Me dedico –por temporadas, eso sí, por temporadas que no tienen nada que ver con mi voluntad, que es hacerlo todo el tiempo- a dar clases de literatura (alguna vez comentaré el ejercicio extraño que es eso: cuando uno piensa que hizo la clase del siglo en realidad marcó para siempre a una generación de intelectuales en el aburrimiento y el narcisismo, y cuando uno no prepara nada los intelectuales esos se van felices). En específico, me dedico –cuando puedo, ya lo dije- a dar las primeras clases de literatura que reciben ciertos jóvenes en cierta universidad.

Pensando en sus neuronas lozanas y despercudidas intenté, la primera vez que lo hice, un programa que abundaba en lo que podríamos llamar escritores chilenos jóvenes. Puse un cuento de Nona Fernández, otro de Marcelo Leonart, uno de Alejandro Cabrera y alguna cosa de Jaime Collyer (ya sé que Collyer no es precisamente joven, pero es novedad para las hordas de dieciocheros que quieren dedicarse a la literatura y que no entran a la Diego Portales).

No puede ser una sorpresa que para ellos sean desconocidos, me dije cuando noté que ninguno de los muchachos siquiera los ubicaba, después de todo los pobres se han pasado doce años en sus respectivos colegios leyendo una clase de libros muy otra. Y desde la reforma educacional una clase de libros definitivamente poco recomendables . Cierta institución incluso desterró de sus programas a Blest Gana y Shakespeare por el opus integrum de Luis Sepúlveda. Quién lo entiende.

Lo que me sorprendió –y mucho- fue que los encontraran malos. No tiene caso hacer rankings, ninguno se salvaba. En la encuesta de fines de semestre fueron relegados al último lugar de las preferencias junto con José Victorino Lastarria, Antonio Quilis y un teórico del ensayo que no vale la pena ni mencionar. La verdad es que no logro explicármelo. Enganchan fácilmente con Cortázar y con Borges –casi tan fácilmente como enganchan con Herman Hesse- pero con los tipos que más o menos hablan de lo que ocurre hoy, a la vuelta de la esquina, nada.

Será la brecha digital. Tal vez ninguno de los mencionados escritores sabe de qué se trata el mundo que esos estudiantes, de neuronas jóvenes y robustas, manejan tan bien. Será que los muy pelotudos ya no están interesados en lo que ocurre a la vuelta de la esquina, la cuadra siguiente les queda más lejos que cualquiera de las maravillas del google.

O será culpa de esos escritores chilenos jóvenes, de todos ellos. Quizá se quieren parecer demasiado a los escritores chilenos viejos, los que escribían sin procesador de texto y sin televisión, los que publicaba Seix Barral y ganaban concursos internacionales y tenían una vida glamorosa de intelectuales europeos tristemente desmentida al volver a Chile.

Sinceramente creo que la cosa va más bien por el ítem dos. Y es una pena, porque a mí los escritores chilenos jóvenes me gustan. Y me gustan bastante.

Ya es oficial

Marzo 26, 2006

Se anuncian medidas complementarias. Entre las más urgentes está corregir el texto bíblico. (Dice: “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que un rico entre al reino de los cielos”; debe decir: “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que un rico no entre al reino de los cielos”).
En CasaPiedra celebrarán los señores Midas, McPato, Scrooge y Piñera.

Como el asiduo lector de farándula que soy, me enteré por los diarios del conflicto que tiene por estos días enfrentado al Canal 13 con el hombre ancla de nuestra cultura, el baluarte catódico del saber, el inefable, inconfundible e incombustible Cristián Warnken (si el adjetivo mata, como dice el señor H., esa frase me puede costar la cárcel).

Primera escena: página de espectáculos (ojo, ojo, esternón, omóplato, chuleta). Al parecer se trata de un problema de derechos. Warnken, según entiendo, no es dueño de la marca “La belleza de pensar” (pese a que la ha usado para promocionar muchas de sus actividades alimenticias, y hay más), y mientras él se dedica a leer concienzudamente los libros de sus invitados, Canal 13 le gana el quién vive en la oficina de patentes. Todo mal. Ahora seguirán mostrándonos lo lindo que es pensar con una cara diferente.

Segundo round: sección cartas al director del decano. Un grupo de intelectuales (principalmente poetas, que en Chilito abundan) se queja amargamente de la salida del conductor, alega que el programa dignifica la televisión y difunde la cultura. Dos días después una dama –en la misma sección- hace la apología de Warnken con palabras como “talento y vasta cultura”, “hacer florecer el pensamiento con belleza y humanidad”. (Señor H., sacúdase en su cripta: ahora florece el pensamiento en la pantalla). Por cierto, la desgracia del conductor debe sumarse al problema de la radio Beethoven, de la industria editorial, del Municipal, etcétera.
Yo no sé en qué terminará la pelea, pero me surgen dos o tres ideas que, por favor, no tienen nada que ver con la antipatía que me despierta el muchacho.

Número uno: ¿de dónde sacan los poetas, la señora y el público en general que La belleza de pensar hace algo por difundir la curtura local? Quiero recordar, así a la pasadita, que el programa se transmite por el cable y no por la señal abierta y que, por lo tanto, llega directamente a quienes de una u otra manera ya estaban difundidos de antemano y no a quienes, supuestamente, serían altamente beneficiados si lo vieran. Porque no me van a decir que todos los cablehabientes sintonizan sin falta el programejo: un cálculo optimista diría que el 20% de ellos (que no son más del 30% de los chilenos) lo ve de vez en cuando y a veces por razones no muy santas.

No está demás notar también que el estilo del tío conductor es algo monocorde e insulínico. A veces, para vergüenza de los que espectadores, se manda chambonadas tan terribles como pedirle a Roberto Bolaño, al mismísimo infrarrealista, al detractor acérrimo de Octavio Paz, que escoja al azar una página de sus libros para “dejarse llevar por el espíritu de la poesía”. En otras palabras, la curtura que vende Warnken –y que el Canal 13 quiere expropiarle- es una curtura parcial, melosa y relamida. Argumentum ad hominem, de acuerdo. No vale.

Número dos (complete lorasión): ¿de cuándo acá el saber –ese saber que nuestro hombre ancla representa, el saber de los innumerables libros que deja sobre la mesa, de la poesía que estremece, de la ciencia y la filosofía que nos sorprenden como niños- puede transmitirse por la tele? No sé si estoy muy perdido, pero la literatura se disfruta (si es que se disfruta, porque a veces es una tortura) quemándose las pestañas, la filosofía leyendo aperradamente –como dice un maestro mío- y la ciencia dándole duro al laboratorio y a los papers. No digo que sea imposible “pensar” en un programa de televisión. Sí digo, por un lado, que la clase de pensamientos que Warnken supuestamente transmite quedan reducidos en su programa a una mínima (anémica y farandulera) expresión. Y que entonces, por pura deducción lógica, lo que las fauces de la empresa privada nos arrebata no es un bien, ni siquiera un bien menor: es el escuálido malcito de creer que pensamos.

Ya lo dijo Fucó (perdón para los que no lo han leído): el saber parcial es peligroso.

Lema: Si Cortázar escribía morelianas, yo tengo mis moralinas

Comentaba hace unos días con un amigo de la infancia –el que vive en la punta del cerro, por más señas– los sentimientos encontrados que me provoca leer el blog de recuerdos que hace poco armó un ex compañero de colegio. Por una parte me da cierta nostalgia (natural y medio farisea, la verdad) recordar esos años, pero por otra me invade un gran sentimiento de vergüenza ajena, y de la otra. Mi amigo no se complicaba con esas cosas, y yo no quería molestarlo con mis tonteras. Para las tonteras como una difusa vergüenza propia está este sitio.
Mi malestar tiene que ver con el discurso nefasto que nos endilgaban todos los días en el colegio San Ignacio. Nos llevaban a trabajar a un fábrica, es cierto, pero lo hacían porque el “día de mañana ustedes van a ser gerentes y tienen que saber lo que vive un obrero”. Nos dejaban opinar de política en el colegio, claro, pero los profesores estaban atrapados en un corsé demócratacristiano del que no se podían escapar demasiado (en mi recuerdo, solo dos desordenaban la fila: Gilberto Ponce, de música, que una noche nos mostró en su casa una cantata clandestina que hablaba de cadáveres flotando en el Mapocho, y Renzo Rosso, inolvidable profesor de castellano, que se dio el gusto de expulsar de su sala de clases a un pájaro que repitió lo que tal vez escuchaba diariamente en su casa, que en Chile no se violaban los derechos humanos). Nos hablaban de conciencia social, por supuesto, pero a nadie se le ocurría mencionar que mucho antes de la famosa doctrina social de la Iglesia los movimientos políticos populares habían dignificado al pobre y al proletario. Muchos ejercicios espirituales, mucha pausa ignaciana, mucho magis, pero a nadie se le ocurría castigar al curita que le gustaba tomarle fotos a los chiquillos mientras se duchaban.
Y el malestar tiene que ver también con lo que otro compañero, que ni siquiera estaba en mi curso y que ni siquiera era mi amigo, escribió a propósito de una cadena vergonzosa que un grupo de incondicionales intentó levantar para defender a otro curita acusado de abusos deshonestos. Ese colegio era una jungla, esa es la verdad, una jungla ni mejor ni peor que otras junglas de niños bien, pero al fin y al cabo una jungla en donde no era fácil sobrevivir. O te arrimabas a los curas tratando de ser un buen ignaciano (fue más o menos mi caso), o te arrimabas a los abusadores para evitar los golpes, o te blindabas con un grupo de amigos incondicionales (esa fue mi estrategia más constante).
No todos somos tan valientes como el compañero de más arriba –se hacía llamar Nuncio en el mail- ni tenemos tanta rabia como Pablo Torche, que escribió en su segundo libro de cuentos algo parecido: “hasta cuarto medio resistimos en ese colegio infame que nos odiaba, que nos castigaba sin compasión, que nos atiborraba de su especie de religión sectaria y elitista hasta hacernos llorar y, después de vernos llorar y doblegarnos frente a su maquinaria monstruosa de dominación religiosa, seguía atiborrándonos, sin compasión, de su perversión solidaria de mal gusto, de su pésimo gusto por la homosexualidad y por el egoísmo y por la intolerancia disfrazada de preocupación social”.
Los años de azul y gris, es la verdad, tuvieron muchísimo de gris.
Cuando leo lo que escriben algunos de mis ex compañeros, cuando veo sus fotos, cuando reviso las páginas web de sus trabajos (dejan sus links por si requerimos sus servicios, me imagino), entonces es que me da la vergüenza ajena. Orgullosos ellos, exitosos ellos. Son, claro está, los primeros en dejar a sus hijos en la puerta del colegio; son los gerentes, los demócratacristianos (como se ha perdido todo pudor, quizá hasta militen en la UDI), los seguidores de la doctrina social de la iglesia, los que cierran filas con el curita acusado de abusos. Después de quince años se han convertido, ahora sí, en los mejores ignacianos.
Pero no hay que ser tan pesimista. En el Colegio también conocí a dios, a los amigos y a las niñas de las monjas.

PD. Prometo que esta será la última moralina por algún tiempo. Como voy, sólo me falta darle a las tías del Jardín Infantil.


Lema: Si Cortázar escribía morelianas, yo tengo mis moralinas

Alguien me contó lo siguiente. En una universidad de cuyo nombre no quiero acordarme, un Director de mala fama –que no había logrado un doctorado por razones tal vez atendibles– no quiso que uno de sus subalternos lo hiciera. Era una universidad pobretona, caída a la improvisación y a la rutina –o a la rutina de la improvisación– y así y todo primó el cargo y la envidia. El subalterno, después de veinte años, estudió su doctorado con ocho hijos y quinientas horas de clases en la espalda.

He sido testigo de varias escenas vergonzosas. Una Joven Sexy-Pero-Tonta que habla del consabido tema erótico (ge)nital en el consabido congreso ruega porque un anciano profesor –cuyo erotismo y genitalidad seguramente hace tiempo se devaluaron- deje caer un halago poco. Un Joven Emprendedor-De-La-Academia revisa minuciosamente los artículos de sus examinadores para replicar el estilo, la bibliografía y las ideas de sus mayores en sus propios escritos, supuestamente originales. Una Joven De-Aspecto-Cincuentenario dedica religiosamente una hora de su día para compartir murmuraciones sobre sus colegas con un anciano profesor cuyo erotismo y genitalidad, a diferencia del anterior, van en alza.

Una vez trabajé en una empresa de estudios de mercado. Mi trabajo consistía en escuchar lo que el público decía de Rafael Araneda y luego ayudar a un amigo –que ahora es un escritor de fuste y que esa vez me salvó de un verano miserable- en la redacción de un informe para los ejecutivos de cierto canal de televisión. La experiencia me dejó agotado y choreado, y me prometí a mi mismo evitar una pega tan idiota en la medida de lo posible. Me molestaba sentir que mis desvelos se irían directamente a la alcantarilla al dia siguiente, y extrañaba la clase de trabajos en donde se hace un aporte al país. Ingenuo de mí, siempre he creído que una universidad es el mejor lugar para hacerlo.

Una universidad es más o menos como una empresa de estudios de mercado, con dos diferencias: 1) en la universidad todos pensamos que somos genios, y en la empresa de estudios de mercado todos sabemos que trabajamos para comer. 2) En la universidad es lícito y a veces necesario hacer tropezar al prójimo, y en la empresa de estudios de mercado sabemos que si el otro tropieza nos tropezamos todos.

Casi me olvido de la tercera, la menos importante: en las universidades –a diferencia de las empresas de estudios de mercado- parece que hay estudiantes que quieren aprender.