La universidad privada es una pieza oscura
Enero 22, 2009

Límites de la garantía
Así no más es la cosa
Trabajo, desde hace dos años más o menos, en la facultad de humanidades de una universidad privada. Las razones que me llevaron hasta allí fueron principalmente económicas, es decir, postulé a ese cargo porque quería trabajar como profesor y sobre todo porque me interesaba investigar en mi disciplina sin estar obligado (como muchos de mis colegas) a correr de una universidad a otra hasta juntar un sueldo que nos permitiera, a mi mujer y a mí, arrendar un departamento y comprar libros de vez en cuando. Todos mis estudios universitarios, algo más largos de lo normal, los hice en las universidades de Chile y Católica, cuestión de la que, como se verá, no me enorgullezco en absoluto.
Voy a partir con un par de verdades que supongo palmarias, evidentes, incontrarrestables. Las diferencias de rendimiento académico entre los estudiantes chilenos están determinadas fundamentalmente por su origen de clase. Si se tiene –como yo tuve– la suerte de nacer en un hogar suficientemente acomodado como para que los padres lo enviaran a uno a un colegio privado, un mejor rendimiento que alguien de la misma edad pero nacido en una familia con menos recursos es lo más probable. Cuando hablo de “mejor rendimiento” me refiero a todo lo que esa palabra puede contener: aptitudes, manejo de contenidos, espesor cultural, incluso una mejor disposición para asumir las obligaciones académicas de cualquier carrera y para aceptar los requerimientos morales del trabajo universitario (será más fácil reconocer un plagio, por ejemplo).
El talento o la inteligencia, por otra parte, se distribuyen de modo aleatorio en la población, en cualquier población. Esto significa que existen jóvenes inteligentes y potencialmente aptos para la educación universitaria en todos los estratos sociales, en toda la geografía y en todas las etnias no solo de Chile sino de cualquier país. No hablo de genios o de personas especialmente dotadas por el azar, simplemente de jóvenes equipados con la capacidad cognitiva para ser profesionales.
Dados los dos axiomas anteriores, la selección por un determinado puntaje en una determinada prueba –PAA, PSU, entrevista personal, cualquiera sirve– no hace más que filtrar a quienes han tenido desde el principio mayores oportunidades y discrimina negativamente a quienes no las tuvieron nunca. Su expresión última es el corolario de Peña-Rojo (a ellos se los escuché por primera vez): la educación de mejor calidad, incluidas las universidades públicas de excelencia, reproducen la desigualdad y perpetúan la distribución elitista del ingreso, las aptitudes y la cultura.
Llegada a este punto, la discusión deriva normalmente hacia el modo en que las universidades públicas o excelentes debieran ser más inclusivas, o bien a la forma en que la educación escolar debiera situar a todas las personas en el mismo punto de partida al dar la PSU, la PAA, la entrevista personal, el test de habilidades sociales o lo que sea que utilicemos para separar el trigo de la paja. Por supuesto, esa es una parte de la solución, la más difícil, creo, y la menos viable por las razones que espero poder exponer más adelante. Del otro camino, que ya está ocurriendo y delante de nuestras narices, pocas personas hablan.
Vergüenza y mercado
Mi universidad privada poco menos que obliga a los académicos a participar en el proceso de admisión. De forma persuasiva en principio, con poleras, chapitas y merchandising que intenta elevar el espíritu, pero a fin de cuentas con medidas puramente administrativas, presiona a sus profesores para que estén presentes y disponibles mientras los futuros estudiantes vitrinean nuestras carreras y preguntan por las ventajas o desventajas de invertir su dinero en nosotros. Todo tiene un aspecto, una dinámica y un vocabulario comercial que es especialmente obsceno y repugnante para alguien, como yo, que trabaja en las humanidades y está acostumbrado o incluso orgulloso del discurso derrochador que nos ampara: las humanidades son necesarias, son un gasto sin retorno que la sociedad debe hacer aunque le duela, etcétera. En la admisión se habla de metas (número de alumnos matriculados), de estadísticas actuales e históricas (número de matriculados a la fecha versus los matriculados a la misma altura del año anterior) y de la natural redundancia que estas cifras tendrán en nuestro presupuesto del año siguiente. Los requisitos de la admisión, por supuesto, son muy inferiores a los que utilizan las universidades en las que me eduqué y la actitud de los postulantes es, también, muy diferente. Si en la Universidad Católica, por ejemplo, la persona admitida poco menos que agradece su cupo y se enorgullece de pertenecer a la comunidad cruzada, los interesados en mi universidad, con puntajes mucho menores, provenientes de clases sociales menos favorecidas, con menor desarrollo de sus aptitudes y conocimientos, suelen recelar abiertamente de las ventajas tan machaconamente voceadas por nuestro equipo de publicidad (incluso los estudiantes de los cursos superiores no dudan en invocar la Ley del Consumidor cuando tienen un entredicho banal en sus asignaturas). Los profesores, a nuestro turno, no podemos sino sentirnos estúpidamente utilizados y es difícil encontrar un tono que responda honestamente a las consultas de los postulantes sin que nos suene a nosotros mismos como un aviso de la televisión. Alguien que trabajó en la admisión me contaba hace poco de su desilusión: sentía que el espíritu de los encargados del proceso era tirar a todos para adentro.
El otro camino, la alternativa a intervenir las universidades y a esperar que la providencia se digne a cambiar nuestro entero sistema educacional escolar, consiste en la oferta de las universidades privadas. Por cierto, no se puede olvidar que nacieron en lo profundo de la dictadura militar y que fueron pensadas como negocio y máquina ciega del darwinismo social más absoluto. Hablamos de instituciones con licencia para el sesgo o bien la ceguera ideológica, y cuyo diseño incluye la posterior selección natural de sus titulados por el mercado (he escuchado una explicación breve pero brutal de su función: es mejor que los taxistas sean abogados a que no tengan ninguna clase de estudios). Tampoco se debe olvidar la profunda injusticia que entraña su propia dinámica: recibimos a estudiantes con peores puntajes, es decir, a los desfavorecidos económica, social y culturalmente, y encima de ofrecerles instituciones menos robustas, cuerpos académicos menos productivos o más inmaduros, les cobramos normalmente aranceles más altos. Si eres pobre, de eso trata al final, debes pagar de tu bolsillo una forma imperfecta de igualar tus oportunidades con el rico. En los últimos años el Estado ha intervenido con fuerza en la última variable, y se ofrece como aval para créditos comerciales de largo plazo. Créditos, no becas. La injusticia –copio la frase de uno de mis más admirados escritores– es perfecta.
Con todo, con sus manchas o bien con sus malformaciones de nacimiento, estamos frente a una oportunidad. La única oportunidad, si mis cuentas son exactas, que actualmente ofrece el conjunto de los ciudadanos a quienes tuvieron la mala suerte de no nacer en la Las Condes o La Dehesa o Providencia. En un mundo ideal el Estado es el que debiera ofrecerla, lo que significaría tomar a su cargo por completo la función docente de las universidades públicas, vetar su entrada a quienes puedan pagarse una educación de excelencia, mantener los mejores planteles de investigadores y profesores y hacerlas funcionar efectivamente, por primera vez, como grandes promotores sociales. En un mundo ideal las personas pagan sus impuestos, los profesores corrigen las pruebas a tiempo y los conductores no se pasan los semáforos en rojo, pero este –lo sabemos– no es el mundo ideal. Aquí en la tierra lo único que existe como alternativa son las universidades privadas.
Por lo mismo, y a despecho de mi propio pudor, no veo con tan malos ojos sus campañas de marketing y promoción. Sin contar las instituciones que mienten, las que ofrecen carreras que no existen, las que se atreven a lucrar en una actividad cuya principal debilidad son los recursos, las que ofrecen excelentes académicos y, en el cuerpo siguiente del diario, buscan a esos ejércitos de profesionales que en realidad no tienen, en fin, sin contar a muchas, a casi todas tal vez, con todas las salvedades y todos los miriñaques, usando el criterio y la honestidad más elementales, en suma, seleccionando ya no a los estudiantes sino a los seleccionadores, no logro ver con malos ojos sus campañas de publicidad. Porque, es cierto, se trata de tirar a todos para dentro, de recibir a esas multitudes de jóvenes injustamente postergados pero igualmente dotados que sus compañeros más ricos, de ofrecerles la única, la miserable oportunidad que tenemos a su disposición. Por terrible o usuraria que sea.
Más de alguien reclamaría que el único criterio que he utilizado hasta ahora es el de las clases sociales. ¿Dónde queda la iniciativa personal, el empeño, las virtudes individuales que, se nos promete, pueden romper todas estas injusticias? ¿No merecen acaso reconocimiento? ¿No existe un premio al esfuerzo, después de todo, el acceso a las buenas universidades para uno –el mejor– de entro los miles de postergados? Yo replicaría que bajo esa objeción aparentemente lógica late un prejuicio que, otra vez, es clasista. Los flojos, los menos esforzados de la historia siempre han sido también rotos, indios, qué se yo, flaites. El estudiante modelo, al menos en mi experiencia, es el que más se me parece: el que comparte mis intereses, el que conoce a quienes conozco, el que quiere lo que yo quiero, en suma, el que quiere parecerse a mí. Un negro de Harvard que es, a fin de cuentas, blanquito de corazón. Muchos de los padres de mis amigos, mis propios padres, con todo el respeto que merece el derrotero que los trajo desde una clase media medianamente letrada a sus actuales profesiones de médicos, abogados o ingenieros, supieron ascender justamente porque renunciaron a las chinganas o las tías del campo o los barrios y los amigos de la infancia. Son exitosos en el sentido más perverso de la palabra: vencieron a los demás vistiéndose con el disfraz de quienes admiraban, e incluso renegaron de la cultura de sus padres que tan orgullosamente colgaron los títulos de sus hijos en las paredes del living.
Lo que quiero decir es que todos para adentro no debe, no puede significar el despliegue de un automatismo ciego en las universidades privadas. No pueden convertirse en fábricas de pequeños aspirantes a la elite.
Situaciones raras
Una. Haciendo clases en la Universidad Católica –que recoge los mejores puntajes y educa al segmento más rico– siempre creí ser un profesor más o menos popular e izquierdoso. No sé cómo lo hacían algunos de mis colegas, pero al parecer lograban referirse a la contingencia social sin necesariamente hablar de política, mientras que a mí me pasaba todo lo contrario, que no lograba hablar de sociedad sin meterme en la política y directamente en el marxismo. Lo raro era el gusto y la libertad con que podíamos hacer eso. La primera resistencia propiamente ideológica no la tuve sino hasta que llegué a mi universidad privada, cuyos alumnos son, a veces, especialmente puntillosos a la hora de separar la materia (la sabiduría heredada, la belleza, la burocracia académica) de la política. “¿Por qué no deja de hablar de Pinochet?”, me espetaron una vez, y en la evaluación final de mi curso leí con asombro: “el profesor hace puras interpretaciones políticas”. La maquinita sociológica puede explicarme en un segundo por qué las cosas son así, pero da lo mismo. Lo cosa es que el discurso ideológico es bien recibido donde no debería, y mal donde eventualmente sería más útil.
Dos. El noventa por ciento de los profesores que hacen clases en mi universidad privada se queja de los estudiantes. Dicen, más o menos, lo siguiente: estos alumnos son malos (en voz baja), no están suficientemente preparados para la vida universitaria (en las reuniones), no leen nada (en todas partes), les falta demasiado para que yo les pueda hacer un curso bueno (a veces). Son los mismos académicos que, en privado, hacen pedacitos a la Concertación de tan radicales que son, los mismos en cuyas manos el sistema educacional mejoraría de inmediato, los más comprometidos con la educación pública y el movimiento popular. Tienen, además, el síndrome del niño modelo o del self made man/woman): fueron pobres pero brillantes, rebeldes pero esforzados. Pura bazofia dickensiana, porque al momento de pararse frente a pobres y rebeldes a secas la sabiduría se les atora y les brota el aristócrata del conocimiento.
Tres. El noventa por ciento de los estudiantes de mi universidad privada se queja de sus profesores. Dicen, más o menos, lo siguiente: es malo (en privado), sabe mucho pero no sabe hacer clases (en las evaluaciones docentes), es demasiado estricto o injusto (en público). Son los mismos estudiantes que a la menor provocación desenfundan las desventajas que todos conocemos: es que mi colegio era muy malo, es que trabajo, es que no tengo dónde estudiar.
Por razones correctas o erróneas, a fin de cuentas las universidades privadas atraen a ese inmenso segmento largamente postergado. Mi pequeña experiencia indica, sin embargo, que en el terreno académico se viven más desencuentros que coincidencias. Los profesores, normalmente doctores, se encaminan a las salas de clases con la pura disciplina que deben enseñar en su cabeza, y los estudiantes no parecen sospechar que una universidad es algo bien distinto de los colegio en donde se criaron. La perfecta pieza oscura: ni los académicos pueden ver a quienes tienen delante ni los estudiantes el lugar en donde están. Los alegatos son mutuamente estridentes: estos alumnos son malos, estos profesores no saben enseñar. Empeñados como están en echarle la culpa al empedrado, estos antagonistas eventuales terminan tirándole piedras unánimemente a la universidad: que es un puro negocio, que no se puede trabajar así.
Después de estos dos años, comienzo a desesperarme con los dos bandos. Con los académicos, por la nula plasticidad con que hacen sus clases: ¿no es la capacidad de dirigirse a públicos diversos un aspecto fundamental no de la sabiduría, sino al menos del dominio de una disciplina particular? ¿Por qué empeñarse en no hacer las diferencias pedagógicas fundamentales que son necesarias, pensando tontamente que el modo rígido en que se aprendió es el modo en que todos deben aprender? No estoy hablando de la estéril discusión sobre “el nivel” en que se hacen las clases. Salvaguardando los estándares exigibles de calidad, ¿acaso hay solo un modo de hacer las cosas? Los estudiantes no lo hacen mucho mejor, porque la condición de compradores con la que se acercan al estudio parece inhabilitarlos para hacer los esfuerzos suplementarios que se deben hacer si quieren convertirse en buenos profesionales a partir de una educación escolar deficiente. Nadie parece haberles dicho que, entre todas las maldiciones de su situación, deben contar también con que sus desempeños de entrada son deficientes, con que deben trabajar más, mucho más, para lograr lo que a sus compañeros más afortunados les sale casi natural, que realmente deben deslomarse si quieren ser excelentes. Es casi una escena de salón victoriano, o el remate alternativo del famoso cuento en donde el rey y el niño, ambos, están desnudos.
Se trata de una conversación de sordos, acechada por todos los malentendidos ideológicos posibles. Las universidades no son negocios crueles y descarados, pero tampoco son un apostolado o una acción social. Estudiar en una universidad privada es el reconocimiento torcido que el mercado otorga al derecho de estudiar, pero es imposible pedirle que no exija cuando enseña porque tampoco se trata de comprar un par de calcetines. Para mí, la universidad privada es fundamentalmente un hecho político de la mayor relevancia, tal vez el hecho político más importante desde el golpe militar.
Nadie parece haberlo advertido. Ni siquiera sus protagonistas.