Piedrazos de La ciudad de los fotógrafos
Septiembre 21, 2008

1. La perfección de un argumento clásico. Primer acto: los fotógrafos como superhéroes en el Santiago pinochetista, que ahora, a varios años de distancia, parece Ciudad Gótica. Segundo acto: los fotógrafos como villanos seducidos por la violencia que, se supone, combaten con su trabajo (el episodio más ambiguo es el del joven que pierde su ojo y la división de aguas que eso produce: unos terminan encharcados en la sangre, otros advierten que allí está su límite). Tercer acto: la apoteosis del héroe, Rodrigo Rojas Denegri, ofrenda ritual de un gremio que lo erige como su santo y que en ese mismo momento comienza a desgranarse. Por cierto, importa poco que las cosas hayan ocurrido en ese orden, más que nada es admirable la labor de los guionistas.
2. La misma ciudad de los fotógrafos, que se parece poco a la resguardada infancia santiaguina que recuerdo en mis años ochenta. Quiero decir: el documental logra dejar en claro que la ciudad fotografiada por esos hombres y mujeres no era todo Santiago, tal vez ni siquiera el Santiago de la mayor parte de los chilenos. Es, claro, el Santiago más importante de todos, el lugar en donde ocurrían las cosas. Pero también es su ciudad, la de los fotógrafos –notable título–, el combustible con que se levantaron cada mañana, la ciudad que ahora atesoran en sus álbumes y que pocos queremos volver a mirar. Hay que mirarla, claro, pero sabiendo también que se trata de la ciudad de los fotógrafos.
3. Como en Actores secundarios, el destino de esos hombres y mujeres es conmovedor y despiadado al mismo tiempo. Hay hagiografía pero también tragedia griega: de algún modo los fotógrafos se convierten en Edipo, cegado por el conocimiento y por la culpa. Edipos con fecha de caducidad: tal vez ya ni siquiera sea posible ser un fotógrafo hoy en día: de todos los cuellos cuelga una cámara digital que nos convierte de la noche a la mañana en amateurs.
4. Pero no, no todos somos esos fotógrafos. No todos tenemos un lente en lugar de ojos. No todos podemos (y hay que decir que ellos se expusieron al riesgo de perder la propia humanidad en el intento) distanciarnos de una experiencia que nos traspasa –un padre destrozado por la tortura que ha sufrido su hijo, el funeral de un amigo querido– y optar por la imagen.
5. No sé nada de cine. Qué gran película.
Sorpresa
Septiembre 21, 2008

Cómo hacerlo mierda, cómo hacerlo mierda, se decía desesperada. Hablar con su mujer, incendiar su casa, secuestrar a sus hijos, no sé, publicar a los cuatro vientos el romance que sostuvieron durante dos meses y que ella creyó el cielo pero que en verdad –ahora lo descubría– fue apenas un estado temporal de estupidez. El maldito conductor de metro, su maldito bigote, su convoy, como le gustaba decir.
Entonces la idea le cayó como un piedrazo en la cabeza.
Medio agazapada en la estación Los Leones, esperó la llegada el tren. Ocho treinta seis de la mañana. Lo vio venir, saludando al público y sonriendo a la galería como siempre. Se arrojó a la línea para regalarle al maldito una pesadilla de la que no pudiera desprenderse por el resto de sus días.
Bien por Fred
Septiembre 17, 2008
Con más que gusto me entero de que Fredric Jameson ha ganado el Holberg International Memorial Prize 2008. Dicha organización (cuya existencia acabo de conocer pero que ya ha repartido sus coronas a Jürgen Habermas y Julia Kristeva) afirma que Jameson “has made outstanding contributions to the understanding of the relation between social formations and cultural forms”.
Ni que decirlo tienen. ¡Alegría, también, aquí en el último rincón del mundo!
Para mayor felicidad, incluyo un video del maestro.