Tres maquinales I

Septiembre 18, 2006

El monstruo 1

Los vi por primera vez y fue como si nunca me los hubiera topado en los pasillos, en el comedor, en el patio de la universidad. Fue como si hubieran aparecido delante de mis ojos, el Niño y Herminia brotados del escenario para hacer una adaptación libre del teorema de Pitágoras en el examen final de una asignatura de actuación de cuyo nombre no quiero acordarme (tal vez un taller sobre el realismo, pero no creo). La idea era exquisitamente desquiciada y completamente envidiable: mientras todos nosotros adaptábamos libremente el primer oscuro resentimiento que pasara por nuestra cabeza (éramos casi niños y nuestros temas cabían en una mano: pena y autoindulgencia, ajuste de cuentas con el último amor o con nuestros padres), ellos dibujaban limpiamente en el escenario un triángulo rectángulo, hacían brotar tres cuadrados perfectos y demostraban ante el público equivocado la ecuación más hermosa de la historia de la humanidad.

El profesor, que había quedado sorprendido y perplejo como todos nosotros, se rascó la cabeza y los llamó aparte para pedir algunas explicaciones. Herminia dijo que el montaje, como todo el mundo sabía, estaba hecho sobre la demostración geométrica de Pappus. En realidad habían ensayado largamente la demostración pitagórica, pero el estúpido del Niño no logró dar el tono necesario para representar una proporción, dijo. El Niño trató de disculparse: lo que le gustaba era la poesía, y debió aceptar la idea loca de la Herminia porque se había quedado sin pareja para el trabajo. El profesor pidió que Herminia le mostrara el texto sobre el que habían trabajado, y Herminia explicó que no había texto –de hecho no hablaron ni una palabra durante los treinta minutos que tomó su acto– pero que podía demostrar el teorema en la pizarra. Supongo que al profesor también le gustaba la poesía, porque escuchó hablar de los paralelogramos con la misma devoción emocionada con que nos recitó alguna vez la golonviola y la golontrina. Se rascó la cabeza, hizo una o dos preguntas (muy básicas y muy tontas) y decidió calificarlos con una nota mediocre: no mucho, para que no pensaran que desconocía a Pitágoras, no demasiado poco para que no lo acusaran de intolerante.

Yo, que había descuerado a mi familia en el escenario sin mayor éxito, me quedé pensando largamente en todo lo que había visto. Era obvio que Herminia mandaba sobre el Niño, y era obvio también que el Niño era el único actor verdadero en esa compañía enana. Ella era una buena directora, claro, una estratega, pero arriba del escenario se volvía tiesa y mecánica. Si el triángulo rectángulo se convertía en un objeto vivo, y eso había ocurrido realmente, era solo gracias a ese muchacho común, corriente y anónimo cuya versatilidad espantosa podía llegar al límite de representar lo irrepresentable: los tres puntos geométricos que, dicen los postulados fundamentales, no ocupan espacio porque son pura coordenada. Sé que es un poco idiota lo que trato de decir, pero casi tuve la certeza de que el violento talento del Niño era un talento mudo: aunque supiera exactamente qué es lo que piensa un triángulo jamás sería capaz de explicarlo con palabras. Herminia en cambio, que solo trataba de actuar y todo le resultaba como hecho con un manual de instrucciones, era capaz de explicarlo todo. La desigual pareja ofrecía sobre el escenario un espectáculo fantástico y terrible, como el de un engendro cojo, o tuerto, o manco.

Un monstruo con una cabeza brillante, la de Herminia, colocada sobre un cuerpo espantosamente maleable, el cuerpo del Niño. Una criatura sin manos, me dije. Y yo quise ser esas manos.

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