Tres maquinales III
Septiembre 30, 2006

El monstruo 3
Sobra decir que Herminia me gustaba, y sobra decir que el Niño también estaba enamorado de ella. La mía en todo caso era una pasión que venía rota de fábrica y que por razones morales (hace poco las consideraba estúpidas, pero hoy las respeto) me prohibí estrictamente. No la merezco, me dije entonces, no tuve ojos para ella sino solo cuando estuvo arriba del escenario; cuántas veces nos habremos topado en el pasillo, en los patios, en el comedor de la universidad, y nunca supe que me gustaba. El verdadero amor, pensaba entonces, se regía por el modelo llave-cerradura con que Hermann Emil Fischer describió la acción enzimática. Uno tiene una especie de pituto o toluco mágico que encaja perfecto con la concavidad pertinente de la dama, y eso ocurre al principio o no habrá de ocurrir nunca jamás (todo esto, por supuesto, lo pensaba yo en términos espirituales, aunque hay que reconocer que Fischer –el bestia descubrió también el veronal, ni más ni menos– es un genio de las relaciones humanas).
El ejemplo de las enzimas lo he robado en realidad del primer montaje que hicimos los tres juntos: “Las afinidades electivas, versión libre del clásico de Lupercio Goethe explicada por medio de una versión libre del modelo llave-cerradura del químico alemán Hernán Emilio Fischer”. Su argumento es el siguiente: dos parejas se reúnen para pasar un agradable fin de semana en el campo, provistos los cuatro de sus respectivos apéndices amorosos. Los tolucos de los caballeros (el Niño y yo) son idénticos y encajan perfectamente en las concavidades de las damas (Herminia con y sin peluca); eso desencadena un drama terrible porque los caballeros y las damas, que espiritualmente ajustan del modo más perfecto, no se ponen nunca de acuerdo en deshacer o rehacer sus matrimonios. Del final no me acuerdo mucho, y tampoco tiene mucha importancia, aunque supongo que de alguna manera era terrible.
El Niño quería una versión, digamos, de carne y hueso: sufrimiento en vivo y en directo, Herminia arrastrándose por el escenario, discusiones apasionadas y en lo posible a gritos, un par de espadas, sangre por todas partes. A ella, como es lógico, no le interesaba demasiado el detalle sentimental. Lo que de verdad la desvelaba, en orden de importancia, era la teoría de Fischer y la novela de Lupercio. Se sumergió durante semanas enteras en un océano de libros para dar finalmente con un texto irrepresentable en donde las declaraciones de amor y de odio, sin importar el grado de pasión con que se hicieran, debían comunicarse por medio de ecuaciones químicas.
Todos nos enteramos de los altos y bajos de su conflicto –de los excesos emocionales que el Niño consideraba imprescindibles, de la indiferencia y el ensimismamiento de Herminia– porque los discutieron casi en nuestras narices, a todas horas, interrumpiendo sin misericordia nuestros propios y no menos feroces procesos creativos (que consistían por cierto en el primer oscuro resentimiento que pasara por nuestras cabezas). Un buen día, cuando todos ya estaban hartos del drama, me ofrecí para mediar entre los dos. Por el bien de todos, dije, tenían que zanjar de una vez sus diferencias. Por nuestro bien, insistí, podríamos probar usando máquinas. No habría sangre, pero al menos el escenario terminaría chorreando aceite hasta las primeras filas de espectadores; podrían gritar todo lo que quisieran, pero esos gritos seguirían siendo una adaptación, la adaptación que Herminia quisiera. Se miraron entre ellos. Me miraron a mí. Y dijeron bueno, estás adentro.
“Las afinidades electivas, versión libre del clásico de Lupercio Goethe explicada por medio de una versión libre del modelo llave-cerradura del químico alemán Hernán Emilio Fischer” fue el primer montaje en que hicimos un uso abusivo de las máquinas. En el escenario había solo un cubo de fierros estructurales y una red de cuerdas entre las cuales, suspendidos por arneses y movidos por poleas, flotábamos el Niño, Herminia y yo. Nuestros tolucos y la concavidad de Herminia eran imanes artificiales, y según los vaivenes del argumento cambiábamos su polaridad para que se atrajeran o se repelieran. Por cierto no había música, solo el sonido perturbador de los generadores eléctricos y el choque de los fierros irremediablemente atraídos entre sí. Me encargué de todo: del cubo, de las cuerdas, de las poleas, de los imanes. Era una hermosa obra-juego-de-parque-de-diversiones, una espeluznante moledora de carne, un perfecto mecano: cuando el argumento lo requería lograba acercarme a Herminia con tanta fuerza que el encuentro, originalmente un abrazo o un secreto al oído, se convertía gracias a la máquina en un azote, o sea, en un placer completo. El Niño logró chorrear delicadas gotas de aceite en los momentos de máxima tensión, Herminia pudo declamar sus ecuaciones con entera libertad, yo tartamudeé mis parlamentos lo mejor que pude. Todos quedamos lesionados después del estreno.
Nuestros compañeros dijeron de todo: que era horrible, que no se entendía, que era inhumano. El profesor nos puso una nota mediocre, porque no se qué cosa pasaba o dejaba de pasar en el final. A mí me maravilló, entre otras cosas, porque nunca pude recordar cómo terminaba.