Todos tenemos nuestro Macondo.
Hernán Loyola

Mi tío Marul es una especie de niño gordo, envejecido y quejumbroso. Antes fue un niño consentido, un joven de pies cortos y sueños largos, y luego un adulto irresponsable pero amigo-de-sus-amigos. Ha tenido problemas con la ley y el alcohol, y en mi familia se dice que desperdició cuanta oportunidad le dio la vida, normalmente en el rubro del comercio detallista y con la ayuda de su hermano mayor. Trató de hacerse hombre a los veintitantos y emprendió un viaje que dijo sin retorno a bordo de un buque mercante. Los pocos datos que manejo indican que se bajó en algún puerto de Brasil, conoció a unas mulatas que te las encargo, tuvo con ellas el mejor sexo del mundo y luego se volvió a su pueblo, a su cantora, a la casa de sus papás. Solterón empedernido, es padre biológico de unas hijas secretas y tristes que ahora lo importunan pidiéndole lo que nunca quiso ni para sí mismo: ayuda, dinero, seguridad. A mi papá y a mi hermano mayor les tiemblan las muelas cuando se habla del tío Marul, quizá porque temen el abismo que su historia sin moraleja abre a los pies del que la escucha. Yo me sé un cuento que ellos no conocen, que no han querido oír o no recuerdan, una historia que me devuelve al niño envejecido en el momento de su apogeo, en su empresa definitiva, en el feliz despegue que lo redime de todo juicio amargo.

Así me imagino el episodio: el tío Marul mata como siempre sus numerosos ocios donde Zamora, dueño de la gallera clandestina. Apuesta unos pesitos, pierde casi siempre y cuando le apunta termina gastando las ganancias en un asado con los amigos, en unas chuicas para tomar con los amigos, o en unas putas para disfrutar con los amigos. Una tarde cualquiera –la semana entera es un largo domingo para él– apuesta, digamos, por Titán. Es un gallo vigoroso, espolonudo, aguerrido. Pone poca plata para los cánones metropolitanos, pero en su presupuesto se trata de un mes entero de tallarines: todo lo que tiene en los bolsillos, es decir, todo lo que tiene en la vida. Titán resulta ser un ave lánguida y pacífica, poco dada a las violencias deportivas, pese a las apariencias, un pájaro resignado a su destino de perdedor. Mientras el tío Marul mira con nostalgia los pesos que Zamora –en mi cabeza un hombre bigotudo y con dientes de oro– reparte entre los ganadores, alcanza a parar la oreja cuando el dueño de Titán echa su terrible maldición: este gallo es una estafa, sirve para puro cazuelearlo, renuncio, que se muera, lo regalo. Esta es la mía, se dice mi tío Marul, y recoge sin vergüenza el cuerpo agonizante de Titán.

En el segundo que dura el tránsito de la desazón al entusiasmo ha decidido hacer la décimo primera gran-apuesta-de-su-vida, el octavo torcimiento-de-su-destino, el quinto negocio-del-siglo: se convertirá en un gran empresario del deporte gallináceo, en el hábil manejador de un equipo invencible cuyo primer miembro y capitán será, en cuanto pueda arrancarlo de las garras de la muerte, el malherido Titán, rebautizado eso sí con un nombre menos soberbio. Lo llamará simplemente Cazuela porque, como Moisés, ha sido salvado de las aguas (en su caso, de las aguas de la olla).

Nunca el tío Marul ha encontrado un ser vivo que se le parezca tanto. Gordo como él, Cazuela tiene pinta de esperanzas largas pero desilusiona a medio mundo; sosegado como él, parece rumiar grandes proyectos en sus momentos de reposo; soltero como él, se vuelve loco cuando divisa alguna gallina cocoroca, pero las pisa y escapa antes de reconocer algún pollito incómodo. Uña y mugre.

Sin decir para qué, consigue con algunos familiares benevolentes el décimo último préstamo de su vida y lo invierte completo en recuperar y entrenar a su Cazuela. Desde los tiempos del viaje a Brasil no se lo ve tan entregado a una causa, y abandona por ella todos los vicios por los cuales se lo conoce y estima: no bebe, no se junta con los amigos, no visita a las putas. Se levanta todos los días al alba y, al revés de los cristianos, es él quien despierta al animal para unas extenuantes jornadas de entrenamiento. Trotan, se guapean, le agita las alas para que saque pechuga y se vuelva agresivo. El gallo come carne y crece, mi tío Marul come sueños y adelgaza.

Por fin llega el día del debut. La sonrisa de Zamora refulge cuando ve llegar al parcito, se relame cuando los saluda y calcula unas ganancias inminentes al golpear el hombro del gordo. Hay risas y bromas pesadas, pero mi tío Marul no se inmuta y no deja que la presión alcance al deportista. Espera una media hora y entonces decide quemar la pólvora que se trae entre manos. Cazuela contra Prometeo es la pelea, Cazuela contra el hijo de Poseidón y el nieto de O’Higgins. Qué le importan las genealogías a mi tío, hijo de su pura madre y de su puro padre, qué le importan si ya se siente empresario próspero, suertudo inminente.

La gloria de Marul no está en su dignidad ante la derrota. No está tampoco en la compasión que le inspira su gemelo emplumado, que prefiere sacrificar para no alargar sin causa el sufrimiento de su muerte definitiva. Ni siquiera está en el buen humor con que recibe las bromas, más pesadas ahora, que los amigos le dejan caer como piedrazos. Lo que admiro de su breve fulgor es que mi tío no saca ninguna enseñanza, no se entristece, no se lamenta. Simplemente llega a su casa, calienta el agua y se zampa al mejor amigo de su vida sin culpas ni remordimientos. Cazuela de ave. Medio dura, pero sabrosa.

¿Permitirá el dios oculto de las artes que un mortal abrigue sentimientos anormalmente intensos por libros anormalmente malos? Lo dudo: es un dios celoso, puntudo y clasista. Como buen agnóstico, sin embargo, disfruto confesando mis herejías. Aquí están las mínimas historias que acompañan a mi incurable mal gusto literario.

Durante los años de azul y gris las mejores novelas que leí son dos bodrios inapelables: Las llaves del reino de Archibald J. Cronin y ¿Dónde estás, Constanza? de José Luis Rosasco. Supongo que los quería porque hablaban hasta por los codos de las dos piedras con que tropieza toda adolescencia chilena vivida en un colegio de curas: el heroísmo célibe de un misionero católico en una muy imaginaria China y la marisma agradablemente cálida del erotismo puberal. El sufrido profesor de Castellano que tenía entonces toleraba sin chistar mi gusto por la moralina de Cronin, pero odiaba singularmente el romanticismo menopáusico de Rosasco; se deprimía todos los años de octubre en adelante (creo que por eso adoraba a Dostoievsky), y en ese estado semivalente me retaba por estar leyendo huevadas. Ahora que yo mismo me he convertido en una especie de profesor entiendo su furia, y entiendo también que frente a eso no hay nada que hacer.

Durante unos años usé el recorrido completo de una micro que en ese entonces se llamaba Bilbao Lo Franco 6 (solo): desde el Terminal de Isabel la Católica hasta el de Quinta Normal en la mañana, y de Quinta Normal a Las Condes todas las noches. En total me pasaba unas cuatro horas diarias arriba de la máquina, y aprovechaba de leer lo que encontrara en los estantes de mi casa. En esas circunstancias clasifiqué a todos los escritores posibles del mundo en dos categorías absolutas: los buenos-pero-esforzados y los que tienen el don (aún creo que cualquier novela es admirable en algún sentido). Tener el don significa ser capaz de engatusar a un lector de micro con casi cualquier pretexto, poder armar una novela que camine, cojee o al menos se arrastre sola con dos o tres ingredientes clásicos. La campeona en esa categoría, lo digo sin ninguna duda, es Isabel Allende, y de hecho no conozco a nadie en quien el don sea tan visible. Digan lo que quieran los sacerdotes del dios malo: que le copia a García Márquez, que escribe folletines seudo políticos, seudo intelectuales o seudo feministas, me importa un rábano. He conocido pocas mujeres tan atractivas como la heroína de De amor y de sombra, y nunca la historia de Chile me pareció más interesante que en La casa de los espíritus. Y aunque la he negado más de tres veces, aunque en ambientes poco comprensivos cierro mi boca, la verdad es que si tuviera que guardar cama para siempre lo primero que haría es leer su opera omnia. Una buena novela de micro, lo aprendí en esa época triste, no es la que te implanta el chip melancólico para el resto del día: es la que te inmuniza a los dolores propios para vivir alegremente las desdichas ajenas.

Cuando comencé a tomar contacto con las instituciones académicas de la literatura aprendí lo suficiente como para saber por qué Madame Bovary y Crimen y castigo son novelas importantes, renegué definitivamente de Rosasco (no así de Cronin) y entendí por qué me gustaba tanto García Márquez. Me volví un fanático de las novelas de caballerías, el Infierno de Dante y Macbeth, pero escondí un gusto que en esos ámbitos era peligroso: mi afición por lo que se llamábamos la Nueva Narrativa Chilena. Falsa moda marketera, falsos escritores que publicaban falsas novelas en falsos sellos editoriales por el lado literario; cobardes vendidos que le tenían miedo a la historia por el lado político: eso se decía de ellos en los noventa, y hoy (desde que Bolaño nos dio permiso) se escuchan cosas peores. Y sin embargo, nadie me hablaba de forma tan contundente sobre lo que pasaba aquí, a la vuelta de la esquina, en mi barrio, en mi ciudad, en mi país. Yo quería desesperadamente convertirme en adulto, y gracias a esos libros malos al menos logré saber cómo vivían sus vidas muchos adultos que podía reconocer: la movediza inmadurez de Tito Triviño en La secreta guerra santa de Santiago de Chile, la impostada cultura universal, tan chilena por lo demás, de los cuentos de Jaime Collyer, el tradicionalismo algo pánfilo que leía en El viaducto de Darío Oses. Fue una pésima educación sentimental, por supuesto: aprendí que crecer consistía en cultivar una neurosis respetable e infantil, pero qué tanto. Nadie escoge a sus profesores, y los míos no son peores que los de otros.

Hay un dios de las artes puntudo, clasista, celoso y serio. Por suerte hay también un dios picante y simpático, el dios de las novelas malas. A ese yo le prendo velitas.

Sé que los amables y escasos lectores de este blog sabrán disculpar la momentánea erupción de posts que lo aqueja, pero el texto que pongo a continuación me parece importante y por eso lo copio íntegro. Lo escribió mi buen amigo H.B.M. (no sé si él querría ver su nombre publicado, por eso pongo las puras iniciales), y puede servir de espuela para un debate que parece cerrado pero que, si miramos bien las cosas, no ha hecho más que comenzar.

1. No hay crisis de la educación, no sólo afirmo esto por el desgaste de la palabra crisis, por el conjunto de vaguedades en el que se entra al incluir esta palabra como parte central del diagnóstico que requiere este momento sin duda importante, sino porque en Chile lo que se ha manifestado con más énfasis es el rebalse de las malas condiciones en que se encuentra la educación, a pesar de los empeños en superar ese estado de cosas, para lo cual el documento del MOC entrega y contiene los datos estocásticos y numéricos del caso, pero sólo eso y no la comprensión real del problema, menos aún las vías de solución.

2. Sin embargo, es necesario afirmar y dejar en claro que educación pública no significa ni calidad ni igualdad de oportunidades, a pesar de lo que algunos insisten en creer y en hacer creer. Aunque eso es así en sistemas como el cubano, o como los excelentes sistemas educativos de los países de la órbita soviética (cuestión que como vemos no les dio garantías de estabilidad alguna en momentos de “crisis” terminales —una vez que cae el muro se produce un efecto dominó que afectó a países con sistemas educativos ejemplares— y que curiosamente nadie hoy recuerda) también, si es por cuestión de ejemplos, hay sistemas educacionales públicos en países perfectamente capitalistas, en los que la prioridad en educación es fundamental (Suecia, Finlandia, Nueva Zelanda), sólo que la inversión estatal es extraordinariamente más alta que la que Chile ha alcanzado con esfuerzo, quizás, pero con muy poca claridad respecto de cuáles son los costos reales de una buena educación (siempre y cuando la sociedad chilena defina qué es “buena educación”). La educación privada, manejada por manos privadas, puede dar ejemplos de calidad, en Chile tenemos varios a la mano: la Pontificia Universidad Católica de Chile ha hecho un giro respecto de la administración de los recursos y de las mayas curriculares y sus resultados son evidenciables desde varias “unidades de medida”, entre ellas la calidad de la enseñanza. Aunque no hay que dejar de decir que por el procesos de selección, siempre en concomitancia con el sistema de reproducción, a esta universidad llegan los mejores alumnos del sistema.

3. Lo que había hecho la Reforma hasta ahora es impedir el aumento de la brecha que separa a ricos y pobres en materias de educación, quizás no había contribuido a aumentarla, como quieren algunos. Pero el punto es que la educación en una sociedad burguesa siempre lo que hace es mantener esas relaciones que no son de ricos y pobres, para ser precisos, sino de explotados y explotadores, que me parece a mí que es con más justeza lo que realmente sucede. La condición de pobreza es relativa y hasta superable, es cuestión de ver a los explotados de los países ricos para darse cuenta de que lo que el sistema educacional reproduce es la correlación que existe entre las clases sociales y su respectiva propiedad de los medios de producción, y no necesariamente mejoras salariales asociadas de manera automática a una buena educación. Las diferencias de clases subsisten, lo que persiste en la sociedad es, por lo tanto, más que una cuestión de meros desequilibrios indeseables, la proyección de cómo es que el sistema en su conjunto ordena y reparte el poder en relación con el manejo, uso y “empoderamiento” —para usar una expresión que usara en una entrevista reciente la presidenta Bachelet—, del conocimiento.

Efectivamente, como dijera la presidenta de la República, estas protestas estudiantiles resultan interesantes no sólo porque provienen de quienes se han educado en un sistema educacional que crece en democracia, como los educandos mismos, alimentados bajo un régimen de libertades, más o menos ciertas, siempre en pugnas (recordemos el infausto final de las Jornadas de Educación Sexual), sino que además surge como expresión de una necesidad de la sociedad de apoderarse no sólo de la posibilidad de elegir autoridades mediante el voto cada cierto tiempo, sino de apoderarse de sus propios destinos y de la posibilidad de democratizar la sociedad en total, junto con la educación, con la participación de cada uno de los “interesados”.

Sin embargo, eso no explica, obligatoriamente, que quienes protestan reconozcan en qué consiste la mala calidad de la educación que reciben y menos aún que sepan cómo es que esto se soluciona, si es que es cuestión de soluciones. Respecto de esto creo que el gobierno ha sido poco consistente, principalmente porque creo que no lo sabe tampoco.

4. La expresión “libertad de enseñanza” así como lo hemos heredado de la dictadura, y como ha permanecido hasta ahora, casi intocado, ha significado en realidad libertad de empresa, como lo afirma la declaración del MOC, pero también esto es intocado porque muchos miembros de la Concertación de partidos por la Democracia participan de los negocios (universidades privadas y colegios privados) que el sistema económico promueve desde unos de sus fundamentos legales, la libertad de todos para emprender el negocio que se le de la gana dentro de un marco jurídico de manga ancha. La respuesta en este aspecto pareciera ser “más regulación”, porque no es momento de pensar en la propiedad inmaculada de esos bienes que reditúan ricamente.

5. Creo que el documento del MOC si bien detalla las relaciones entre ingresos económicos y su correlación con los índices de calidad, muy cuestionables varios de ellos, no explica por qué es que menos ingresos de las familias sobredeterminan mala calidad de la enseñanza. Insisto, esa relación es verdadera y real, pero no explica, como en un modelo positivista, los malos resultados, entre otras razones porque está plenamente demostrado que esa relación no es determinante, es un factor innegable de acción, pero no se explicaría cómo es que anteriormente la educación partiendo de pésimas condiciones sociales, en distintos momentos de la historia, llegó a ser en algunos plazos bastante prudentes, un factor de transformación notable, además de mostrar índices de calidad después no repetidos. Es en el ámbito de los sectores sociales más apremiados por las necesidades donde la Jornada Escolar Completa se hace no sólo necesaria, sino rigurosamente implementada y revisada hasta el detalle, lo que no ocurre en la estratificación social de manera ascendente. Muestra de ello es que en los colegios particulares no abundan los computadores, en los hogares de todos los alumnos los hay y sus usuarios están totalmente “alfabetizados”. Incluso antes de que los alumnos tengan que cursar “computación” en sus respectivos colegios.

Respecto de esto, no es mala la idea de proponer el desarrollo de una industria tecnológica nacional, ligada a los institutos académicos de punta de las universidades chilenas, que provean a muy bajos costos y de manera masiva, aparatos como ordenadores y sistemas de información electrónica que permitan diversificar la educación y hacerla llegar antes que a personas en particular a familias enteras.

6. Para efectos de la calidad de la enseñanza pareciera ser mucho más importante, vg., atendiendo a la realidad cubana —con resultados ejemplares—, que la formación docente sea centralizada en términos curriculares y de calidad de la enseñanza, así como de la temprana formación de los profesores en el aula, como de la participación de los profesores de aula más capacitados en la formación de los futuros docentes. Este es el ejemplo de que la cuestión financiera no es prioritaria si lo que se tiene como norte es la alta exigencia de los estándares de calidad a las escuelas y los institutos superiores así como una estricta y severa legislación respecto de aquellos establecimientos, públicos o privados que no cumplen con requerimientos básicos en la entrega de formación.

7. El incremento en las remuneraciones de los profesores, en las raciones alimenticias, en materiales didácticos y pedagógicos, en insumos en general, realizado por los gobiernos democráticos está en la vía correcta, pero también pueden llegar a ser un saco sin fondo si entre medio no abundan controles de calidad (en todos los rubros implicados) y si no se definen centralmente cuáles son los estándares de educación a los que se aspira y, de manera fundamentada, se debe explicitar por qué se aspira a ellos.

El alza en los estándares que ha alcanzado el sistema educativo en estos momentos, que más que nada ha sido frenar la caída en picada a la que estaba sometida la educación chilena, como lo está en otros países, está relacionada con las exigencias mínimas que una educación orientada a la inclusión dentro del sistema globalizado de la Economía exige, recordemos que los préstamos que han facilitado el despliegue educacional está avalado por el Banco Mundial, que no trabaja para el bienestar de los bolsillos más humildes precisamente, y en donde a los países productores de materias primas, como Chile, no les resultan estándares altamente exigentes.

8. En atención a los logros que la derecha y la ultraizquierda quieren negarle a los gobiernos democráticos es que es necesario afirmar que no estamos frente a ninguna crisis, menos aún terminal, estamos frente a un momento de cuestionamiento de la calidad de la educación que sólo puede surgir como producto de la inteligencia media lograda en un sistema que no está produciendo meramente carne de cañón y menos aún aprendices de lacayos. Una muestra de ello es que a pesar de que al gobierno de la presidenta Bachelet lo sorprende desprevenido un proceso de negociación entre alumnos y Ministerio de Educación, del que nos hemos informado con la contingencia diaria, que estaba encaminado hace tiempo, sí existía la conciencia de que es necesario, y forma parte del programa de gobierno, mejorar la cobertura de la enseñanza preescolar, fundamental para construir un sistema integrado de educación y focalizado a la mejora de sus productos.

Construir inteligencia sobre la nada es muy distinto a construirla sobre un campo meridianamente trabajado que propicia el pensamiento y los aprendizajes significativos, como se dice en la jerga ministerial.

9. Enfocar los problemas acuciantes de la educación desde conclusiones apresuradas y/o afiebrada es una muy mala forma de mejorarla. Aunque, por otra parte, pretender realmente democratizarla implicaría revolucionar algo más que el sistema educativo. Esa es la verdadera crisis a la que nos someten los momentos como estos, es de saber si lo que queremos es cambiar las cosas de manera profunda y seria o si lo que queremos es meramente mantener el mismo orden de cosas, decorosamente, claro. Por ello, menos aún creo que estemos frente a una crisis.

10. Con todo, el momento es propicio para presentarle al país un esquema claro y general de la situación: mejorar la calidad de la educación significa tener una posición hoy desacreditada, la de todo o nada, invertir en educación de calidad, cualquiera sea la forma de su “gestión”, implica que como en cualquier casa, si queremos gastar más en libros y en cultura, en educación en general, hay que prescindir de otros gastos, superfluos, que distraen los recursos escasos de una país que no está en una situación de abundancia sencillamente porque como otros países, no se ha hecho rico a costa de la miseria y las desgracias de millones de personas sometidas a diversas formas de explotación.

De paso, es necesario afirmar que mejorar la calidad de la enseñanza no implica mejorar el acceso de todos a la universidad, una deformación de la que los estudiantes (que piden PSU gratis para todos) no se han hecho cargo, sino de mejorar las condiciones laborales de la población independientemente de los títulos obtenidos, en dónde la mejoría de las competencias están en función de un sistema más articulado de la mano de obra con el sistema productivo. En cambio asegurar formación permanente parece ser una cuestión fundamental a la hora de enfrentar la revolución tecnológica y “la mala educación” que nos ha rebalsado.