Disciplinante
Mayo 28, 2006
Hace unas semanas la señora Tina, que trabaja en nuestra casa los viernes y nos ayuda con los menesteres del departamento, tuvo una idea tan buena como la rueda y tan vieja como el hilo negro: poner a secar nuestra ropa al aire libre, entendiendo sagazmente que el viento se llevaría el agua con mayor velocidad que el comúnmente enrarecido ambiente interior. Y ya que lo pensó, no dudó un minuto y se puso manos a la obra: abrió la puerta del balcón, armó el tendedero plegable y primorosamente (es decir, con todo el primor del que la Tina es capaz) expuso nuestras sábanas, mis calzoncillos y los sostenes de Guarifaifa a las caricias de la brisa santiaguina.
Estaba yo luchando con uno de los ensayos del espléndido libro Manuel Rojas: estudios críticos, tal vez con la enésima mención a la vocación libertaria del autor de Hijo de ladrón, cuando escuché sonar nuestro citófono y cobardemente me dediqué a espiar el siguiente diálogo:
-Álo –dijo la Tina.
-Óigame, señora –dijo a su vez una voz aguda y mandona-. Resulta que vengo pasando por la calle y me di cuenta que ustedes tienen ropa tendida en el balcón. Eso está prohibido. Providencia es una comuna residencial y no se puede colgar la ropa en los balcones. Sáquela inmediatamente, porque en estos mismos momentos estoy llamando a Seguridad Ciudadana.
Mientras la Tina –que para esas cosas no se hace problema- recogía la ropa, desarmaba el tendedero y cerraba la puerta del balcón, yo tiritaba por la rabia y por un cierto temor reverencial que esa voluntaria inspectora del aseo y el ornato comunal había logrado inspirarme. ¿Por qué esas dos frases –“Providencia es una comuna residencial” y “no se puede tender la ropa en el balcón”– cabían en la misma oración? Sencillo (y la rabia): lo de mostrar las intimidades textiles en público es cosa poblacional y le baja el pelo al barrio. ¿Qué le importaba a esa señora el argumento sencillo que la Tina seguramente se decía a sí misma, la media horita de tiempo que ganaba si la ropa se secaba antes? Nada (el miedo): Providencia es una comuna residencial y aquí no aceptamos roterías.
Pudo ser una estúpida querella entre vecinos –una querella poblacional para más remate, a juzgar por el tono y el timbre de voz de la rigurosa veterana-, pero la señora tenía toda la razón: la Ordenanza de Aseo de la Comuna de Providencia lo prohíbe expresamente.
Segundo y más breve cuento: los colegiales
Anoche mirábamos por la televisión un especial que TVN dedicó a las protestas de los escolares. Quedó claro que algunos de sus requerimientos son imposibles (pasaje gratis), algunos francamente atendibles (PSU gratis) y otros apremiantemente necesarios (revisar la LOCE). Un hecho mínimo, sin embargo, se nos grabó en la retina y dio pasto para una conversación deliciosa e interminable: ¿sabrán esos niños la rima perfecta que armaban al cantar, felices y urgentes por la vida, el que no salta es Bachelet? ¿Sabrán que para mí, para muchos de nosotros, el que no saltaba cuando había que saltar era Pinochet, el dictador, y no la doctora socialista, nuestra primera mandataria con faldas, el orgullo de Sudamérica? Con seguridad no. Felizmente no. Así pues, sin memoria y sin culpa, ejercen la democracia que sus profesores tratan de enseñarles en las clases de educación cívica. Qué orgullo.
Colofón
El siete que me acabo de sacar en disciplina municipal es la peor mejor nota que me han puesto en la vida.
Una reseña
Mayo 13, 2006
Escribí esta reseña furiosa pero educada hace unos tres años y medio, para un proyecto de página web que finalmente no prosperó. Lo que quise decir en ese entonces (y que mantengo hasta ahora) es que la lectura católica de El señor de los Anillos es mañosa, interesada y está un poco veladamente sostenida por la derecha conservadora. Tal vez no vale la pena darle tantas vueltas a un autor “mediano”, pero en ese entonces Tolkien estaba en todos los medios y me parecía escandalosa la forma en que ciertos intelectuales se sumaban a la ola marquetera metiendo de contrabando sus ganas apenas disimuladas de que los jóvenes dejaran por fin de blasfemar, fumar marihuana y acostarse prematuramente gracias a las enseñanzas de Frodo y Gandalf. Como a mí me gustaba Tolkien y no era católico, alguna vez me había fumado un porro y había mantenido -horror- relaciones prematrimoniales, pensé que era interesante buscarle una vuelta más laica y librepensadora a la marea rígida que igualaba El señor de los Anillos con el catecismo. Ahora reciclo la reseña por inédita, y porque hace poco me volví a encontrar con la misma soberbia atrabiliaria y la misma convicción estúpida de que los libros se leen de una vez y para siempre. En el fondo, y como suele ocurrime, de puro picado.
Tolkien y el reencantamiento del mundo
Santiago: Ediciones Universidad Católica de Chile, 2002. 128 pp.
Durante la década de los ochenta era casi imposible encontrar en las librerías chilenas alguna de las obras de J. R. R. Tolkien, el escritor inglés que había revolucionado la industria editorial del hemisferio norte con El señor de los anillos. Misterios gozosos de la globalización, en los noventa esa dificultad desapareció: sus libros estaban en los programas escolares y era posible conseguirlos hasta en los supermercados. Apenas comenzado el siglo XXI la difusión de su obra parece ser un fenómeno planetario, sobre todo tras el estreno de las películas de Peter Jackson inspiradas en El señor de los anillos. Qué mejor momento para la aparición de un libro como el de Braulio Fernández Biggs, que constituye su tesina de una Licenciatura en Humanidades cursada en la Universidad Adolfo Ibáñez.
El libro se divide en tres secciones, “Europa entre guerras”, “Tolkien” y “El reencantamiento del mundo”. Como se ve, el autor intenta un acercamiento contextualista, en donde la situación política y social de Europa e Inglaterra (las guerras mundiales, la crisis económica de los años veinte, el surgimiento de los estados totalitarios) determina el tono de la vida de los europeos(desesperanza, pérdida de sentido trascendente, fragmentación de la experiencia), lo que a su vez da pie para la emergencia de ciertos productos culturales. La tesis central del libro, entonces, es que la obra de Tolkien se erige como una respuesta afirmativa, creadora y renovadora en medio de la crisis. Y por eso mismo, como una obra superior a la de quienes se limitan a reflejar el estado de las cosas (como Joyce o Eliot), sin agregar una realidad cualitativamente superior a la experiencia de la crisis.
Para apoyar sus afirmaciones el autor se basa preferentemente en un artículo que el propio Tolkien escribió, en 1939, para ser leído como conferencia Andrew Lang en la Universidad de Saint Andrew. Se llama “Sobre los cuentos de hadas”, y es en realidad el único acercamiento teórico que Tolkien propuso para el género maravilloso. Se trata de un texto riquísimo pero algo inorgánico, y Fernández rescata de él solo el concepto de subcreación, esto es, el grado máximo que puede alcanzar una obra narrativa entendiendo que toda obra humana es un reflejo de la única creación absoluta de la historia, la creación de Dios.
Puestas así las cosas, el libro que comentamos resulta problemático en varios sentidos. En primer lugar, su perspectiva contextualista arriesga mezclar términos que son incomparables y por ende nos lleva a unos juicios bastante controvertibles. Las obras de Joyce y Eliot pertenecen a universos muy distantes del intento de Tolkien, por de pronto. Los irlandeses se internan en un terreno próximo a las vanguardias, es decir, el territorio de la representación expresionista de la realidad; Tolkien, por el contrario, transita por una vía que lo lleva a los orígenes mismos de la narración en prosa, la novela de aventuras o romance, como se denomina en la tradición anglosajona. Se trata de versiones antinómicas de la literatura, y solo teniendo en cuenta esta distinción, me parece, es que podemos justipreciar las obras maravillosas del mundo de la Tierra Media. El romance, nacido en el siglo II a.C. en la Grecia helenística y desarrollado en los siglos XII a XIV sobre el tema artúrico, alcanza en Tolkien una de sus cumbres más sofisticadas y al mismo tiempo prototípicas: la maduración del héroe, la búsqueda del objeto sagrado, la salvación del mundo. Por cierto, que la sociedad completa se encuentre en crisis ha sido siempre el caldo de cultivo que genera este tipo de relatos, y no ha sido siempre con el fin de entregar una versión de la historia de la salvación, sino que a menudo se trata del refugio que encuentra el individuo para sortear la disolución de los sistemas sociales que lo amparaban. Desde este punto de vista, las obras de Joyce y Eliot parecen mucho más arriesgadas porque padecen la crisis con crudeza, y no la evitan a través de la regresión que significa este retorno a la novela prototípica. Como se ve, no existe una sola versión para este problema.
En segundo lugar, la lectura que Fernández Biggs hace de la conferencia “Sobre los cuentos de hadas” es algo sesgada. Asumiendo que se trata de un texto poco estructurado, el autor escoge las ideas que más le sirven a su propósito, y desconoce otros conceptos de igual importancia. Por ejemplo, la brillante noción con que Tolkien explica el origen de la fantasía a partir del desarrollo del lenguaje. Solo cuando es posible separar el nombre de su atributo, explica, es posible asignar características impropias, no realistas, que dan pie a la fantasía. Acude aquí a su experiencia de filólogo, y no solo a la manera del “humus” que proporciona materiales para la ficción, sino como material estructurante de la teoría de la literatura. Al hacer esta selección Fernández se desnuda inconscientemente en cuanto a la ideología que sostiene su discurso, católica y conservadora, una opción respetable que sin embargo debe hacerse explícita si se quiere actuar con total transparencia en el análisis.
Esto explica, a su vez, un tercer problema del texto que comentamos. El hecho de que el propio Tolkien haya sido católico y conservador no autoriza a canonizar una lectura católica y conservadora. La opción de Fernández no hace más que explicar a Tolkien en palabras de Tolkien, ejercicio hasta cierto punto interesante pero a fin de cuentas inane. La crítica literaria ofrece otros recursos de interés, como el análisis ideológico o la exploración del deseo, que rinden frutos incluso a contrapelo de los planteamientos del autor del Señor de los Anillos y dialogan de modo inquisitivo con él. Y es que, en el fondo, lo que aparece como deseo en el texto de Fernández Biggs es apropiarse de una obra tremendamente atractiva y atraerla como paradigma de su propia ideología. La evidencia, en todo caso, lo contradice. De los millones de fascinados lectores de Tolkien que hay en el mundo, solo una fracción comparte sus principios.
En suma, Tolkien y el reencantamiento del mundo es un libro que, a partir de sus propias limitaciones, denuncia el vacío crítico que existe en relación con una de las obras más populares del siglo, una obra que exige lecturas atentas y dialogantes.
Ignacio Álvarez
Mis condolencias para Juan Pablo
Mayo 10, 2006
Un héroe equivocado
Mayo 5, 2006
Para nadie, supongo, es una revelación escuchar que los países se inventan de la nada y que de la nada misma urden una historia, unos símbolos, unas tradiciones y hasta unos héroes que en dos segundos tienen cara de antiguos y hasta de eternos. Como cualquier país, Chile está plagado de esas ficciones que parecen creadas a propósito para torturar la vida de los escolares, y como en cualquier país, los adultos gozamos del infinito placer de recordarlas con el estúpido detalle que tiene cualquier erudición inútil. No hablo solo del primer premio para nuestra bandera, o del segundo (después de la Marsellesa) para nuestro himno, sino de tonteras como el apodo infame de O’Higgins –huacho Riquelme le decían–, la muerte horrorosa de Valdivia –decapitado, devorado o torturado por los araucanos, según se quiera– o los frondosos bigotes de Balmaceda.Inventarse mitos es una necesidad universal, cómo no, y de eso no se salva ni el Papa (pensándolo bien, el Vaticano menos que nadie). Lo que puede ser sorprendente no es la existencia de los héroes, entonces, sino la ingenuidad y hasta la franca tontera con que dejamos que algunos personajes más que dudosos se trepen inadvertidamente a los pedestales de la patria. Lo de Portales vaya y pase, después de todo su última resurrección ocurrió en dictadura; lo de Arturo Prat y el culto cuasi religioso que se le brinda es tan enredado y complejo que hasta se le ha dedicado un libro. Pero la curiosa relación entre el pueblo de Santa Cruz y Nicolás Palacios, médico eminente de opiniones por lo menos discutibles, amerita al menos una pequeña observación. Para allá voy, subido a los lomos de dos perlitas de su sabiduría.
La obra más incendiaria del doctor Palacios es Raza chilena. Allí hace gala un excelente darwinismo a la copa mezclado con curiosas apreciaciones culturales que harían sonrojarse a Torquemada. Los chilenos, en su opinión, hemos nacido de la cruza afortunada entre dos linajes excepcionales:
Los Godos y los Araucanos, tan diferentes en su aspecto físico, poseían ambos, con la misma nitidez y fijeza, todos los rasgos característicos de lo que los entendidos llaman psicología varonil o patriarcal, en la que el criterio del hombre prima en absoluto sobre el de la mujer en todas las esferas de la actividad mental.
Por supuesto, una casualidad tan grande solo se da unas pocas veces en la historia, y en consecuencia hay que cuidarla cuidando a su vez el patrimonio genético de la nación. Parece que el resto de la humanidad es asquerosa y puede perjudicarnos si se nos ocurre mezclarnos con ellos. Españoles del sur de la península, árabes, judíos e italianos (hoy en día se podría agregar a los peruanos) podrían producir una verdadera debacle:
Las cruzas de dos razas de psicologías diversas, no hablo de distintos grados de cultura, traen asimismo el desequilibrio de las relaciones nerviosas periféricas con los centros receptores y moderadores cerebrales. Los reflejos se hacen de preferencia espinales, sin que la corriente nerviosa centrípeta alcance a los órganos encefálicos que las convierten en ideas, permitiendo sólo la reflexión que el entendimiento juzga necesaria. Carecen esos mestizos de lo que se llama control cerebral, y constituyen la carga social de los apasionados, de los impulsivos, de los atávicos, de los instintos pervertidos, de los degenerados morales de toda especie, con los que no es dable formar sociedad alguna, y a los que el lenguaje corriente llama con razón «desequilibrados».
Flor de razonamiento: varios prejuicios por segundo escondidos en una maraña pseudofisiológica e indefendible desde cualquier punto de vista. Es duro muchacho este don Nicolás, y yo no lo quisiera de pariente.
En fin. Las opiniones de Palacios, sacadas de contexto, suenan extravagantes y fascistoides a la oreja de hoy en día. Para comprenderlas hay que estar en sus zapatos y en el contexto de esos principios del siglo XX en Chile, con su crisis salitrera, su vagancia y su mendicidad alarmante. Todo eso es cierto, y hasta necesario para comprenderlas. Para compartirlas hay que estar algo tocado del mate o vivir en una cápsula fuera del tiempo.
La ciudad de Santa Cruz, si me permiten la pregunta, ¿las comprende o las comparte?
Un paso fugaz por la actual capital del vino puede ser sorprendente para alguien mínimamente informado sobre las gracias de don Nicolás. En la plaza de armas hay una estatua de bronce y una placa en donde se puede leer un homenaje de sus coterráneos que exalta sus virtudes patrióticas (más bien paranoicas a mi juicio), subraya su origen santacruzano (¿se dice así?) y menciona Raza Chilena. Incluso hay un preuniversitario (el testimonio gráfico se puede ver después de este párrafo) que, buscando arraigo entre los notables de la zona, supongo, se bautiza voluntariamente con su nombre. Guau: alguien anda muy perdido por aquí.
No quiero pensar que los habitantes de Santa Cruz adoran a Palacios como a su padre. Tal vez nadie se ha tomado la molestia de revisar las obras del ilustre ciudadano, tal vez las autoridades consideran escaso el número de próceres y decidieron quedarse con lo poco y nada que hay. O quizá, aprovechándose de la inocencia de sus paisanos, el flamígero doctor se subió al pedestal por sus propios medios y sin que nadie se diera cuenta. Quién puede saberlo. El caso es que Santa Cruz tiene un héroe equivocado, y alguien debiera hacer algo para remediarlo.


