puede pedir.
Albricias, alegría.
Bien por Varas
Agosto 21, 2006
Noticia de último minuto, acabo de saber que José Miguel Varas recibió el Premio Nacional de Literatura dosmilséis. Sé que no tengo ni media vela en este entierro, pero de todas formas el asunto me pone feliz. Con Varas no solo se premia a un novelista de fuste y de talento (es cosa de darle una vuelta a El correo de Bagdad, curiosa novela chileno-eslavo-iraquí y que tal vez es uno de los mejores libros del siglo veinte chileno); también se reconoce a una generación entera de hombres y mujeres que dejó los pulmones –y a veces uno que otro miembro más– en el pedregoso camino de la utopía.
No estoy pensando solo en los que fueron asesinados, torturados o exiliados por la dictadura. Hablo también de todos los que celebraron el triunfo de Pedro Aguirre Cerda, los que huyeron de González Videla y en cambio esperaron el cielo de Salvador Allende. Hablo de los que creyeron, por primera vez en la historia de Chile, en la igualdad básica de los seres humanos, en el derecho de los pobres para escoger su propio destino y el destino de todos si eran mayoría. Hablo de los que imaginaron que otro mundo era posible, los que metieron las patas hasta el fondo, es cierto, los que quisieron traer la redención total y absoluta, los que odiaron enconadamente al burgués pequeño, mediano y grande, pero que son los mismos que conocieron y reconocieron la dignidad del mundo popular.
Con Varas se premia por primera vez, creo, el ímpetu, los aciertos y las inmensas culpas de una generación que construyó y disfrutó de un Chile gris pero entrañable. Más justo que el de hoy, por cierto, y también más pobre; un país fiscal como dice De la Parra, país de sindicatos y de obreros, de terratenientes e inquilinos, país de Manuel Rojas y de Recabarren y de Fernando Alegría y de Nicomedes Guzmán y de Carlos Droguett y de tantos otros nombres que estamos comenzando a olvidar.
Es como si el nieto cosmopolita y globalizado se hubiera dado un tiempo para dejar una pequeña flor en la tumba de su abuelo ferroviario. Qué cosa. Bien por Varas.
Moralinas III: La teoría del parrafito
Agosto 15, 2006
Privilegiar el encuentro de los alumnos con las grandes fuentes de la literatura, por sobre las intermediaciones (teóricas) que hoy debilitan una formación sólida en literatura hispanoamericana y universal, privilegiando los discursos secundarios (la “cháchara de altura”, según los define G.Steiner).
Dejando de lado las salpicaduras obvias (lo de Steiner no es otra cosa que discurso secundario, por de pronto) vale la pena preguntar: ¿qué harán en clases esos pobres estudiantes? A mí al menos se me ocurren algunas posibilidades. Si quieren ser fieles al criterio del directivo que redactó la declaración lo lógico es que asistan todas las mañanas a escuchar cómo su profesor lee emocionado fragmentos de Homero, Virgilio, Dante, Shakespeare y Cervantes (si fueran las obras completas la carrera duraría décadas). Para mostrar su aprobación o rechazo solo pueden asentir o negar con la cabeza, y dios los castigue si abren la boca (causal: discurso secundario). Las pruebas y los exámenes consisten en recitar de memoria y a la pata fragmentos de Homero, Virgilio, Dante, Shakespeare y Cervantes: si no le achuntan, reprobados; si pueden repetir, palabra por palabra y en su idioma original (las traducciones son comentario, a fin de cuentas), aprobados con estrellita. Cualquier palabra dicha en clase, excepto tal vez la lista y el permiso para ir al baño, es mera cháchara y, si me apuran, intermediación teórica (podría demostrar esto último, pero tendría que incurrir en teoría).
Espero de verdad que esa facultad no sea demasiado fiel a su declaración de intenciones. Espero que se lea y también que se discuta, que se admire y también que se debata, que junto a Cervantes se lean los ensayos de Borges, se conozca a Barthes y se escuche hablar de Derrida. Si no es así, si de verdad se limitan a las puras “fuentes”, entonces esos pobres estudiantes están en el peor de los mundos. ¿Cómo hablar de literatura sin recurrir a los felices intermediarios que han leído antes que nosotros? No hay forma de hacerlo, mal que les pese a los amantes del parrafito. ¿Cómo saber qué quiere decir exactamente el profesor, cuál es el estrado que usa para dictar cátedra, o en resumidas cuentas, desde dónde corno habla, si los estudiantes no tienen acceso a la cháchara que otros profesores han escrito? ¿Cómo juzgar si ese profesor chacharea de lo lindo, pero en la bajura? ¿Cómo hacer universidad (queriendo decir apenas “institución de educación superior”) si los académicos no quieren mostrar sus fuentes, o no pueden mostrarlas, o simplemente no las tienen?
No, señor. Los únicos que le temen al saber y a la teoría son los que quieren mantener al prójimo en la ignorancia, los que quieren controlar su facultad interpretativa, los que simplemente no saben o, el más trivial de los motivos, los que quieren estafar a sus alumnos vendiéndoles cuatro años de inconsciente diletantismo en vez de una formación más o menos digna. No alcanzo a adivinar, sin embargo, en cuál de las cuatro categorías caben los autores del parrafito.
Anteojos nuevos para Guarifaifa
Julio 19, 2006
Hace una semana Guarifaifa se compró anteojos nuevos. Los de antes eran metálicos, medio tierrosos y estaban chuecos a la altura de la nariz. Los de ahora son de un plástico rojo bastante furioso y los cristales están hechos de un material muy transparente y muy delgado que se llama policarbonato y que –dijo la vendedora– es muchísimo mejor que la porquería de vidrio que andaba trayendo.
Siete noches atrás Guarifaifa ni se acordaba de su miopía, pero cuando tuvo en la mano sus anteojos nuevos pasó dos días usándolos con toda conciencia y con algo de vergüenza. Es que al verlos en la tienda le parecieron alegres y bonitos, pero cuando los empezó a usar encontró que estaban demasiado a la moda y eran demasiado llamativos para una muchacha discreta como ella. No mucho, claro, pero esos primeros días Guarifaifa sufrió. Nos contamos historias de anteojos, cuentos para gente de lentes, pequeños recuerdos que abortaron el nacimiento de su breve tragedia. Historias de oftalmólogos, por ejemplo.
Mi primera oculista era una diosa: la joven, bella, fragante y sexy doctora –digamos– Pizzi. Con su delicada caligrafía escribió la receta de mis primeros anteojos, con su largo delantal siempre-abierto-nunca-abrochado acarició mis piernas, con su aliento perturbador entibió mis mejillas. Aunque su puro nombre me estupidizaba por completo, la diosa se daba maña para examinar atentamente mis porfiados globos oculares, pese a que, por no mirar los suyos, nunca atinaba a seguir las instrucciones. Ir a su consulta, en resumen, era una delicia terrible que me alteraba toda la semana y que terminó juntando en mi cabeza los anteojos y la ansiedad sexual. Mi padre descubrió pronto los malos pensamientos y durante décadas me subió al columpio cuando llegábamos a hablar de ella. Resultado: dejé a la doctora Pizzi, empecé a salir con niñas de mi edad y comencé a visitar a una desabrida y cincuentona doctora Lúes.
Estrenaba mis anteojos cuando conocí a Sebastián Hernández, un tipazo que usaba los cristales más gruesos que hubiera visto en la vida. Yo tenía casi nada, tres dioptrías en cada ojo, y me sorprendió la soltura y hasta el orgullo con que Sebastián anunciaba a los cuatro vientos su mal. La miopía le aumentaba año tras año, día tras día, y el proceso no se iba a detener hasta dejarlo invidente completo. ¿No le molestaba, no le daba miedo? Nada: en su calidad de cieguito de alcurnia nunca iba a tener que trabajar como el resto de nosotros, sus padres lo iban a mantener de por vida. Ya sabía yo que mi familia, de alcurnia, nada, y su historia convirtió mi discreto defecto en pesadilla. Cuando cambié los anteojos ese año –ya iba en cuatro dioptrías y contando– me desesperé hasta las lágrimas sin que mi mamá pudiera consolar al redomado idiota que no quería quedarse cieguito.
Por convicción y doctrina no uso ni usaré jamás lentes de contacto: hay demasiada leyenda alrededor y casi siempre es leyenda negra. Gente que se rompe la córnea tratando de aprender a usarlos, gente que los pierde y se gasta una millonada reponiéndolos, gente vanidosa que no puede vivir sin ellos. Mi amigo Pedro Graham, por ejemplo, que sin ser excesivamente pretencioso malgastaba cinco días de su vida, cada año del señor, encerrado en su pieza mientras hacían sus nuevos lentes de contacto. Nadie nunca supo qué tan gruesos eran esos impresentables anteojos ópticos. Deben haber sido muy pero muy gruesos, porque ni siquiera los amigos más amigos podíamos verlo cuando los llevaba puestos.
Guarifaifa contó sus propias historias, algunas realmente entretenidas, pero quién soy yo para andar difamando a su familia, a sus amigos y al doctor Jáideguer. Es mejor preguntarle a ella directamente. Ahora que se acostumbró a sus anteojos nuevos –nadie, absolutamente nadie notó el cambio– seguro se anima a hablar.
La Navidad de Navidades
Julio 15, 2006

A medida que pasan los años uno no va perdiendo la memoria sino que la va encontrando. O al menos eso es lo que a mi me pasa.
Ya que este es un lugar que llama a escribir lo que a un se le venga en gana he decidido partir con mi colaboración ( y ojo que no soy Rei Aurelio ni Guarifaifa) con uno de los recuerdos de mi infanca que creo compartir con mis hermanos y que recuperé hace poco tiempo.
Según mis hermanos yo poseo una condición llamada AMNESIA SELECTIVA y que que a mi modo de ver me ha ahorrado una buena cantidad de plata en análisis psiquiátricos. Pero bien dice el dicho, “pan para hoy, hambre para mañana” así que parece que en algún momento tendré que pagar. El recuerdo que recuperé hace poco tiempo está ambientado en una navidad de fines de los setenta o inicios de los ochenta. Nuestra familia, bién constituída por cierto (aunque no sé claramente lo que eso implica), estaba celebrando la natividad del Señor como tradicionalmente se hacía. Con mis hermanos pasábamos todo el día literalmente echados en la cama de los papás, arrúgandola, viendo toda la programación de navidad que daban los canales abiertos de la época . A los más jóvenes debo recordárles que antes no existía la televisión por cable. No abran tanto los ojos, era así. Bueno, siguiendo con la historia, sucedió que ese día ya eran como las tres de la tarde y mi cabeza estaba a punto de estallar. La navidad de Yogui la había visto 2 veces en dos canales distintos, las historias de muñecos de Rankin-Bass (o algo así) me tenían abúlico y los Picapiedras no me motivaban. Me levanté de la cama y fui a la cocina en la que estaba mi madre tomándose un café. Acababa de llegar de alguna parte (probablemente de la empresa en que trabajaba) y estaba pensando en qué iba a ocupar su tarde. Creo necesario aclarar que a pesar de ser una familia bién constituída mi madre se tomaba su alprazolam todos los días como Dios manda a las 8 y a las 16 horas para poder contener los torrenes de actividad que la aquejaban. Después de saludarla y darle un abrazo, salí a la calle a buscar a algún amigo del barrio. Mi hermana y mi hermano estaban en la casa. La idea era llamarlos si algo aparecía.
No quero parecer racista, pero en ese tempo en el barrio existían grupos por sector de la calle y uno de esos era el de “Los Judíos”. No tenía carácter peyorativo. De hecho nunca me pareció despectivo sino solamente descriptivo. Ellos eran 2 hermanos y un primo. Dos rubios y uno moreno que tenían sobrenombres un poco delicados pero que a nosotros no nos parecían así. Eran simpáticos pero cerrados. Las pichangas de calle más aguerridas de las que tengo memoria fueron contra ellos, “Los Judíos”. Al salir ese 24 de diciembre a la calle los fui a buscar pero no pudieron salir. Volví a la casa y parecía que el tiempo se estaba elongando y derritiendo con el sol del verano (Cuando ví el cuadro de Dalí con esos relojes laxos me sentí tan comprendido, tan en sintonía con el surrealismo y con mis días de infancia que me gustó ese Dalí). Bueno, el punto es que de aburrido que estaba me fui a sentar al lado del arbolito de pascua. Siempre pensé que nuestro arbolito de pascua era el mejor. Me encantaba que fuera plástico y que tuviésemos que armarlo, me encantaba el olor del plástico y el ambiente que se generaba alrrededor de esta ceremonia. Así que el sentarme al lado de este árbol, el más cool de los que conocía, me daba ánimo. Además era sinónimo de regalos nuevos, con olor a papel de regalo y plástico nuevo. Al repasar con la mirada los adornos, cada uno de los cuales tenía su propia historia, no sé, me sentía en casa. Mi mirada pasó sobre unos papeles entre las ramas que eran las cartas al viejito, los regalos pedidos y los testimonios de buenas intenciones, (mi hijo se refiere al viejito como “Pascuito de cuero”) y me quedé mirando la estrella de la punta que creo que había sido hecha por uno de nosotros. En eso estaba cuando mi hermana, que en ese tiempo era bastante más frívola, me dice:
- Bovet_concha, el viejito pascuero no existe.
- Si existe- le respondí con una seguridad a toda prueba.
- No, no seas cabro chico- me argumentó con ese dejo de suficiencia de los preadolescentes.
- No soy chico y Sí existe. Yo lo he visto (alguna vez aluciné con una pata del viejito pascuero subiendo por la chimenea del living.
- A ver-me desafió- demuéstrame que existe.
Miré a todas partes. Buscaba la inspiración de algo o alguien que me diera la forma de lograr convencer a mis hermanos (por que creo que los dos me estaban desafiando) de una verdad tan irrefutable. Repentinamente me encontré con lo que buscaba.
- Si existe el viejito-dije con total convencimiento-cambiemos ahora las cartas que le hicimos y veamos que pasa.
Creo recordar que esos tiempos no eran de vacas gordas, por lo que nuestras cartas habían sido mas bién concientes con la realidad nacional y familiar. Pero esto era otra cosa, así que cambiamos todo. Pedimos bicicletas para mi hermano, un atari (que era una consola de juegos de video), y no se cuantas cosas más.
Aquella noche me comencé a poner nervioso como hacía muchas navidades no había estado. Ya no estaba tan seguro de la existencia del viejito. Tenía algo más de 10 años y me empecé a sentir ridículo. Pero ya estaba hecho, debía aperrar con mi apuesta, mis creencias y mi infancia. Que tarde me dormí esperando alguna señal.
Mi papá tuvo turno esa navidad y llegó al otro día…Querido viejito pascuero, fue la mejor navidad de todas las que recuerdo. No solo trajiste lo que te habíamos pedido, sino que regalos para todos y super buenos…Fue el triunfo del bién sobre el mal, de la esperanza sobre la desolación, de la alegría sobre la tristeza, de mí sobre mis hermanos , en fin , uno de mis mejores recuerdos y un gran final para una película de “Tardes de Cine” del canal 13.
Tunekawa
Julio 10, 2006
Al que no puedo entender es a mi padre. Mandaba a hacer esas fotos a mediados de los ochenta, una época en que ya existía la cámara de instantánea, ya había pasado la revolución de las flores, ya habíamos escuchado a los Beatles: en suma, ya existía para todos –incluso para los niños– la necesidad imperiosa de ser auténticos contra viento y marea. ¿Cuál era entonces el placer que obtenía de una situación tan evidentemente falsa?
Mentira uno: donde Tunekawa había que ir un día sábado aunque vestido de uniforme escolar. Mentira dos: había que peinarse a la gomina (o al limón) y uno siempre andaba chascón. Mentira tres: había que salir arrodillado en un reclinatorio y en la misa uno siempre comulgaba parado. Mentira cuatro: había que sostener entre las manos un libro de oraciones y un rosario, y uno nunca había visto un libro de misas y nunca se habría atrevido a tocar el rosario de la abuela.
Tengo que reconocer que el paseo tenía sus atractivos. Nuestra “foto de primera comunión” nunca fue esa clase de ritual privado y confesional que algunos padres aman y que todos los hijos detestan. De hecho, cuando íbamos con mis hermanos –la cosa era un acontecimiento familiar– teníamos la posibilidad de explorar por nuestros propios medios la calle Merced, ese zoco misterioso en donde aún existe una tienda de dulces árabes y donde podíamos ver a veces el rostro maquillado de los actores del ICTUS, dos fragmentos cosmopolitas que a los diez años son más impresionantes que una calle de París a los treinta. (Ahora que lo recuerdo, es curioso que mi mamá no nos acompañara: nunca ha estado disponible para esa clase de posteridades).
A veces voy a la casa de mis padres y miro los retratos enmarcados que nos tomamos con Tunekawa. Es verdad, todos los niños pueden ser simpáticos, y más todavía los niños disfrazados de algo. Sin embargo, cuando me veo disfrazado de viejo en esos retratos hechos en sepia en una época en que la foto a color era el último grito de la moda, cuando me veo peinado al limón y vestido de uniforme en día sábado, cuando pienso en los gestos del fotógrafo y en el miedo que me inspiraba, no puedo dejar de sentir que toda la escena escondía una falsedad todavía más falsa.
Había que hacerse el bueno, y en el afán de parecerlo frente a la cámara solo lograba sentirme malo, más malo -espero- de lo que realmente fui.
PD. Aún no logro conseguir las fotos de las que hablo. La ilustración de más arriba es solo un ejemplo, por supuesto, que no pertenece al maestro Tunekawa.






