Intercomunal

Noviembre 13, 2008

El Papá, que es de Concepción, vivió en Pudahuel cuando era niño. La Mamá venía de Linares, pero su internado quedaba en Recoleta. Solían gastar el dinero de la micro en helados, y caminaban. Él nació en una clínica de Vitacura. Los caminantes ya eran profesionales y podían permitirse una casa en Las Condes. En una pieza de Quinta Normal, hasta donde llegaron a parar él y su orgullo, era el hombre más feliz. Su Papá ofreció pagarle un departamento en Ñuñoa: él le dijo que bien podía llevarle su dinero al primer imbécil que encontrara. El Papá, que lo llama plata simplemente, le hizo caso: tomó su mano y puso en ella unos billetes.

Leer

Noviembre 1, 2008

Efectos adversos de la lectura

Efectos adversos de la lectura

1. Cinco días antes de un examen se me ocurre ir a ver a uno de mis profesores. Súbitamente recordó que, además de los treinta libros que habíamos incluido en conjunto, no podían faltar otros diez que eran obvios. La velocidad se convirtió en mi mantra: aunque volaran las páginas de Octavio Paz, Sarmiento, Benjamín Subercaseaux, Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, Roberto Fernández Retamar o Rodó yo sentía placer.

2. Un verano reptante en que Rayuela, Sobre héroes y tumbas, los Cuentos completos de Cortázar, Martín Romaña y algún otro más que no recuerdo casi se cobraron mi espalda. Me levantaba, me duchaba, salía a andar un rato en bicicleta y luego, a las diez o a las once de la mañana, derechito a la cama. Combatí tenazmente el calor con la inacción, con la suspensión de todo metabolismo, y si afuera llegaban a hacer treinta y cinco grados, encima de ese colchón fabuloso yo tenía frío.

3. Noche de primavera, estudiando para una prueba sobre el Zaratustra de Nietzsche. Después de leer y releer las fotocopias, de resumir y parafrasear las clases, después incluso de escuchar los pajaritos de la mañana, no podía quedarme dormido. Creí, iluso, comprender.

4. Un viaje de veintiocho horas desde Santiago a Tocopilla, en un bus sin la más mínima comodidad. Veintiocho horas, me repetí varias veces mientras íbamos saliendo del terminal, pero la verdad es que no tenía idea de lo que pueden llegar a ser catorce veces dos horas. El libro era En las montañas de la locura. Mientras el desierto se estiraba a medianoche en su oscuridad más oscura, a veces, mirando el vidrio negro de mi ventana, yo tenía miedo.

5. Preparo, apurado una clase sobre poesía en el casino de una universidad santiaguina. Lihn y panqueques de acelga. No soy ni siquiera un lector pasable de poesía, y he puesto en el programa esos versos como los saltadores de garrocha suben la vara sabiendo que no alcanzarán ni siquiera a rasparla. Leo y releo, avergonzado porque es una irresponsabilidad meterse en berenjenales que a uno no le corresponden y ya de plano una estafa preparar a última hora un ejemplo que, se supone, debe dejar todo claro. Y entonces, como si hubiera estado todo el tiempo allí, surge de pronto el sentido.