Tres maquinales IV
Diciembre 19, 2006
El Niño es hijo de un profesor de Castellano y de una profesora de Castellano. Lo criaron sin inhibiciones estúpidas, con las reglas claras, con toda la libertad que quisiera tomarse. Resultó una persona íntegra y confiable y, tal vez por lo mismo, inevitablemente anónima. En todas partes era bien recibido, aunque al cabo de unos instantes era también completamente olvidado. Terminó acostumbrándose al mimetismo y consiguió sacarle provecho sin enredarse en los laberintos tortuosos que cualquiera de nosotros hubiera seguido de estar en sus zapatos. Se sacaba la rabia dando unos gritos atroces por la calle, seguro de que nadie lo recordaría, se acostaba con mujeres casadas, porque al día siguiente no sabían si el amante era verdadero o inventado, almorzaba gratis porque a nadie se le ocurría detenerlo cuando ejecutaba con el mayor descaro un perro muerto tras otro.
Nos hicimos amigos de la forma más estúpida y más vergonzosa. Preparábamos las Afinidades electivas, y era evidente que ambos arrastrábamos los pies por la belleza y el carácter difícil de Herminia. Trabajamos durante un mes en jornadas de ocho horas, de seis de la tarde a dos de la mañana, ellos la parte dramática que quisieran y yo soldando al arco las partes del cubo que nos haría volar hacia la boca de nuestra amada. Pese al cansancio, Herminia tomaba una bicicleta y pedaleaba a perderse por la avenida de las Palmeras. Nosotros tomábamos nuestra mochila, cruzábamos la calle y esperábamos una micro. Un día antes del estreno, o dos o siete, se me ocurrió atravesar la avenida sin mirar a ambos lados de la calle. Un bocinazo, un susto, y una sombra desconocida que me botó a centímetros del automóvil cuyo destino era masacrarme en el pavimento. Ni tiempo tuve de asustarme. El Niño tomó mi morral, le sacudió el polvo y luego me ofreció la mano para ponerme de pie. Ningún aspaviento, ninguna referencia al profesor de Historia que uno, dos o siete días atrás había muerto en esas mismas circunstancias.